El análisis retórico - ROLAND BARTHES

LEl análisis retórico. R. Barthesa literatura se nos presenta como institución y como obra. Como institución se asemeja a todos los usos y todas las prácticas que regulan el proceso de la cosa escrita en una sociedad determinada: status social e ideológico del escritor, modos de difusión, condiciones de consumo, opiniones de la crítica. Como obra está constituida esencialmente por un mensaje verbal, escrito, de cierto tipo. Quisiera reflexionar sobre la obra-objeto, sugiriendo que nos fijáramos en un campo todavía poco explorado (aunque el término sea muy antiguo): el de la retórica.

   La obra literaria comprende elementos que no son específicos de la literatura; citaré al menos uno, porque el desarrollo de las comunicaciones de masa permite hoy hallarlo de forma inconfundible en los filmes, en los comics y quizás en otros fenómenos distintos, es decir, al margen de la novela: es la narración, la historia, el argumento, lo que Sourian ha llamado, refiriéndose al filme, diégesis. Existe una forma diegética común a diferentes artes, forma que empieza hoy a analizarse según nuevos métodos inspirados en Propp. Sin embargo, frente al elemento de invención que comparte con otras creaciones, la literatura' posee un elemento que la define específicamente: su lenguaje; la escuela formalista rusa había ya intentado aislar y estudiar este elemento específico, dándole el nombre de Literaturnost, de «literaturidad»; Jakobson lo llama poética; la poética es el análisis que permite responder a esta cuestión: ¿qué es lo que convierte un mensaje verbal en obra de arte?

 

Es ese elemento específico que yo, por mi parte, llamaría retórica, para evitar de este modo toda reducción de la poética a la poesía y dejar bien claro que se trata de un plan general del lenguaje común a todos los géneros, tanto a la prosa como al verso. Querría saber si es posible una confrontación entre la sociedad y la retórica, y en qué condiciones.

 

   Durante siglos, desde la Antigüedad hasta el siglo XIX, la retórica ha recibido una definición funcional y técnica a la vez: es un arte, es decir, un conjunto de normas que permiten tanto persuadir como, posteriormente, expresarse con corrección. Esta finalidad declarada convierte a la retórica en una institución social y paradójicamente, el nexo que une las formas de lenguaje a las sociedades es mucho más 'inmediato que la relación propiamente ideológica; en la Grecia antigua la retórica surgió precisamente con motivo de los pleitos de propiedad que siguieron a las exacciones de los tiranos en la Sicilia del siglo V; en la sociología burguesa el arte de hablar según ciertas normas es a la vez un signo de poder social y un instrumento de ese poder; es significativo que la clase que remata los estudios secundarios del joven burgués se llame precisamente clase de retórica.* Sin embargo, no nos detendremos en esta relación inmediata (que por otra parte, se agotaría pronto), pues si bien es cierto que las necesidades sociales engendran ciertas funciones todos sabemos que estas funciones una vez puestas en marcha o determinadas, adquieren una imprevista autonomía y se abren a nuevos significados. Yo sustituiría, por lo tanto, la definición funcional de la retórica por una definición inmanente, estructural o, para ser más exactos, informacional.

 

   Sabemos muy bien que todo mensaje (y la obra literaria lo es) comprende por lo menos un plano de la expresión, o de los significantes, y un plano del contenido, o de los significados; la con junción de estos dos planos forma el signo (o conjunto de signos). Sin embargo, un mensaje constituido en base a este orden elemental puede convertirse, mediante una operación de pérdida o de amplificación, en el simple plano de expresión de un segundo mensaje, que en este caso es de orden extensivo; resumiendo, el signo del primer mensaje resulta ser el significante del segundo.

 

Se trata de dos sistemas semióticos insertos el uno en el otro de forma regular; Hjelmslev ha dado al segundo sistema así constituido el nombre de semiótica connotativa (por oposición al metalenguaje, en el cual el signo del primer mensaje resulta ser el significado y no el significante del segundo mensaje), Ahora bien, como lenguaje, la literatura es con toda evidencia una semiótica connotativa; en un texto literario, un primer sistema de significación que es la lengua (por ejemplo, el francés), sirve de significante a un segundo mensaje cuyo sentido es diferente de los significados de la lengua; si leo: que acerquen las comodidades de la conversación percibo un mensaje denotado, que es la orden de que traigan sillones, pero percibo también un mensaje connotado cuyo significado es en este caso el «preciosismo». En términos informacionales podría definirse la literatura como un doble sistema denotado-connotado; en este doble sistema el plano manifiesto y específico, que es de los significantes del segundo sistema, constituirá la retórica; los significantes retóricos serán los connotadores.

 

   Definido en términos informacionales el mensaje literario puede y debe ser sometido a una exploración sistemática, sin la cual no sería nunca posible confrontarlo con la historia que lo produce, porque el ser histórico de este mensaje no es solamente lo que dice sino también la forma en que ha sido elaborado. Es cierto que la lingüística de la connotación, que no podemos confundir con la vieja estilística, ya que ésta, estudiando los modos de expresión permanecía en el plano de la palabra, mientras que aquélla, estudiando los textos se sitúa en el plano de la lengua; esa lingüística, repito, no está todavía constituida, pero ciertas indicaciones de los lingüistas contemporáneos permiten adivinar dentro del análisis retórico por lo menos dos direcciones.

 

   La primera ha sido esbozada por Jakobson (Ensayos de lingüística general); Jakobson distingue en todo mensaje seis factores; un emisor, un destinatario, un contexto o referente, un contacto, un código y, por último, el mensaje mismo; a cada uno de estos factores corresponde una función del lenguaje; en todo discurso aparecen mezcladas la mayor parte de estas funciones, poro recibe su impronta del predominio de una función determinada sobre las demás; por ejemplo si el acento recae en la persona emisora, domina la función expresiva o emotiva; si recae en el destinatario, la función connotativa (exhortativa o suplicante) ; si es el referente el que recibe el acento, el discurso es denotativo (e1 caso habitual); si es el contacto (entre el emisor y el destinatario), la función relativa atribuye a todos los signos la misión de mantener la comunicación entre los interlocutores; la función metalingüística, o de elucidación, acentúa el recurso al código; en fin, cuando es el mensaje mismo, su configuración, el aspecto palpable de sus signos lo que aparece acentuado, el discurso es poético en el sentido más amplio de la palabra: éste es evidentemente el caso de la literatura: podríamos decir que la literatura (obra y texto) es específicamente un mensaje que carga el acento sobre sí mismo. Esta definición permite sin duda, comprender mejor a qué se debe el que la función comunicativa no agote la obra literaria, sino que ésta, resistiéndose a las definiciones puramente funcionales, se presente siempre, en cierto modo, como una tautologia, porque las funciones intramundanas del mensaje permanecen en definitiva sometidas a su función estructural. Sin embargo la cohesión y la declaración de la función poética pueden variar con la historia; y por otra parte, sincrónicamente, esta misma función puede quedar «comida» por otras funciones, fenómeno que disminuye en cierta medida la tasa de especificidad literaria de la obra. La definición de Jakobson entraña, por lo tanto, una perspectiva sociológica, porque permite evaluar simultáneamente el futuro del lenguaje literario y su situación con respecto a los lenguajes no literarios.

 

   Cabe otra exploración del mensaje literario, esta vez de tipo distribucional. Sabemos que toda una parte de la lingüística se ocupa hoy en definir las palabras no tanto por su significado como por las asociaciones sintagmáticas en las que pueden instalarse; hablando en términos vulgares, las palabras se asocian entre sí en base a una cierta escala de probabilidades: perro se asocia espontáneamente a ladrar, pero difícilmente a maullar, aunque sintácticamente nada impida la asociación de un verbo y un sujeto; a este «henchimiento» sintagmático del signo se le suele dar el nombre de catalisis. La catalisis mantiene una estrecha relación con la especialidad del lenguaje literario; dentro de ciertos límites, que han de estudiarse, cuanto más aberrante es la catalisis más patente es la literatura. Naturalmente, si nos atenemos a las unidades literales, la literatura no es en absoluto incompatible con una catalisis normal; si digo: el cielo es azul como una naranja, no aparece ninguna asociación literaria aberrante; pero si nos elevamos a un nivel superior de unidades, que es precisamente el de los connotadores, nos encontramos inmediatamente con la confusión catalítica, pues es estadísticamente anormal asocial el ser del azul con el ser de la naranja. El mensaje literario puede por tanto ser definido como una desviación de la asociación de los signos (P. Guiraud); operativamente, por ejemplo, frente a las tareas normativas de la traducción automática, la literatura podría definirse como el conjunto de casos insolubles propuestos a la máquina. Podría decirse, de otro modo, que la literatura es esencialmente un sistema de información costoso. Sin embargo, si la literatura es universalmente un lujo, hay diversas economías de lujo que pueden variar según las diferentes épocas y sociedades; en la literatura clásica, al menos la que pertenece a la generación antipreciosista, las asociaciones sintagmáticas permanecen dentro de márgenes normales a nivel de la denotación, y es concretamente el nivel retórico quien soporta un costo elevado de información; por el contrario, en la poesía surrealista (para tomar dos casos límites), las asociaciones son aberrantes y la información costosa está a nivel mismo de las unidades elementales. Es razonable esperar, también en este caso, que la definición distribucional del mensaje literario hará surgir ciertas relaciones entre cada sociedad y la economía de información que ésta asigna a su literatura.

 

   La forma misma del mensaje literario mantiene así cierta relación con la historia y con la sociedad, pero esta relación es particular y no abarca necesariamente la historia y la sociología de los contenidos. Los connotadores constituyen los elementos de un código y la validez de éste puede ser mayor o menor; el código clásico (en su sentido más amplio) ha persistido en Occidente a lo largo de siglos, porque es la misma retórica la que anima un discurso de Cicerón o un sermón de Bossuet; pero es muy probable que este código haya sufrido una profunda transformación en la segunda mitad del siglo XIX, aunque todavía ahora esté sujeto a formas de escritura tradicionales. Esta transformación está sin duda relacionada con la crisis de la conciencia burguesa; el problema, sin embargo, no es el de saber si la una refleja analógicamente a la otra, sino si frente a un determinado orden de fenómenos, la historia no interviene en cierto modo sólo para modificar el ritmo de su diacronía; en efecto, cuando se trata de formas (y evidentemente éste es el caso del código retórico) los procesos de transformación son más del orden de la traslación que de la evolución. Se produce, en cierto modo, un agotamiento sucesivo de las transformaciones posibles, y la historia es la llamada a modificar el ritmo de estas transformaciones, no las formas en sí. Se produce quizás un cierto devenir endogenético de la estructura del mensaje literario, análogo al que regula los cambios de moda.

 

   Existe otra forma posible de considerar la relación entre la retórica y la sociedad: seria, por expresarlo de algún modo, el evaluar el grado de «franqueza» del código retórico. Es cierto que el mensaje literario de la época clásica exhibía deliberadamente su connotación, porque las figuras constituían un código transmisible por aprendizaje (de ahí los numerosos tratados de la época) y era imposible crear un mensaje reconocido sin recurrir a dicho código. Hoy, todos lo sabemos, esta retórica ha estallado; pero estudiando precisamente sus fragmentos, sus sustitutivos o sus lagunas, podríamos sin duda darnos cuenta de la multiplicidad de escrituras y hallar para cada una de ellas la significación que le corresponde en nuestra sociedad. De esta forma podríamos abordar con precisión el problema de la repartición de la buena literatura y las demás literaturas, cuya importancia social es considerable, sobre todo en una sociedad de masas, Pero tampoco en este caso debemos esperar una relación analógica entre un grupo de usuarios y su retórica; lo importante es, más bien, reconstruir un sistema general de subcódigos cada uno de los cuales se define en un cierto estado de sociedad por sus diferencias, sus distancias y sus identidades con respecto a sus vecinos: literatura de élite y cultura de masas, vanguardia y tradición constituyen formalmente códigos diferentes situados en un mismo momento, según expresión de Merlau-Ponty en «modulación de coexistencia»; es este conjunto de códigos simultáneos, cuya pluralidad ha sido admitida por Jakobson (Essais, pág. 213) lo que habría que estudiar; y como un código no es en realidad más que una cierta manera de distribuir una colección cerrada de signos, el análisis retórico debería depender directamente no de la sociología propiamente dicha sino más bien de esa sociológica, o sociología de las formas de clasificación que postulaban ya Durkheim y Mauss.

 

   Estas son, rápida y abstractamente enunciadas, las perspectivas generales del análisis retórico. Se trata de un análisis cuyo proyecto no es nuevo, pero al que el reciente desarrollo de la lingüística estructural y de la teoría de la información ofrecen nuevas posibilidades de exploración; ahora bien, fundamentalmente exige de nosotros una actitud metodológica quizá nueva, ya que la naturaleza formal del objeto que ha de estudiarse (el mensaje literario) obliga a describir de forma inmanente y exhaustiva el o los códigos retóricos antes de relacionar este o estos códigos con la sociedad y la historia que los producen y los consumen.

 

* Se refiere al bachillerato francés.