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La narrativa de Palacio es formalmente vanguardista porque pone en juego una serie de procedimientos (argumentales, tipográficos, estructurales, enunciativos/discursivos, léxicos, etc.) que rompen con las convenciones literarias de la época, no solamente en el ámbito ecuatoriano, sino en el marco general de la lengua castellana. En este sentido, Palacio tiene un epígono en el chileno Juan Emar, cuyos textos narrativos están montados con similar grado de innovación en cuanto a la estructura del discurso, la disposición en el espacio de la página, el cuestionamiento de las fórmulas hegemónicas en la narrativa, la exploración de un imaginario liberado de convenciones y ataduras, cierta influencia del surrealismo, la inclusión de tipologías habitualmente marginales para la literatura canónica... Adriana Castillo de Berchenko plantea en los siguientes términos este trabajo experimental: “Lugar de experimentación, la página es espacio virtual, territorio de pruebas para una escritura nerviosa, incisiva, que avanza ‘riscosa’ y caprichosa en un movimiento de expansión como buscando o tanteando las sendas de su realización”.

El libro de Pablo Palacio del que nos ocupamos por su reciente edición en España a cargo de la editorial Veintisieteletras, titulado Un hombre muerto a puntapiés y editado originalmente en el año 1927, cuando el autor tenía veintiún años de edad, es un compendio de las preocupaciones esenciales del autor, que después de publicar sus dos novelas breves (1927 y 1932) acabaría sus días internado en un psiquiátrico. La crítica ha querido ver en esta circunstancia la explicación de las anomalías que introduce su narrativa en las convenciones del género, pero esa forma de proceder no solamente no explica la naturaleza de su escritura, sino que angosta la posibilidad de una interpretación cabal de la misma. La prosa de Pablo Palacio denuncia la esquizofrenia moral de la sociedad ecuatoriana de su tiempo, pero no es un reflejo de esa esquizofrenia: muy al contrario, su capacidad para parodiar estos “desequilibrios” es producto de una mente lúcida dispuesta a arriesgar formalmente. El riesgo y la experimentación de su escritura encuentran un cauce nuevo para la expresión literaria.

“Después de leer los relatos de Pablo Palacio –escribe Francisco José López Alfonso en ‘El nihilismo en los cuentos de Un hombre muerto a puntapiés’-, resulta difícil renunciar a la ficción de un hombre que se pone a andar, presuroso, de un rincón a otro, que se detiene repentinamente como si fuera a decir algo importante; pero, tal vez creyendo que no va a escucharle o comprenderle, agita la cabeza y sigue andando. Sin embargo, el ansia de hablar se impone pronto a las demás consideraciones y da rienda suelta a la lengua. Su discurso es desordenado, febril, semejante al delirio, entrecortado y no siempre comprensible. Habla de la vileza humana, de la violencia que pisotea la razón y los sentimientos, de la perpetua soledad, de la presencia del dolor. Es en última instancia la representación de un popurrí de males que, aunque viejos, no han caducado todavía. No es extraño, entonces, que en la breve nota que abre una de las ediciones anteriormente de las llamadas Obras completas (Bogotá, Oveja Negra, 1986) sea presentado con esta lapidaria oración: «Nació en Loja en 1906 y murió loco en 1947»; por no mencionar otros textos más extensos y menos anónimos. Lo perverso de esta ficción crítica radica en el desplazamiento del diagnóstico hecho por Palacio del individuo y su época al mismo Palacio; es decir, en la silenciosa desautorización del discurso para devolverle al mundo su aparente sosiego”.

Esta misma situación denuncia Noé Jitrik en su ensayo “Extrema vanguardia: Pablo Palacio todavía inquietante”: “Válido y valioso como vanguardista o surrealista, sabemos que fue leído por mucho tiempo como demente y, en virtud de ello, soslayado, solapado, puesto en un paréntesis en el que la crítica busca salvarse, sin redimirse, de su propio desorden, y proyectado condenatoriamente en el presunto desorden de un texto”.

En cuanto a la representación de personajes marginales y naturalmente incómodos para el orden establecido (monstruos, anormales y expulsados...), la obra de Palacio es un compendio de rarezas que obligan al lector a tomar un papel activo en su relación con el texto, y es esta actitud a la que fuerza su literatura la que convierte su obra en radicalmente contemporánea. El funcionamiento de estas figuras en sus representaciones es el siguiente, según leemos en el ensayo “Pablo Palacio y las formas breves: poemas y cuentos”, de Castillo de Berchenko:

“Diferente, individuo concebido por el artista en su más estricta singularidad, el héroe monstruoso es personaje privilegiado en las historias de Pablo Palacio. Anómalo y extraño, el monstruo existe, sin embargo, en relación directa con el medio de donde proviene. Su origen, en este sentido, no es ni misterioso ni inexplicable, sino perfectamente reconocible según un tiempo y un espacio dados. El héroe palaciano es, en otras palabras, emanación, producto directo del grupo social y del mundo que lo engendran”.

“Criaturas singulares, desde luego, los monstruosos lo son; sin embargo, aunque fuera de la normalidad, cada uno de ellos se erige textualmente dotado de plena humanidad, por cuanto, en la concepción ética y estética que del personaje tiene el narrador, él es, en rigor, una existencia auténtica e inalienable, integral. Y es precisamente esta condición intrínseca la que determina no sólo su individualidad sino además su ser víctima, a la vez, de su diferencia y de la sanción de la colectividad. En este orden, es en buena parte de los cuentos que integran Un hombre muerto a puntapiés donde Pablo Palacio despliega su estética de lo horrible a través de una galería variopinta de héroes monstruosos de patética humanidad y víctimas del escarnio del que la mirada ajena les hace objeto”.

“El homosexual, el antropófago, el brujo, los embrujados, el enfermo, el deforme son algunos de los personajes anómalos privilegiados por Palacio. Cada uno de ellos se configura como tal de manera manifiesta, sin tapujos ni enmascaramientos. Sin embargo, el trabajo de composición que el narrador consagra a sus criaturas no es siempre el mismo. Hay, en efecto, todo un grupo de matices y variantes que modulan el tratamiento de la monstruosidad en estas historias. Así entonces, si para el homosexual y el antropófago el escritor escoge como modalidad expresiva la enunciación del «caso» social y clínico, para brujo y embrujados prefiere, por el contrario, el prisma de lo maravilloso colindante con lo fantástico. En cambio, para enfermo y deforme, la focalización interiorizada y la valoración de lo íntimo como reflejo de una conciencia atormentada resultan relevantes. Dicho de otro modo, hay todo un trabajo de profundización y de pulimento de parte del artista en el tratamiento de su personaje-faro. Desde «Un hombre muerto a puntapiés» pasando por «El antropófago» y las «Brujerías. La primera» y «Brujerías. La segunda» hasta llegar a «Luz lateral» y «La doble y única mujer», la figura del monstruo se dibuja y consolida progresivamente avanzando desde la exterioridad más distanciada a la interioridad más íntima hasta acceder, por último, a la condición de icono representativo de la deformidad, la inarmonía y el caos, pero dotado de la más profunda humanidad”.

Libro altamente recomendable para lectores exigentes, Un hombre muerto a puntapiés es una excelente oportunidad para entrar en la obra de Pablo Palacio, todo un universo del cual el lector no tiene más remedio que salir transformado.



Ficha:

Un hombre muerto a puntapiés
Pablo Palacio
Introducción de Christopher Domínguez Michael

Edición de Yanko Molina Rueda

Editorial Veintisieteletras
Madrid, 2010

 

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