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Por Antonio Ortega

 

    Quizás sea en sus últimos libros publicados donde Francisco Pino, como señala Juan Carlos Suñén, “ha sabido poner en juego, una vez más, la gigantesca piedad que caracteriza su visión del mundo, la maestría que adquirió desde muy pronto, pero que en los últimos años ha ido encontrando formulaciones cada vez más económicas y precisas”, y sobre todo “cuya pertinencia es consecuencia de un sentido de la totalidad que pocos, muy pocos libros de poemas, son capaces de alcanzar”.
    Tejas: lugar de Dios. Poema y Tejas: lugar de Dios. Obertura, son dos libros complementarios y paralelos, haz y envés de un mismo impulso creativo. De un lado asistimos al uso del lenguaje lineal del verso, el de las palabras con que nos provee el diccionario, junto con el lenguaje del poema visual, el de sus libros experimentales, ese que procede del vacío, del silencio que persigue una poética sin palabras, ese algo más que las palabras no dicen y que es posible modular con formas y colores, que restituye otra sensación de realidad. Por otro lado, asistimos a la vida iluminada por la muerte, a su esperanza, al atractivo del deseo, sentimientos representados por imágenes de las que surgen la totalidad, la materia del mundo y el vacío, la vida que se manifiesta y brota. El “rompimiento” de la cercanía de la muerte, no supone para Pino un final sino una libertad esperanzada. La diferencia entre estos dos modos de aproximación poética, no es otra que la que hay entre el agua y su liquidez, ambos no se pueden confundir ni identificar, pero al igual que la liquidez es una propiedad del agua, el deseo y la esperanza lo son del amor y de la vida, sin las cuales no existiría. Dice Germán Arciniegas en “El lenguaje de las tejas” -texto incluido en su libro América Ladina (México, Fondo de Cultura Económica, 1993; compilado por Juan Gustavo Cobo Borda)-, que la personalidad de las construcciones y edificaciones españolas está en las tejas: “La teja, para el español, marca la línea divisoria entre lo humano y lo divino, la frontera hasta donde llegan, de un lado sus afanes y desvelos, y del otro la trémula marea del infinito con sus ondas de un azul transparente; para hablar de lo terreno y mundano, dice: de tejas para abajo; y para referirse al orden sobrenatural: de tejas para arriba”. Ahí, en ese espacio, hacen nido los pájaros, encierran la clave futura de su destino entre el barro que el tiempo puebla de azules ruedas de líquenes. Sólo hay otro espacio donde ese carácter logra mayor precisión: en el discurrir de la letra y la escritura, en la perseguida sintaxis del poema. El propio poeta lo ha dicho con claridad: “La poesía es eso, persecución, deseo”, y en ese discurrir se asienta.
    Francisco Pino hace surgir de esa intensa circulación simbólica, casi bíblica, el deseo de salvación y de esperanza que, ya lo hemos dicho, como haz y envés de la alegría, definen el vuelo de estos dos libros, unidos por un único y vibrante tono. Tejas: lugar de Dios. Poema nace desde la contracción, desde la asimilación plástica de otros lenguajes, de su fusión, de la comunión con la totalidad, y forma parte de esa vertiente experimental libre y nueva que caracteriza, como secreto catalizador de su naturaleza poética, la obra entera de Pino. Quizás sea este su libro experimental más completo, luminoso y certero, mezcla de inocencia, perspicacia y conocimiento, pues incluye también el lenguaje lineal del verso tradicional. Lejos de una lectura ingenua, este libro se concibe desde la totalidad de la expresión poética, como un “poema total, cierto”, pues la poesía visual nace también de la palabra, y por eso junto a la modulación lineal y gráfica del lenguaje, aparece ese otro lenguaje del vacío, el agujero y el color; el vacío de Dios es también el vacío de la vida, y el poema asume ese riesgo vital cuando afirma que “El peligro es la gloria del verso y Dios su lápiz/ pluma/ embudo”. Es la admiración y la esperanza ante el paso del tiempo, la exactitud de una vida proyectada ante la muerte: el reloj de arena troquelado en la página representa ese tiempo, la aceptación gozosa de la claridad que trasciende el ocaso, el Dios trino, una vida trascendente representada por el vuelo y el canto de los pájaros. En el camino esperanzado hacia el azul alegre y jubiloso de la pascua, el poeta reposa tumbado tras el hueco horizontal de la página, toma conciencia de su existencia, de un destino vital y poético proyectado en un “lugar ninguno”, pleno de belleza, conocimiento y transparencia, acto puro de creación.
Tejas: lugar de Dios. Obertura es, sin embargo, la dilatación del predominio verbal, un despliegue de plumas escribiendo sus versos, una alegría derramada, la felicidad total de las tejas, un movimiento que va de los márgenes al centro, y es allí mismo donde se alza el verso jubiloso y exclamativo: “¡Teja: lugar de Dios!/ ¡Gorrión: lugar de Dios!/ ¡Y Dios: lugar!”.     Gorriones, tejas y tejares; trinos, tejas y Dios, son los pilares de un poema trinitario y jubiloso, cuyos protagonistas son los pájaros. El vuelo predispone a los pájaros, les hace símbolo de las relaciones entre el cielo y la tierra, sinónimo de presagio, ejemplo de ligereza, de liberación de la pesadez de lo mortal y lo terreno. El lenguaje de Pino intuye aquí, sin duda, una especie de pureza primordial, esa misma que Saint-John Perse afirmaba cuando escribió que “Las aves conservan, entre nosotros, algo del canto de la creación”. San Juan de la Cruz los ve como el símbolo de las operaciones de la imaginación, ligeros e inestables, volando de aquí para allá, sin método y sin consecuencia, distraídos. El lenguaje de los pájaros es en este libro, no sólo un intermediario, sino el vuelo tutelar de la personalidad del poeta, el hilo del poema a través del cual se ofrece la luz. En los sueños, las aves y los pájaros son símbolo de la personalidad del soñador, y precisamente de un sueño consciente, poéticamente consciente, surge la cuidada urdimbre de El pájaro enjaulado, un solo poema compuesto de pequeños fragmentos, casi mínimos (“Breve bebe el pájaro”), con cada uno de los cuales avanzamos, presos del canto, en la experiencia total de la lectura. De nuevo un pájaro es la razón poética de un libro de exquisitez deseosa, donde lo verbal y lo gráfico, lo visual y lo sonoro, dan cuenta de un canto repetido. Ahora el alero o las tejas no son su espacio, sino los límites de una jaula, pero desde esas rejas su canto corta la letra del poema asiendo la honda humanidad del más acá frente al abandono del tiempo volador.
    Así este Poema en treinta y dos cantos y una poetura del lorito en su jaula: el pájaro ahí, enjaulado, infeliz y preso, que si no vuela, “canta, canta, canta, canta”. De tejas arriba y de tejas abajo, en ese punto medio y limitado, sigue fiel a la distracción de su canto: “El verbo va a por agua. Se conjuga”. Y de esa conjugación surge el poema, feliz en el canto, que es hilo y eco de su voz, signo revelado, fantasía salvadora. El pájaro y el poema son el canto breve que proyecta esa esperanza. Se abandona entonces la viva sintaxis admirativa que exclama, canto tras canto, la infelicidad del vuelo raptado porque, finalmente, su trino es la vida y el paraíso, y allí permanece “feliz el pájaro en la jaula”. Así la escritura sueña que canta, y no es más que lo que es: “Cataratas de dulcedumbre”, fulgor transformado, creación, presagio de totalidad. El poeta como el lorito en su jaula, sólo puede repetir y repetir el eco de su voz. Fruto de ese presagio, “a la tierra desciende otro lenguaje”, como ya anunciara en Versos religiosos (1954), y surge así de nuevo el signo revelado y el sentido de la escritura transformada de su, hasta ahora, último y también jubiloso libro, Claro decir, donde Francisco Pino aparece más sujeto y enredado que nunca en las cercanas lejanías de la muerte. Una vejez consciente en su fragilidad, y que aún siendo memoria no es recuento ni nostalgia, sino reflexión sobre el tiempo y sobre el hecho mismo de la muerte hasta el punto de declarar al lector su única y verdadera tumba: “¡Oh mi lector, mi lírico sepulcro!/ ¡Árbol de vida!”. Al leer, entre otros muchos espléndidos, un poema como “Madrigal Fin”, somos conscientes de que el poeta siente que ha llegado al tramo final de su vida, pero contradictorio siempre y adversario de sí mismo, vuelve a reclamar del lector, en su declaración final, su fusión con la escritura: “¡te moriré! ¿me vivirás?”. Un tiempo absoluto, donde cogidos de la mano, niñez y vejez van en busca de su encuentro: “Vuélvete a ti; di sí a la brisa,/ juégate a oros los egos,/ envejécete, envejécete”.
    Cierra el libro un poema mayor, el oficiante “Himno a la vejez”, donde se vela y se celebra esa vejez que es infancia, niñez y juventud, y que al tiempo que cierra una puerta, la abre “como pétalos que caen en donde no hay”, allí donde se vuelve a empezar. A los lectores se les da entrada en el poema como acompañantes que contestan tras cada verso, para que de ese modo participativo encuentren lo que entonces hay, e impelidos por el propio poema, exclamen con exultante decisión un “¡qué florezca!” en la admiración de ese decir y de su canto. Una vejez en flor, esperanzada y disfrutada, invitadora en su verdad vital. Es este también un libro trinitario y de reafirmación poética a través de las tres partes en que se desarrolla (“Decir”, “Nuevo decir” y “Último decir”), capaces de integrar en ellas el paisaje real y actual en el que vive el poeta, y en el que sale al paso de todo lo que le rodea y le es dado, y donde todo encuentra acomodo en una poesía que es testimonio del mundo, manifestación de la verdad de la existencia, que abre sus ojos a las limitaciones. Cercana la muerte y su último decir, Pino sigue cautivo de su canto, rendido al peso de la vida que urde los hilos de un poema adversario de sí mismo, despierto a su gravedad y a sus limitaciones, al amor ido, presente y recuperado. Se nace para morir, y a pesar de todo, consciente de lo efímero, permanecen “Igual en la gana,/ vejez y niñez./ Se canta el hosanna”. Poesía dentro de la vida, pues como el propio Pino señala siguiendo a César Vallejo, es una poesía que “permanece en sus aúnes”, en su esperanza, capaz de jugarse a oros los egos, entre el decir y el no decir, escribiendo y repitiendo lo ya dicho y escrito, siendo su propio eco. Un tiempo de antaños y de entrañas, de estruendos y murmullos, que no dice adiós a nada. Francisco Pino hace suya la libertad de lo fugaz, una fugacidad que es todo para el poeta, la razón de ser, la dicha, la salvación del “hosanna”, que no es sino exclamación de júbilo, himno y canto entre los ramos. Una lucidez que pide un lector admirado, pues él es su final y su lección, su verdad única de vida, su claridad. Es el propio poeta el que, al hablar de este libro, lo ha dejado felizmente expresado: “Es esa luz, la de la claridad del verso, la que puede hacerte ver con la ventana cerrada, la que te haría ver aunque estuvieras ciego”. El poema es entonces la única salida, es la gracia y la altura de su vuelo. Un vuelo celebrado.



Ficha:

 

Tejas: lugar de Dios. Poema
Francisco Pino
Azul. Valladolid, 2000
75 páginas

 

Tejas: lugar de Dios. Obertura
Francisco Pino
Fundación César Manrique. Teguise, Lanzarote, 2000
57 páginas

 

El pájaro enjaulado. Poema en treinta y dos cantos y una poetura del lorito en su jaula
Francisco Pino
Azul. Valladolid, 2002
80 páginas

 

Claro decir
Francisco Pino
Lumen. Barcelona, 2002
122 páginas

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