Contra la subalternidad

Contra la subalternidadMás allá del poscolonialismo. Contra la subalternidad

 

Por MARTA SEGARRA*

 

La expresión estudios subalternos puede parecer sorprendente o hasta incongruente a quien la oiga por primera vez. Subalterno, según el diccionario, es “cosa o persona de categoría secundaria”, es decir, “inferior”, y ¿a quién le interesa estudiar algo secundario e inferior? La etimología latina de la palabra aporta, sin embargo, matices interesantes: subalternus contiene alter,que significa otro, y los estudios subalternos se ocupan, efectivamente, de nuestra relación con el Otro, con las personas que son siempre otras respecto a los sujetos política y culturalmente dominantes. Dichos estudios nacieron hace unos veinticinco años, fruto del pensamiento poscolonial y como una alternativa antihegemónica a los estudios culturales, que por aquel entonces ya se habían institucionalizado en Estados Unidos y en algunos países europeos.

 

A su vez, el poscolonialismo, como su nombre indica, concierne la relación entre el colonizador y el colonizado una vez dejan de serlo, por lo menos políticamente. A mediados del siglo XX, cuando la mayoría de las colonias africanas y asiáticas obtuvieron la independencia, nacieron espacios literarios que, utilizando la lengua del antiguo colonizador, hablaban desde una perspectiva ideológica e imaginaria muy distinta a la de éste. La teoría poscolonial, cuyos iniciadores fueron el tunecino Albert Memmi, el argelino de origen caribeño Frantz Fanon y el palestino Edward Said, intenta proporcionar los instrumentos críticos necesarios para tratar adecuadamente estos discursos, no sólo literarios sino también históricos, políticos o filosóficos.

 

El Grupo de Estudios Subalternos (SSG en sus siglas inglesas) nació a principios de los ochenta, promovido entre otros por el historiador hindú Ranajit Guha, y ha publicado diversas antologías cuyo objetivo primero fue problematizar el discurso histórico sobre la independencia de la India, que sugiere que ésta fue posible gracias a las élites politizadas por la colonización británica, obviando la relevancia de las insurrecciones campesinas. La finalidad primera del SSG consistía en sacar a la luz el papel decisivo de estas masas subalternas, utilizando esta palabra en el sentido de Antonio Gramsci, quien, en sus escritos de prisión, la usó para eludir la censura en lugar de otros conceptos marxistas como el de proletariado. La expresión hizo fortuna, y los estudios subalternos se extendieron a otras áreas geográficas y culturales, especialmente de América latina y del sudeste asiático.

 

En su célebre y polémico artículo Can the subaltern speak? (1983), Gayatri Chakravorty Spivak hizo varias críticas al SSG y a todos los que pretendían dar voz a los individuos subalternos. En primer lugar, la que se define a sí misma como “filósofa ética paradisciplinar” definió con mayor agudeza el concepto de subalternidad, al precisar que subalterno no es un sinónimo de oprimido, sino que se refiere únicamente a aquellas personas a quienes se niega el acceso a la movilidad social. Según Spivak, cualquier intento de ayudar a los subalternos tropieza con problemas éticos imposibles de soslayar: la tendencia a considerarlos como una masa homogénea, en lugar de fijarse en su singularidad heterogénea y, en especial, la intención benevolente de querer hablar por ellos, lo cual significa un acto de apropiación, y no con ellos. La relación ideal con el otro no esencializado sería así la de un diálogo.

 

Éste fue el principal malentendido que provocó Can the subaltern speak?, cuya respuesta a la pregunta del título era negativa; pero su autora quiso decir con ello que el discurso de los subalternos nunca es escuchado ni reconocido, no que sea inexistente. (Un crítico malévolo se preguntó, dada la cantidad de lecturas erróneas, según la propia Spivak, que se hicieron de su texto más difundido, si esto no sería una prueba de que era ella la que no sabía hablar.)

 

Más allá de las buenas intenciones, el planteamiento de Spivak es más interesante en sus aspectos concretos que en generalidades como la necesidad de dialogar con el otro. Por ejemplo, resulta esclarecedora en el mundo de hoy su advertencia de que la diferencia no debe confundirse con la identidad: si se identifica a los subalternos con una identidad colectiva, sólo se conseguirá afianzar su posición subordinada. Cuando la diferencia se convierte en excepción cultural -combinada con la religión- contribuye más a ahondar las desigualdades sociales que a superarlas; así, “no hay que celebrar ni rechazar la diferencia sino hallar qué caso específico de desigualdad provoca el uso de la diferencia”. En este sentido, la subalternidad no debe protegerse sino eliminarse: Spivak insiste en que hay que trabajar contra la subalternidad, no por los subalternos.

 

Sin embargo, para tener capacidad de acción hay que aparcar las diferencias individuales y sentirse parte de una colectividad; es lo que Spivak llama la aptitud para autosinecdoquizarse, para ser también europeo, como dice Jacques Derrida, o para sentirse ahora mujer, ahora musulmana, ahora catalana. La adopción ocasional de una marca cultural u otra (llevar sari o tejanos según la ocasión fue el ejemplo que dio Spivak en su seminario de Barcelona) está reservada a aquellas personas que no se encuentran atrapadas en una identidad. Sólo las clases bajas reclaman derechos culturales o religiosos, afirmó polémicamente (las privilegiadas pueden decidir si hoy llevan un coqueto velo rosa y mañana una minifalda).

 

Este último ejemplo nos lleva a la principal crítica que la pensadora hizo al Grupo de Estudios Subalternos, por no haber tenido en cuenta la sexuación de la subalternidad: la diferencia sexual se borra cuando se reflexiona sobre ésta y las mujeres quedan relegadas a la sombra del lado oscuro, convertidas en la subalternidad de los subalternos. Gayatri Spivak hizo confluir la teoría poscolonial con la feminista, que habían transcurrido por caminos paralelos pero sin llegar a cruzarse. Como mostró Chandra Talpade Mohanty, otra de las artífices de esta hibridación, la mujer del tercer mundo se suele representar como una persona sin control sobre su propio cuerpo, atada a la familia, al trabajo doméstico, ignorante y pobre, y este concepto monolítico es una forma de colonización discursiva.

 

No sólo las feministas occidentales han pecado de eurocentrismo, naturalmente. El colonialismo del siglo XIX y el imperialismo cultural y político de hoy han tomado a las mujeres como coartada de sus agresiones hegemónicas; en nombre de la protección de la mujer incluso se hacen guerras (pensemos en Afganistán). Spivak escogió analizar la prohibición británica en India de la inmolación por parte de algunas viudas: entre la “salvación de la mujer de color por el hombre blanco” (inmortalizada en La vuelta al mundo en ochenta días) que guió la política colonial y la alegación de que “ellas querían morir” de algunos nativos, ¿existe otra posición? Quizás ésta consista en no asimilar todos estos suicidios a un mismo modelo, sino aplicar la singularidad ética, o pensar en las mujeres que defienden el sati o inmolación ritual (o el porte obligatorio del velo, o la ablación…) como seres humanos y no como simples enemigas de las feministas ilustradas y de todas las personas liberadas de estos prejuicios religiosos o culturales. Si comparamos el sati con el martirio de las santas, como hace la pensadora, quizá estemos dando un primer paso para reconocer nuestros prejuicios.

 

En ello, el estudio de la literatura, que se basa en “lo singular y lo inverificable”, y de la filosofía, como maneras de relacionarse con el otro (con el texto, aclara Spivak), puede y debe tener un papel principal. En una sociedad como la nuestra que menosprecia las humanidades, los intelectuales europeos no se pueden permitir ignorar o despreciar a su vez, como ocurre con frecuencia en nuestros lares, los estudios poscoloniales, feministas, deconstructivistas y subalternos.

 

*Marta Segarra, es profesora de literatura y cine francófonos en la Universitat de Barcelona, directora del Centre Dona i Literatura y coordinadora de la Cátedra Unesco Mujeres, desarrollo y culturas. Es autora de ´Mujeres magrebíes´ (Icaria, 1998) y coeditora, con Àngels Carabí, de ´Escriptores i cultures´ (Pòrtic, 2004), ´Hombres escritos por mujeres´ (Icaria, 2003), ´Nuevas masculinidades´ (Icaria, 2000), ´Feminismo y crítica literaria´ (Icaria, 2000) y ´Reescrituras de la masculinidad´.

 


 

Spivak o el mundo subalterno

 

Por Manuel Asensi*

 

Para Gayatri Chakravorty Spivak (Calcuta, 1942), romper las reglas es una obligación ética. Cuando era todavía una niña en su país natal se sintió fascinada por la forma en que un grupo de teatro conocido como Indian People´s Theatre Association empleaba la escena como lucha política contra el imperialismo británico. Y se sintió fascinada porque allí aprendió que la estetización del arte, defendida por los británicos, es cómplice del fascismo. Walter Benjamin lo sabía, y Spivak también lo supo a través de su experiencia infantil. Si, además, se pasa una hambruna, si ves cómo unas jóvenes hindúes se arrojan, siguiendo un antiguo rito, a la pira funeraria en la que está ardiendo el cadáver del marido, si contemplas a esas personas que pasan en silencio fantasmagórico por el mundo y mueren no dejando tras de sí más que la falta de oportunidades, un rostro demacrado y deprimido, entonces se comprende que Spivak estaba lista para revisar el concepto de explotación. Desde entonces, desde la época de sus estudios preuniversitarios y universitarios en la India, los escritos de Marx se convirtieron en sus compañeros de viaje. Spivak piensa la explotación a través y más allá de Marx. De la tesis leninista según la cual el imperialismo fue el último estadio del capitalismo se llega sin demasiada dificultad a la conclusión de que el grupo de los explotados reviste tal heterogeneidad que es necesario volver a pensarlo. Porque ¿cómo poner en la misma balanza a un proletario francés, blanco, hombre, perteneciente a un sindicato, y a una colonizada hindú, de piel oscura, mujer o equis, analfabeta y sirviente del sirviente? El primero es un explotado, la segunda es una subalterna. La palabra la aprendió de Antonio Gramsci.

 

Spivak era una estudiante de literatura comparada, y cuando a principios de los años sesenta llegó a la universidad norteamericana se encontró en Cornell con Paul de Man. Ambos estaban empezando, el uno como profesor, la otra como estudiante que perseguía un doctorado en esa extraña materia. Gayatri no cesa de poner de manifiesto la admiración por quien fue su maestro. Cuenta que en aquellos años era una joven hindú bellísima y que muchos profesores deseaban de ella algo más que una conversación sobre la teoría marxista del valor. Paul de Man, me dice, fue el único que la respetó y la admiró por su inteligencia. Pero el teórico belga hizo mucho más, le dio un fundamento radical para el análisis ideológico y para saber leer: la deconstrucción. Su interés por la deconstrucción tomó un viso definitivo cuando, a mediados de los años setenta, tradujo al inglés y prologó el libro de Jacques Derrida De la gramatología. Dicho prólogo fue toda una declaración de principios respecto a las bases de su pensamiento: marxismo, feminismo y deconstrucción. Un texto que levantó consciente de que en ciertos contextos, bajo determinadas condiciones, el ser mujer agrava la subalternidad, convierte a quien la padece en el subalterno del subalterno. Ser mujer o ser homosexual, claro. El interés de Spivak por el feminismo surge, pues, de la conciencia de que la mujer ha ocupado históricamente el lugar más bajo, si algo así cabe, en la cadena de la explotación. De ahí que se la considere uno de los impulsores de los estudios culturales y de la crítica poscolonial. Pero ella no es una pensadora más, su manera de habitar y utilizar el feminismo, la deconstrucción y el marxismo me ha llevado hace poco a hablar de spivakismo. Valdría la pena quedarse con esta idea de estilo propio del pensar.

 

Romper reglas

 

Con la voluntad firme de romper las reglas, Spivak no sólo no ha renunciado a su pasaporte hindú sino que, además, ha rechazado adquirir la nacionalidad norteamericana a pesar de que lleva viviendo en los Estados Unidos más de cuarenta años y a pesar de haber estado casada con un norteamericano. Sigue manteniendo la tarjeta verde, justo el paso previo antes de jurar la bandera de ese país, pero sin ir más allá. Y esto tiene a más de uno estupefacto. ¡Pero si ya puedes, Gayatri, ya puedes! Y ella responde “sí, pero no”. Un acto de resistencia biográfico que le ha acarreado más de un problema, pero en el que ella piensa mantenerse. Éste es un ejemplo perfecto de lo que ella denomina esencialismo estratégico.En el mundo posmoderno yano se estilan las esencias y las identidades, sino las diseminaciones y las diferencias, pero hay ocasiones en las que vale la pena poner todo el empeño en reivindicarse hindú, iraquí o bretón: cuando se pelea contra el imperio, digámoslo así. Y en estos años en que el extranjero es malmirado en los EE. UU. y, si se descuida, aislado cual terrorista, ella exhibe su pasaporte hindú y sigue vistiendo preciosos saris. Estos días con ella en Barcelona a raíz de la invitación que le cursó el Macba para impartir una conferencia y un seminario, los que la acompañamos la vemos aparecer con un bello sari de colores dorados y violetas.

 

Como estamos preparando una edición crítica de algunos de sus textos más significativos, le digo a Gayatri que para explicarles a mis alumnos qué es un subalterno les cuento la historia de mi padre, y ella se ríe y dice que ella alude mucho a la figura de su madre cuando habla de esa misma cuestión en sus clases. Repite una y otra vez que el subalterno o la subalterna no puede hablar en la medida en que no hay institución que escuche y legitime sus palabras. No puede llevar a cabo eso que se denomina un acto de habla, entre otras cosas porque carece de autoridad para hacerlo. Añade: el subalterno no puede ser representado, ni habla él ni podemos hablar por él. Esun silencio irrecuperable, una voz cuyos sonidos y marcas trituraron el tiempo y la nada. Y por eso Gayatri anda por medio mundo enseñando a niños subalternos, enseñando a los enseñantes cómo hay que enseñar, por India, China, Sudamérica o África, aprendiendo árabe, chino mandarín, swahili o lo que haga falta con tal de poder hablar con los que la mayor parte del tiempo sólo abren la boca para gritarle a nadie que tienen ganas de comer. Al despedirse de mí diciendo que tiene que ir al gimnasio parece un poco fría, pero me da una mano suave y noto que la emoción le corre por dentro.

 

*Manuel Asensi, Profesor de Historia y Teoría en la Universidad de Valencia.

 

Textos publicados en 2006 por Tesis 11. Dossier sobre Spivak y la subalternidad.