Literatura de viajes: Desafío a la identidad

Paul BowlesSeñalaba con acierto Friedrich Wolfzettel que «la literatura de viaje como género literario está basada en una estructura mítica o iniciática… Cada viaje es un acto de transgresión, un ‘rito de pasaje’ que nos traslada de la normalidad de la vida cotidiana al reino del Otro. De un modo u otro, consciente o inconscientemente, el autor de un relato de viaje está variando un esquema mítico o arquetipal, según su visión personal y particular. Es decir, que el relato de viaje puede ser considerado como una simple variante del esquema narratológico general válido para todas las formas de transgresión».

Literatura de Viajes - Creación Literaria

En un recorrido que va desde Heródoto hasta D. F. Wallace, pasando por Marco Polo, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Darwin, Goethe, Flora Tristán, Edith Wharton y una larguísima lista más de escritores, artistas, exploradores y aventureros, el módulo Literatura de Viajes pretende situar al alumno ante las transformaciones técnicas, estilísticas y conceptuales que han ido marcando la evolución del género a lo largo de la historia. Ciencia, arte, literatura, antropología… el curso está destinado a todos aquellos que quieran conocer las claves esenciales para entender y disfrutar de las grandes narraciones de viaje.

 

Duración: 6 sesiones de 2 horas y media

Profesor: Ernesto Bottini

Próxima convocatoria: del 22 de mayo al 26 de junio

 

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Desafío a la identidad

 

Por Paul Bowles

 

              A juzgar por las reseñas o por los encomios de los editores, ya sea aquí o en Inglaterra (donde el género es más próspero), parece que quienes escriben acerca de libros de viajes no están seguros de quiénes los leen, ¿los que se quedan en casa, o los aventureros? Suponiendo que estas dos categorías definan dos tipos de temperamento, y tomando en cuenta que muchos viajeros en potencia no logran realizar sus planes de conocer el mundo a causa de las circunstancias, a mí me parece que los libros de viajes son leídos casi exclusivamente por los aventureros –los que ya han viajado y los que desean viajar–  pero, desafortunadamente, hoy en día son leídos sólo por un pequeño porcentaje de éstos.

               Aun tan recientemente como hace un siglo, viajar era una especialidad. Como los lugares remotos estaban fuera del alcance de todos menos un grupo de afortunados y resistentes, era natural que el deseo de contacto con lo exótico se satisficiera a través de las experiencias de otros, por medio de la lectura. Hoy, cuando en teoría cualquiera puede viajar a cualquier sitio, el libro de viajes tiene otra función; el énfasis se ha desplazado de los lugares en sí al efecto que éstos tienen en la persona. El libro de viajes se ha vuelto, por necesidad, más subjetivo, más «literario». Pero esto tiende a dejar al escritor de viajes sin su lector natural. El aventurero suele ser extrovertido, alguien que desprecia las experiencias de segunda mano. Si quiere ir a Sudamérica –aun si sólo sueña con ir– no está deseoso de conocer las impresiones de Isherwood antes de haber ido. Quiere un volumen conciso con información acerca de la historia, el clima, las costumbres y los lugares más interesantes de cada república. Hasta es vagamente consciente de haber decidido formarse sus propias ideas, y al diablo con lo que otros hayan sentido al encontrarse cara a cara con el Aconcagua.

               ¿Qué es un libro de viajes? Yo diría que es el relato de lo que le ocurrió a una persona en determinado lugar, y nada más que eso; no contiene información acerca de hoteles y carreteras, ni listas de frases útiles, estadísticas o sugerencias acerca de la clase de ropa que el visitante podría necesitar. Es posible que tales libros estén condenados a la extinción. Espero que no, porque no hay nada que yo disfrute más que leer el relato de un escritor inteligente acerca de lo que le ocurrió lejos de casa. El tema de los mejores libros de viajes es el conflicto entre el escritor y el lugar. No importa quién lleve la mejor parte, siempre que el combate sea narrado con fidelidad. Para lograr esto es necesario que el escritor esté bien dotado para describir situaciones, lo que tal vez explica por qué muchos de los libros de viajes que no han huido de mi memoria fueron producidos por escritores expertos en el arte de la novela. Uno recuerda la indignación de Evelyn Waugh en Etiopía; la impasibilidad de Graham Greene en África occidental; cómo Aldous Huxley se dejó deprimir por México, o cómo Gide descubrió su conciencia social en el Congo, mucho tiempo después de que otros relatos de viaje igualmente precisos se han hecho borrosos o se han desvanecido. Dada la habilidad novelística de estos escritores, es quizá perverso de mi parte preferir sus libros de viajes a sus novelas, pero los prefiero.

               Los libros de viajes que tratan de una misión o una busca definida, lo mismo que las crónicas de conquistas o exploraciones, tienen su encanto especial, pero el lector recuerda demasiado a menudo que los autores eran viajeros que también escribían y no escritores que también viajaban. (Smara, de Michel Vieuchange, es una ilustre excepción, y la razón es que su busca era fundamentalmente interior; buscaba el éxtasis, y como no encontró más que sufrimiento físico, se vio obligado a usar las páginas de su diario como un alambique para obrar la transformación).

               Existe una categoría que, por el enfoque y por el tema, se parece más a la autobiografía que al libro de viajes pero, como trata de personas desplazadas a sitios más o menos extraños, se reconoce como parte de la literatura de viajes. Son relatos íntimos de la vida diaria del escritor durante su prolongada residencia en el extranjero. Tengo varios favoritos en este grupo: Viva México!, de Flandrau; Hindoo Holiday, de Ackerley; Memorias de África, de Dinesen; The Alleys of Marrakech, de Peter Mayne. Son libros en los que la personalidad del autor es el elemento decisivo; su encanto proviene de este claro énfasis puesto en las actitudes y las reflexiones personales.

               Me pregunto, si estuviera escribiendo un libro de viajes, ¿me comportaría de manera distinta de la que me comporto ahora? Estoy sentado en un banco en un parque muy pequeño que domina la ciudad de Lisboa. Los sonidos del puerto suben hasta aquí, y son audibles entre los agudos gritos de los niños que juegan cerca sobre la hierba. La luz es muy intensa, aunque el sol está oculto tras un velo de niebla, y el olor del aire es una mezcla de insinuaciones de primavera imposibles de identificar. La pelotita roja con que juegan los niños rebota de pronto en la verja de hierro forjado y va a caer más allá del parapeto a un patio entre muros mucho más abajo. Hay una serie de regaños y gritos a raíz de este acontecimiento, y luego los jóvenes deportistas se dispersan, todos menos uno, el dueño del juguete perdido, evidentemente, quien se queda agarrado a los barrotes de la cerca mirando hacia abajo con anhelo. Ahora tengo la respuesta. Si tuviera que escribir un libro de viajes, lo llamaría y conversaría con él, le ofrecería dinero para comprar otra pelota. Pero como no es así, me quedo sentado y sigo imaginando, si quisiera escribir ese libro, cómo lo haría.

               No creo que un libro de viajes pueda escribirse de manera suficientemente precisa si se hace después de los hechos, si el autor ha estado viviendo a su antojo durante el tiempo sobre el cual se propone escribir, sin tomar notas y sin percatarse de su función como instrumento receptivo. El recuerdo mal definido de sus reacciones emotivas es siempre más intenso que la memoria puntual de lo que las causó. Confiar en la memoria es lo indicado para determinar la sustancia de una novela, pero no es aconsejable en este caso, pues es demasiado probable que altere la consistencia de la escritura.

               El escritor debe tomar la decisión de ser escrupulosamente honesto al hacer su relato. Cualquier distorsión voluntaria equivale a hacer trampa en un juego de solitario: el juego pierde sentido. El relato debe ceñirse lo más posible a la realidad, y me parece que la forma más sencilla de lograr esto es proponerse ser exacto al describir sus propias reacciones. El lector puede hacerse una idea de cómo es en realidad un lugar sólo si conoce los efectos que éste ha tenido en alguien acerca de cuyo carácter tiene alguna noción y cuyas preferencias le son familiares. De modo que parece esencial que el escritor ponga cierto empeño en presentar objetivamente su propia personalidad; esto facilita al lector una clave interpretativa para valorar por sí mismo la importancia relativa de cada detalle, como la escala al pie de un mapa.

               El problema de dar al relato de viajes una estructura lineal no es esencialmente literario. El escritor tiene que asegurarse de que las experiencias que constituirán su material lleguen a producirse. Escribe una historia que antes debe vivir, y si el curso que la historia sigue exige ciertos elementos que hacen falta en su vida, tendrá que arreglárselas para reorganizar su existencia con el fin de obtener esos elementos. Debe usar su poder de invención para enfrentarse, no con la escritura en sí, sino con la relación entre sí mismo y el mundo real a su alrededor.

               No hace falta decir que cada intento de hacer accesible un lugar a los turistas es un obstáculo en el camino del escritor, y si éste logra establecer contacto con el lugar es a pesar de ellos y no gracias a ellos. El propósito de los servicios oficiales para visitantes es hacer innecesaria la investigación personal. En varios países, las oficinas de turismo patrocinadas por el Estado llevan además una mira más siniestra: impedir las relaciones personales entre residentes y forasteros. Los escritores son particularmente sospechosos, desde luego, pero sortear este tipo de dificultades es una de sus tareas rutinarias. «No necesita hablar con nadie –me aseguraba un policía de un país africano–. En nuestra oficina de turismo venden guías a precios fijos, y le darán gratis un folleto especial en inglés donde encontrará toda la información necesaria.»

               Y de nuevo: «¿Cómo sé que usted es en verdad un turista?», me preguntó una empleada de un consulado sudamericano en Londres cuando fui a solicitar un visado.

–¿Cómo, qué otra cosa iba a ser?

–No sé –contestó–. En su pasaporte dice «escritor».

¿Cómo sé yo lo que irá a hacer?

–Quién sabe –le dije, y en vez de ir a Sudamérica me fui al Lejano Oriente.

 

  1. En Días y viajes. Traducción de Rodrigo Rey Rosa.