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Publican The Guardian y Clarín

Por Lisa Allardice

"No creo que pueda seguir escribiendo. Dentro de dos o tres años voy a ser muy vieja y estaré muy cansada", dijo Munro cuando la entrevisté luego de la publicación de La vista desde Castle Rock, en el pueblo de Goderich, cerca del lago Huron, la zona donde ha vivido y sobre la cual ha escrito casi toda su vida. "¿Cuánto de mi vida he pasado en este camino, qué otra cosa podría haber hecho, cuánta energía le he sacado a otras cosas? Es muy raro pensarlo ahora, ya que mis hijos son mayores y ya no me necesitan, pese a lo cual de algún modo siento que sólo he vivido una parte de esta vida y que hay otra que no he vivido." Fue a esa altura del año que me encontré con ella y almorzamos en Bailey's Fine Dining, donde lleva a editores y periodistas (y donde almuerza todos los lunes con su amiga Emily). Nos sentamos a su mesa de siempre junto al bar mientras hablaba sobre libros, acerca de la escritura y la historia de su vida. Una banda sonora de los años 20 reforzaba el ambiente nostálgico del lugar, pero en ocasiones amenazaba con tapar su voz segura y suave en mi grabación. "Apago las luces y cierro. Hace mucho que vengo aquí." Seguimos hablando mientras afuera el cielo del sur de Ontario se oscurecía cada vez más y tomamos copas de vino blanco con agua mineral. Su esposo Gerry –un hombre alto de camisa leñadora roja-vino a buscarla y ella le pidió que esperara afuera y escuchara "El lago de los cisnes" en el auto hasta que termináramos. "No se preocupe; le encanta la música".

Gerry murió en abril de este año, y en julio Munro anunció su retiro. Sin duda su salud es todo un tema. Cuando su editor canadiense, Doug Gibson, recibió su recopilación Dear Life, de 2012, dijo que sabía que sería su último libro y que esta vez hablaba en serio. Comprende una coda a los cuatro últimos relatos: "Creo que son lo primero y lo último –además de lo más exacto- que tengo que decir sobre mi propia vida."

"En muchos sentidos, he escrito relatos personales toda la vida", dijo en Bailey's. Si se es un admirador de Munro, se estará al tanto de los problemas de la granja de zorros y visones de su infancia en la época de la Depresión, de la casa al final del camino y la enfermedad de la madre –Parkinson a los cuarenta y pocos años-, de la beca para la universidad, su temprano casamiento con un estudiante intelectual, la maternidad muy joven y el divorcio. También se reconocerán las marcas de la vergüenza y la culpa en todas las recopilaciones. "Crecí en una comunidad en la que había vergüenza", dice, haciendo referencia a su infancia rural presbiteriana escocesa-irlandesa. "Decimos que hay cosas que no pueden perdonarse o que nunca nos olvidaremos de nosotros" escribe en la última línea de Dear Life sobre el hecho de que no lograra visitar a su madre durante la última enfermedad de ésta ni asistir al entierro. "Pero lo hacemos", continúa, con su característica insistencia en una verdad absoluta. "Lo hacemos todo el tiempo."

"Es probable que los sentimientos sobre mi madre sean el material más profundo de mi vida", dice. "Creo que en la infancia hay que apartarse de lo que la madre quiere o necesita. Hay que seguir el propio camino, y eso fue lo que hice. Por supuesto, ella estaba en una posición muy vulnerable, lo cual en cierto sentido era también una posición de poder, de modo que eso fue siempre algo central en mi vida: que me alejé de ella cuando más necesitada estaba. Pero sigo pensando que lo hice para salvarme."

La enfermedad de su madre significó que se hizo cargo del trabajo de la casa y de cuidar a sus hermanos menores desde que tenía nueve años. "Quería que la casa estuviera siempre limpia. Cocinaba los sábados y planchaba la ropa de todos. Era una forma de mantener la respetabilidad. En un plano superficial era muy buena con mi madre, pero nunca me permití entrar en su esquema de cosas, ya que entonces me habría quedado y me habría convertido en la persona que llevaba la familia hasta su muerte, y para ese momento habría sido demasiado tarde para irme.

Munro suele hablar en términos de huida, ocultamiento y disimulo. Ya en ese momento encontraba una primera forma de escape a través de la lectura y la escritura, si bien sólo en su cabeza. No escribió nada durante mucho tiempo porque "me preocupaba que pudiera ser tan decepcionante o malo" que terminara por abandonar.

Después de reescribir La sirenita para darle un final más feliz, avanzó a una "continuación" ("debe haber muchísimas") de Cumbres borrascosas. Le gustaba la forma en que el paisaje formaba parte de la historia, y sabía que era el tipo de libro que quería escribir. "Mi Cumbres Borrascosas era un Canadá muy reconocible que injerté en Yorkshire." A pesar de no haber leído la novela de Emily Bronte desde hace más de cuarenta años, todavía puede citar pasajes enteros, y en una elocuente pista sobre el ángulo desde el cual aborda un relato, reflexiona: "Todos piensan que querrían ser Cathy, la mujer que Heathcliff amaba, no Isabella, la mujer con la que se casó, ¿verdad?"

La madre de Munro, una ex docente, es una criatura dominante e insatisfecha que recorre su ficción. Su padre, si bien no tenía reparos en dar una paliza a los hijos, constituye una figura más atractiva. Era "adicto a los libros", leía todos los domingos por la tarde y hasta publicó sus propios libros al jubilarse.

Si bien tuvo una infancia difícil, Munro insiste en que no fue particularmente infeliz. "Existía el mundo privado" de la escritura al cual siempre podía retirarse. "Es una suerte nacer en un lugar donde nadie escribe, ya que entonces se puede decir: 'Escribo mejor que todos los demás en el colegio secundario. No se tiene idea de la competencia." Ella y su amiga Atwood tienen "una teoría" para dar cuenta de la fuerte generación de escritoras canadienses a la que pertenecen (Carol Shields, que murió en 2003, era otra amiga). Habría sido impensable que los muchachos de la zona rural de Canadá de esa época fueran intelectuales, dado que "los límites de la masculinidad eran muy estrechos." Por su parte, se alentaba a muchas mujeres, como la madre de Munro y como ella misma, a estudiar y convertirse en maestras. "Fue así que cuando las mujeres empezaron a escribir novelas en Canadá no hubo ningún problema. Eso no quería decir que los hombres iban a leer nuestras novelas, por supuesto, sino que era aceptable que las mujeres fueran escritoras."

De vuelta a su infancia, "lo peor que podía hacerse era llamar la atención", por lo que no dijo nada sobre sus ambiciones. Obtuvo una beca para la Universidad del Oeste de Ontario, algo casi inédito en una chica de su ciudad de Wingham. En el primero de sus "períodos de disimulo" se inscribió en un curso de periodismo porque "todos saben lo que hacen los periodistas" y pasó dos años felices en "un escondite" del fastidioso trabajo doméstico. No era para Munro el escape a París al que recurrió otra cuentista canadiense, Mavis Gallant, nueve años mayor que ella y procedente de un ámbito más sofisticado. "Cuando se vive en un lugar como Wingham, se tienen muy pocas oportunidades de salir", dice. "Si se espera hasta los treinta años, una se vuelve demasiado tímida y es muy poco lo que sabe del mundo, por lo que nunca se concreta. Por eso me fui. Me casé, lo cual fue una decisión muy afortunada."

Ese frío pragmatismo no debe sorprender a los lectores de los cuentos de Munro. En "The Beggar Maid", por ejemplo, Rose acepta casarse con Patrick, pusilánime pero privilegiado, "porque no parecía probable que volvieran a hacerle una oferta de ese tipo." En esos días, dice Munro, "si no se estaba casada a los veinticinco años, se era una fracasada- Desde el colegio secundario sentía que no le caía bien a todo el mundo. Por eso pensé: 'Le gusto a alguien. Un milagro.'"

Como destaca el narrador en "Chance" haciendo referencia a Juliet, que aparece en un trío de relatos autobiográficos: "El problema residía en que era una chica. Si se casaba –lo cual podría pasar, y no era nada fea tratándose de una becaria; en absoluto-, desperdiciaría todo lo que había trabajado, y si no se casaba era probable que se volviera sombría y aislada, con lo que perdería atractivo a los ojos de los hombres."

Tenía veinte años cuando se casó con Jim Munro, que era gerente de las grandes tiendas Eaton's. La pareja se instaló en el norte de Vancouver, y para cuando cumplió los veintiséis años, Munro tenía tres hijas. La segunda, Catherine, murió cuando tenía apenas dos días. Una cuarta, Andrea, nació nueve años después. "Por eso estuve bastante limitada a los veintitantos." Pero leyó "todas las novelas europeas que había que leer", así como a los escritores góticos –Eudora Welty, Flannery O'Connor, Carson McCullers-, cuya influencia es evidente en su trabajo. Por eso aprovechaba cada momento libre –"las siestas (de las niñas) eran muy importantes"- para escribir. En sus memorias, Vidas de madres e hijas, Sheila Munro recuerda que su madre escribía "en un lavadero, y su máquina de escribir estaba entre un lavarropas, un secarropas y una tabla de planchar. En realidad, podía escribir prácticamente en cualquier lugar de la casa." La escena constituye casi una caricatura que ilustra el rótulo de "relatos domésticos" que a Munro le ataron al cuello como un delantal (ese título apareció en una reseña del New York Times en 1983). En 1961, después de publicados algunos relatos en pequeñas revistas y de que se los leyera en radio, el Vancouver Sun publicó un artículo sobre ella titulado: "Un ama de casa encuentra tiempo para escribir cuentos."

En 1963 la familia se trasladó a Victoria, en la isla de Vancouver, donde Jim Munro abrió una librería, Munro's Book Store, las celebraciones por cuyo quincuagésimo aniversario coincidieron con el anuncio del Nobel. Ahora sostiene que "ser un ama de casa" y no tener que preocuparse por un empleo ni por el ingreso fue lo que le hizo posible escribir. De todos modos, recuerda haber visto en un negocio La mística femenina, de Betty Friedan, que acababa de publicarse, y haber tenido miedo de leerlo porque era "sobre la renuncia, y yo estaba en un momento en que temía haber renunciado, ya que no había publicado nada. Fue entonces cuando caí en la depresión."

Esa sensación de asfixia se manifestaba en síntomas físicos: "No puedo respirar. No puedo respirar. Tengo que tomar un sedante", dice al evocar su desesperación en la calma de Bailey's. Durante unos dos años, "escribía parte de una frase y luego tenía que detenerme. Había perdido las esperanzas, la fe en mí misma. Tal vez era algo que tenía que experimentar. Supongo que era porque todavía quería hacer algo importante, importante a la manera de los hombres."

Por "importante" se refiere a escribir una novela. "Trataba una y otra vez de escribir una novela, pero nunca funcionaba. Después de que se publicaron mi segundo, tercer y cuarto libros, las editoriales seguían esperando que escribiera una novela. Yo sentía que estaba perdiendo el tiempo." La mañana que nos encontramos, dijo que acababa de leer una reseña de una novela corta en New Yorker y se preguntaba: "¿qué tan corta?" En un momento, dice su agente, Virginia Barber, que hace mucho que dejó de pedirle una novela, "sus relatos se extendieron tanto que casi lo logramos."

¿Aún lamenta no haber escrito una novela? "Sí, me apena no haber escrito muchas cosas, pero me alegra haber escrito todo lo escribí, ya que cuando era más joven hubo un momento en que existieron muchas probabilidades de que nunca escribiera nada. Estaba demasiado asustada."

En 1968, Munro publicó su primera recopilación, La danza de las sombras felices, que comprendía todos los relatos que había escrito en los anteriores quince años. (El cuento que da título al libro hizo llorar a Atwood porque "era muy bueno"). Un domingo por la tarde del año siguiente, Jim, que "sentía que en mi había algo bueno que se estaba desperdiciando", la envió a la librería a escribir con la promesa de que él prepararía la cena. "La verdad es que preparar la cena no era su punto fuerte –hacía buenas albóndigas, pero era lo único que sabía cocinar-, aunque de todos modos lo hizo y yo bajé a la librería. Al principio me resultó muy difícil, porque estaba rodeada de todos esos libros. Los libros la disuaden a una de escribir, pero logré ignorarlo." El resultado fue La vida de las mujeres, que suele calificarse de su única novela pero que ella describe como "sólo una serie de relatos vinculados."

Atribuye el fin de su bloqueo al descubrimiento de Edna O'Brien y William Maxwell, quien le dio permiso para escribir "sobre la familia y sobre la propia historia, y para hacerlo una y otra vez, sin importar lo que la gente diga, y aprender cada vez más sobre eso. Una vez dijo que había obtenido todo el material que necesitaba a los ocho años de edad, porque en ese momento murió su madre."

En O'Brien reconoció "el dolor del amor" con su madre, así como una comunidad igualmente sofocante en la Irlanda católica: "algo relacionado con la vida de los márgenes del imperio británico, donde se habla la lengua pero no se forma del todo parte de ese mundo. Inspirarse en O'Brien, dice, "es mucho más reconfortante que inspirarse en Cumbres borrascosas. Es el mundo real."

O'Brien también le dio valor para escribir sobre sexo. Todo el que conozca a Munro sólo por su reputación –madres infelices y solteronas de pueblo- se sorprendería al comprobar lo buena que es al escribir sobre el sexo. "Enamorarse, calentarse, engañar cónyuges y disfrutarlo, decir mentiras sexuales, hacer cosas vergonzosas por un deseo irresistible, hacer cálculos sexuales sobre la base de la desesperación social: pocos escritores han explorado esos procesos de forma más minuciosa e implacable", escribe Atwood. Al escribir sobre la sexualidad femenina, dice Munro, "se hace algo de lo que no se enorgullecerá a nadie. Cuando se escribe se siente la necesidad de ir lo más lejos posible. Una siente que está mal, a pesar de lo cual no lo lamenta."

Luego llegaron los años 70, y una generación más joven derrumbó de la noche a la mañana las normas contra las que se habían rebelado adolescentes de posguerra como O'Brien y Munro. Pero eso no significó que las mujeres que se habían convertido en buenas amas de casa de los años 50 cuando tenían apenas veintitantos años no se sintieran inquietas. "A los treinta y tantos años, aún éramos jóvenes, y sentíamos que la vida no había terminado. Fue una verdadera revolución, tanto para los hombres como para las mujeres. La gente empezó a tener aventuras y a pensar que la vida podía ser mucho mejor, o diferente." En 1973, el matrimonio de Munro fue una de las tantas víctimas de la nueva actitud. "Era lo que había que hacer", dice como si tal cosa.

Tenía algo de dinero en el banco y un tercer libro a punto de publicarse, pero por primera vez en su vida tenía que pensar en ganar dinero, por lo que aceptó un trabajo como docente de escritura creativa en la Universidad de York en Toronto. Sólo duró hasta Navidad, porque "no era nada buena en eso. No lo soportaba." La docencia podrá haber sido un desastre, pero el traslado al sur de Ontario fue un momento decisivo para Munro, tanto en el plano personal como en el profesional. En un giro narrativo que parecía salido de uno de sus relatos, se encontró con Gerry Fremlin, que había sido editor de la revista estudiantil cuando Munro iba a la universidad y era la primera persona a la que ella le había enviado su trabajo. Fremlin le escribió como admirador, pero a ella le resultó decepcionante que él sólo admirara su escritura. Se encontraron en Ontario y "tres martinis después", cuenta, ya estaban juntos.

Al final de La vida de las mujeres hay un pasaje muy citado y, en retrospectiva, profético: "La vida de la gente, en Jubilee como en otros lugares, era aburrida, simple, asombrosa, insondable: profundas cuevas tapizadas con linóleo de cocina. No se me ocurrió que un día sentiría tantas ansias de Jubilee." Más de veinte años después de su escape de Wingham, volvió a Clinton, a 30 kilómetros de esas "profundas cuevas tapizadas con linóleo de cocina" de su infancia, esta vez a vivir con Gerry en la casa donde éste había nacido porque su madre estaba enferma.

A partir de ese momento, "volcó su vida en sus relatos", dice Gibson, con la que firmó contrató en 1976 y que ha sido su agente desde entonces. "Cuando volvió, descubrió que ese era su mundo, y el mundo que iba a informar su escritura durante el resto de su vida."

"Amo este paisaje", me dice. Gerry, que es geógrafo, la ha ayudado a apreciarlo de nuevas maneras. "Empecé a recordar más cosas que habían pasado aquí y creo que comencé a escribir relatos más rigurosos." Sus historias se hicieron menos personales; su prosa, más simple, mientras que la narrativa se volvió más extensa y compleja. Virginia "Ginger" Barber se convirtió en su agente internacional a fines de los años 70 y empezó a vender sus relatos a la New Yorker. Los primeros que publicó la revista fueron "The Beggar Maid" y "Royal Beatings". Su presencia es ahora tan habitual que un par de críticos se han referido a sus relatos de forma algo irónica como "relatos breves de clásico estilo New Yorker", populares, en opinión de uno de ellos, entre los lectores urbanos "que se preguntan cómo era la vida en el campo." Con los años, Barber observó que sus temas se fueron ampliando. "No hay tanto énfasis en la relación madre-hija, aparecen el amor romántico y sus complicaciones, así como los hijos. A medida que su vida cambiaba, también lo hacían sus cuentos. No eran necesariamente autobiográficos, sino que reflejaban las circunstancias." Cada tres o cuatro años aparecen recopilaciones, que ya suman catorce.

Barber también fue responsable de la publicación de Munro en Gran Bretaña. A Carmen Callil le entusiasmó la idea de que Munro fuera uno de sus primeros contratos al incorporarse a Chatto procedente de Virago en 1982: "Ginger me dijo: 'Te tengo un regalo maravilloso, la mejor escritora que tengo', y era Alice Munro."

Cuando nos encontramos, Munro dice que le preocupa un relato que pronto se publicará en la revista Harper's porque piensa que el orden de los "segmentos" no es el correcto. "He estado pensando tanto en eso, que quiero escribir a Harper's y pedir que me lo devuelvan." Tiene un "estilo poco común que pasa por ir de A a M, luego de J a C y después hasta la Z. Como por arte de magia, luego todo se integra y adquiere un sentido perfecto", dice Gibson, que considera que su principal papel es el de "arrancarle cada relato para poder publicarlo." Munro ni siquiera tiene una habitación para ella, dice Gibson, y trabaja en un pequeño escritorio austero en un rincón de la sala principal ("Gerry suele preparar sándwiches más atrás"). "Hay un lugar maravilloso en la planta alta de la casa", observa su editora estadounidense, Ann Close, "desde el que puede ver el jardín y, más allá, vías de tren y el campo, y es ahí donde elabora mucho de sus relatos."

Ginger Barber nunca llama antes de las once de la mañana, ya que sabe que es la hora a la que escribe. Tiene una foto que atesora, que llegó por correo junto con uno de los manuscritos, en la que se ve a Munro sentada en el sofá en camisón, despeinada, escribiendo en un cuaderno que tiene apoyado en la falda. "El lápiz se desliza por la página." Escribe todo a mano, "tal como surge, y luego reordeno, reescribo y reescribo. Me puede llevar por lo menos seis meses. Hasta me puede llevar un año. Reescribo una y otra vez." Trabaja años en algunos relatos. Con frecuencia transcurren en el pasado, y muchos lo hacen en los años 60 y 70 porque "fue el momento más turbulento e interesante que viví en el plano personal." Cuando le pregunto si está siempre observando a la gente, preguntándose sobre su vida y su historia, me contesta con un firme no. "Siempre he tenido material suficiente. Tengo siempre material de sobra." Sin embargo, le preocupa no seguir el ritmo de la época, no en términos de "poblar" su trabajo de cosas modernas (un teléfono celular hizo su primera aparición en un reciente relato), sino de la forma en que habita sus personajes. "¿Cómo puedo seguir escribiendo si sé tan poco? Es muy poco lo que sé de la vida de la mayor parte de quienes tienen en la actualidad menos de treinta años. Tengo una idea de cómo es su vida en el plano sexual, pero tampoco una idea muy clara."

Tanto sus relatos como su conversación reflejan la preocupación por las limitaciones impuestas a las mujeres. "Mucha gente me pregunta por qué no he querido ampliar mi perspectiva. Me dicen: 'Es tan estrecha, todo transcurre en el lugar donde creció.' No dicen que es 'femenino' –nadie se atreve a decirlo-, sino que es... personal, y se considera que es algo que podría haber superado. Pienso que todo eso es basura, pero eso no impide que sienta... ¿por qué no lo hice?"

No pone excusas por el hecho de escribir sus relatos en los breves momentos de los que dispone una madre. Es su forma de escribir, si bien piensa que puede tener alguna relación con saber que siempre podrá terminar lo que empiece.

¿Por qué sus relatos son tan admirados?

"Tal vez escribo historias con las que la gente se identifica; tal vez sea por la complejidad y las vidas que presento. Espero que sean una buena lectura. Espero que movilicen a la gente. Cuando me gusta un relato es porque tiene un efecto" -se lleva un puño cerrado al corazón- "porque es un golpe directo al pecho." La descripción que hace del efecto de "La dama del perrito", de Chejov, describe a la perfección el suyo: el clima de la historia se nos mete en los huesos.

"Es algo maravilloso para mí y algo maravilloso para el cuento", dijo a la fundación Nobel luego de que se le otorgara el premio. "Suele minimizarse (el cuento) como algo que la gente hace antes de escribir una novela (...) Me gustaría que pasara a un primer plano sin ningún tipo de ataduras."

El domingo 21 de agosto de 2011 un tornado azotó Goderich y demolió varias de las viejas construcciones. Bailey's fue uno de los lugares más afectados. "Un caso de desaprobación divina", bromeó Munro. Un accidente extraño, una tragedia personal; todo podría salir de las páginas de un relato de Munro, entre otras cosas la estructura, así como la vergonzosa demora entre mi entrevista y su publicación. "Me gustan los hiatos; en todos mis cuentos hay hiatos", ha dicho Munro. "Parece ser la forma en que se presentan las vidas de la gente."

Traducción de Joaquín Ibarburu

 

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