Sobre «Reunión»

Sobre «Reunión»Sobre «Reunión»

Por Ernesto Bottini

 

   John Cheever está considerado como uno de los autores más importantes de relatos breves de los Estados Unidos, el país que está considerado como la mayor «potencia» del género durante el siglo XX. Si bien sus novelas (la saga en torno a los Whapshot, Bullet Park, Falconer, etc.) han tenido cierto éxito de crítica y público, es definitivamente en el relato donde ha sobresalido como un referente absoluto. Sus cuentos «El nadador» y «Un marido rural», textos de una extensión considerable, valdrían por sí mismos para encumbrarlo como un maestro del género. Dentro de la producción más breve de Cheever, «Reunión» destaca como una de sus obras más perfectas (la crítica llegó a calificarlo como un «pequeño milagro»). Richard Ford, que eligió el relato para leer entre todos los publicados en la revista The New Yorker, dijo que «‘Reunión’ es un espécimen perfecto de relato corto, por ser tan económico y a la vez contener tanto, de forma tan compacta». Decenas de artículos, ensayos y trabajos universitarios se han escrito sobre este relato, y muchos escritores han destacado esta obra como ejemplo de precisión y sugerencia. Hay una serie de factores, que veremos a continuación, que sitúan a este cuento en un lugar privilegiado, por sus logros formales, dentro del paradigma literario en el que se inscribe.

 

   En «Reunión» están construidos con maestría al menos tres elementos fundamentales del género: la información implícita (lo no dicho pero sugerido); la precisión y significación de los diálogos; la «estrategia» del narrador en primera persona.

 

   La relación entre el hijo (narrador personaje) y su padre está plasmada, con bastante profundidad, apelando a la construcción de un solo encuentro. A través de este encuentro obtenemos información sobre el entero recorrido de dos personajes y su relación. El narrador se empeña en no juzgar a su padre, al menos en apariencia (algo que le llevaría a hacer un planteamiento «torpe»), reproduciendo valoraciones que se dejan para el propio lector. Con el encuentro, sus idas y venidas por los bares de Nueva York y los diálogos que mantienen entre ellos (escasos y divergentes) y las discusiones del padre con los camareros, el relato despliega una tensión emocional límite entre las aspiraciones y los deseos del joven y la realidad que se desarrolla de forma implacable. Los personajes están expuestos con materiales mínimos, sin explicaciones ni intervenciones valorativas del narrador, son visibles en toda su dimensión y complejidad a través de sus propios actos y sus propias palabras. Aquí interviene esa distinción básica entre el «decir» y el «mostrar». La personalidad del padre no se nos comunica mediante la explicación, la reflexión o el discurso, sino que se expone a través de la descripción de su comportamiento y el contenido de sus parlamentos (cuidadosa y programáticamente diseñados por el narrador). En el transcurso de un encuentro fugaz, donde «se supone» (o supondría, más bien) que el padre «debería» aprovechar el poco tiempo que tiene para estar con su hijo, con el que no convive y al que ve muy esporádicamente, para reponer tiempo perdido, ponerse al día, transmitir cariño, etc., su ocupación está centrada en cualquier distracción y polémica que impida esta cercanía.

 

   En el encuentro, el chico —que, por cierto, narra desde una distancia temporal considerable— es solícito, busca recomponer una relación inexistente, dar una oportunidad más a la constitución del amor paterno, se reconoce en su imagen, ve allí su futuro, es calmo, comprensible; el padre se comporta de forma irascible, insolente, arrolladora, grosera… Cheever, en vez de construir un discurso alrededor de esta circunstancia, despliega en la voz del narrador los comportamientos para que el lector pueda introducirse en la significación de los hechos. Esa estrategia es justamente la que permite al lector entrar en el texto, participar activamente de la narración. Si todo viene dado por el filtro retórico del narrador, el lector no tiene sitio para introducirse en el texto, para valorar y encajar las piezas, para «interpretar» lo narrado. En este sentido, el relato cumple con una condición indispensable de todo buen cuento: sugiere más que impone, confía en la inteligencia y capacidad intelectiva del lector, produciendo en él el fenómeno del descubrimiento, de la propia activación del significado y de la reflexión literaria como un acto contrario a la simple aceptación de las apariencias. Así, el lector es invitado a preguntarse si el padre se comporta de esa manera porque es su forma de ser, o algo en la situación ha desencadenado ese comportamiento, debidamente alterado por el alcohol. Este aspecto es importante, porque el lector debe decidir si está ante un hombre que actúa con «torpeza» por inseguridad, acuciado ante la presencia de un hijo que lo interpela emocional y cívicamente, que le recuerda sus responsabilidades incumplidas, que lo convoca a una forma de estar en el mundo con la cual no se siente cómodo, o directamente es un personaje insensible y prepotente que no distingue o altera su comportamiento en presencia de un hijo «desatendido». Parafraseando a Terry Eagleton y su famoso aserto, podríamos concluir que el error más típico que cometen los lectores no entrenados es abordar lo que se dice en el texto «directamente», dejando de lado «la manera» en que lo dice. Habría que añadir que es importante fijarse y atender a «quién» lo dice, pensar en «por qué» lo dice, «para qué» lo dice, etc.

 

   Los personajes y su peso dentro de una determinada narración no dependen necesariamente del espacio que ocupan en el texto, de la cantidad de parlamentos o acciones que protagonizan, sino que cifran su importancia en la capacidad para ser elocuentes (con respecto al tema, a otros personajes, etc.) y para movilizar aspectos argumentales y estructurales del relato. En «Reunión» aparece esbozado —aunque con una impresionante claridad— un personaje secundario, la madre del chico, que con apenas una línea adquiere forma y entidad para el lector atento. La importancia de esa presencia fugaz, casi fantasmática, es crucial para entender, por medio de la oposición, las tensiones que conviven en el interior del personaje-narrador. Esa manera que tiene la madre de «oler las rosas» está en las antípodas de la personalidad del padre (al menos de la «personalidad» que se despliega a través de la narración del encuentro que hace el hijo): la madre es «sensible», otorga importancia a los detalles menores, se da tiempo, le da tiempo a las cosas… le brinda tiempo a él, a diferencia de lo que hace el padre.

 

   El relato se ocupa de un tema objetivamente importante y de interés: la relación afectiva entre un padre y un hijo (con una separación mediante), el papel del padre como modelo impuesto (de forma social, antropológica e incluso biológica) y el proceso emocional y temporal de la frustración que su ausencia puede generar. Cheever logra, tratando el tema, ser original y mostrar una mirada nueva, propia, única, significativa. Esto es muy importante: ejerce una mirada sobre el tema que justifica la narración, que se justifica ante el lector porque le va a dar una perspectiva personal y única.

 

   Hay elementos en el relato que funcionan como símbolos: los camareros representan el orden que se esfuerza en subvertir el padre con sus exigencias y ruidos; el periódico podría interpretarse como un souvenir del encuentro; la estación como el lugar de bifurcación de los caminos; el tren en el que parte como símbolo de la vida nueva que le espera sin estar en contacto con su padre, etc., etc.

 

   Además de todos estos elementos, el relato tiene un diseño estructural que lo hace «perfecto» en su propuesta: empieza y termina con la misma frase (pero la realidad de los personajes no es la misma al comienzo y al final del relato). Es un tropos del género la relación entre perfección formal y «esfericidad», y este relato es un buen ejemplo de ello. Lo que está atrapado (expuesto) en medio de los extremos del recorrido circular, dentro de los límites de la esfera, es la materia de ese encuentro revelador, casi un ritual de iniciación para una vida nueva, una vida en la que no vuelve a figurar el padre, en la que el muchacho hace frente a su destino individual, marcado por la realidad de sus circunstancias particulares y definitorias. Representa un acto de voluntad radical, el momento de una «decisión» que lo coloca en el mundo adulto, la instancia de una «asunción».