El análisis retórico - ROLAND BARTHES

LEl análisis retórico. R. Barthesa literatura se nos presenta como institución y como obra. Como institución se asemeja a todos los usos y todas las prácticas que regulan el proceso de la cosa escrita en una sociedad determinada: status social e ideológico del escritor, modos de difusión, condiciones de consumo, opiniones de la crítica. Como obra está constituida esencialmente por un mensaje verbal, escrito, de cierto tipo. Quisiera reflexionar sobre la obra-objeto, sugiriendo que nos fijáramos en un campo todavía poco explorado (aunque el término sea muy antiguo): el de la retórica.

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La invención de William Shakespeare

La invención de William ShakespeareEn estos días asistimos, no sin un cierto efecto día de la marmota, a un nuevo capítulo de la interminable controversia sobre la autoría de las obras de William Shakespeare. La Universidad de Oxford, a través de un comité de académicos, ha concluido que 17 de las 44 obras firmadas por Shakespeare pueden contener partes enteras o fragmentos escritos por alguna otra mano. Si bien esto sigue siendo un tanto vago, la traducción a términos prácticos es que a partir de este año la publicación de la obra Enrique VI por parte de la editorial de la universidad se atribuirá a dos autores, William Shakespeare y Christopher Marlowe. Gary Taylor, editor de la Oxford University Press y portavoz del comité de expertos, ha explicado que “el examen de las obras nos ha llevado a verificar la presencia de Marlowe en las obras de forma suficientemente clara y contundente... Estamos seguros de que estos dos escritores no se influían mutuamente, sino que trabajaban juntos”. Sin embargo, la profesora Carol Rutler, de la Universidad de Warwick, ha declarado sobre las conclusiones del comité que “lo que han hecho en Oxford no resuelve nada de lo que ya se conocía. Shakespeare colaboró con muchas personas para escribir sus obras de teatro, pero entre estos muchos colaboradores no figuraba Christopher Marlowe”. Estamos, por tanto, muy cerca del punto de partida.

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La innovación - CÉSAR AIRA

César Aira“Innovar” es un verbo defectivo, igual que “mentir”, según lo probó el cretense del koan. No se dice “yo innovo”. Si innovo, tendrá que decirlo otro, y en otro momento. No por modestia, sino por las posiciones relativas en que nos colocamos para hacer historia. Si innovo, es porque en definitiva innové, y no lo supe, me lo tuvieron que decir después. Borges habló de la discreción de la Historia; aquí el chiste que aporta la prueba es el del campesino normando que le dice al vecino: “¿Te enteraste? Hoy empezó la Edad Media”.

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J. Rodolfo Wilcock

J. Rodolfo Wilcock

Participante de las tertulias que organizaban Ara y María Zambrano en Roma (donde lo conociera el escritor mexicano Sergio Pitol, quien percibiría el temor de las hermanas a su “poder maléfico”), J. Rodolfo Wilcock pronto se retiraría de la vida socio-intelectual romana para instalarse en una destartalada casa de campo en Lubriano, provincia de Viterbo (donde murió de un síncope, según cuentan, mientras traducía un libro sobre enfermedades cardíacas). Trabajó para Italo Calvino y la editorial Einaudi, hasta convertirse en uno de los traductores preferidos de Adelphi, dirigida por el editor y ensayista Roberto Calasso. Enseñó el pensamiento de Wittgenstein a Alberto Moravia, fue el primer “gran escritor” que conoció el filósofo Giorgio Agamben y frecuentaba, como amigo y colaborador, la casa de Eugenio Montale en Florencia. Accedió, por su amistad con Pier Paolo Pasolini (quizá el primero en destacar el componente “infernal” en la obra y los personajes de Wilcock), a hacer un papel en “El evangelio según San Mateo”, junto a la escritora Natalia Ginzburg. A pesar de estas influyentes relaciones vernáculas, y de haber sido publicado por las más importantes editoriales, su obra no tuvo una gran difusión en Italia; en Argentina, hasta el umbral del siglo XXI, su nombre y su obra eran un secreto que conocían unos pocos.

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