El cuento del sillón de mimbre

El cuento del sillón de mimbrePor Hermann Hesse

                        Un joven estaba sentado en su solitaria buhardilla. Le hubiese gustado llegar a ser pintor; pero para ello debía superar algunas cosas bastante difíciles, y para empezar vivía tranquilamente en su buhardilla, se iba haciendo algo mayor y había adquirido la costumbre de pasarse horas ante un pequeño espejo y dibujar bocetos de autorretratos. Estos dibujos llenaban ya todo un cuaderno, y algunos le habían complacido mucho.

                        —Considerando que aún no poseo ninguna preparación en absoluto —decía para sus adentros-, esta hoja me ha salido francamente bien. Y qué arruga más interesante allí, junto a la nariz. Se nota que tengo algo de pensador o cosa por el estilo. Únicamente me falta bajar un poquito más las comisuras de la boca, eso crea una impresión singular, claramente melancólica.

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Contra la subalternidad

Contra la subalternidadMás allá del poscolonialismo. Contra la subalternidad

 

Por MARTA SEGARRA*

 

La expresión estudios subalternos puede parecer sorprendente o hasta incongruente a quien la oiga por primera vez. Subalterno, según el diccionario, es “cosa o persona de categoría secundaria”, es decir, “inferior”, y ¿a quién le interesa estudiar algo secundario e inferior? La etimología latina de la palabra aporta, sin embargo, matices interesantes: subalternus contiene alter,que significa otro, y los estudios subalternos se ocupan, efectivamente, de nuestra relación con el Otro, con las personas que son siempre otras respecto a los sujetos política y culturalmente dominantes. Dichos estudios nacieron hace unos veinticinco años, fruto del pensamiento poscolonial y como una alternativa antihegemónica a los estudios culturales, que por aquel entonces ya se habían institucionalizado en Estados Unidos y en algunos países europeos.

 

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«Sueños», de Ernst Jünger

«Sueños», de Ernst JüngerLunes, 8 del 8 del 88: un día con cuatro ochos y encima lunes. Los funcionarios del registro civil tendrán mucho trabajo, como también los carteros. A la gente le gusta casarse o bautizar a sus hijos en días así; por otro lado es una buena fecha de cumpleaños.

  El ocho es un número especial; Odín cabalga un corcel de ocho patas. Es el número de ciertos encuentros, con el nueve se abre un nuevo comienzo. También a mí la fecha me ha deparado alguna vez sorpresas. En esos días lo mejor sería quedarse en la cama. A mi carácter no le va. A medianoche cuando me desperté sentí  ganas de moverme -aterricé a las nueve de la mañana en Orly, uno de los venerables aeropuertos de París. Gracias al salto de tiempo había ganado seis horas, me dijo la azafata que me había atendido. No podría haber calculado el lugar en el que había dormido, pero sí la distancia recorrida, claro que para nosotros esto ya no es tan importante como en los tiempos de la diligencia. Quizá pasé la noche en una capital del lejano Oriente; la azafata era de tipo malayo. Habíamos conversado agradablemente y la hubiera invitado a comer, ella parecía propicia. Pero aparte de que nunca se sabe cómo termina un asunto de éstos, era demasiado arriesgado en una fecha tal. Sería mejor pasar el día sin aventuras -meditando con una buena pipa o contemplando obras de arte.

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Hotel Atlántico: viaje al fin de uno mismo

Hotel Atlántico: viaje al fin de uno mismoSe ha asociado en diversas ocasiones la obra de João Gilberto Noll (Porto Alegre, 1946-2017)​, y en especial Hotel Atlántico (1989), con la novela existencialista. Se ha citado como referencia a El extranjero, de Albert Camus. Pero habría que despejar la bruma umbilical que une estas obras, porque una vez deshecho el efecto de condensación puede apreciarse una distancia considerable entre el sinsentido derrotista que define la novela de Camus, producto de una experiencia traumática totalizadora y radiografía de una época cuyos soportes morales habían desaparecido casi de la noche a la mañana, de forma brutal, con respecto a la novela de Noll, cuyo final es paradójicamente alentador, decididamente esperanzado.

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