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Por Ivanna Soto

Un viaje desde su nacimiento en 1930 en El Biar, un suburbio de Argel, cuando era “Jackie” o le Négus (el negro), su expulsión de la escuela a los 12 años como parte de las medidas antisemitas en Argelia, que será “uno de los terremotos” de su existencia, sus lecturas. Luego su conversión en “Derrida”, un filósofo respetable de la época tras la publicación de su primer libro, la riqueza del concepto de deconstrucción y su influencia, sus inseguridades, su amistad con Jean-Luc Nancy y Paul de Man, y sus polémicas con otros colegas. Hasta llegar a “Jacques Derrida”, más reconciliado con las partes subjetivas de su personalidad: su judeidad y argelianidad, la fundación del Colegio Internacional de Filosofía, que le permitió un ejercicio más libre de la docencia y su temor a la muerte. Todo, sin las exclusiones que suelen mediar los trabajos académicos: su infancia, su familia, el amor, su vida material: sin fronteras entre la vida pública y la privada.

-¿La decisión de hacer una biografía sobre Derrida tiene que ver con la profunda conexión que hay entre su vida y su obra y su concepción acerca de que lo biográfico no debe ser excluido?

-En primer lugar, decidí hacer una biografía sobre Derrida porque fue una persona a la que aprecié mucho. Lo leo desde mi primera juventud y también he tenido la suerte de frecuentarlo. En sus últimos días, seguí de cerca la evolución de su enfermedad y su muerte prematura, lo que me causó mucha tristeza. Dos años después me enteré de que lo principal de sus archivos iba a estar en Normandía a disposición de los investigadores y me embarqué en este trabajo. Pero una biografía no es un tratado de filosofía ni una introducción a su filosofía. Es, como usted decía, un entrecruzamiento entre varios elementos: el individuo, la época que le tocó vivir y la génesis de su pensamiento y su propia obra. Además de todos los sobresaltos de la recepción de su obra y los altibajos de las controversias generadas. Y eso va formando la materia de una verdadera biografía donde la vida y la obra se entrecruzan sin cesar. Había que ser un poco ingenuo para lanzarse en un proyecto de tal envergadura.

-¿Qué fue lo que le resultó más difícil?

-Como él murió bastante joven, la mayor parte de los grandes testigos de su vida le sobrevivieron: su hermano mayor, su hermana menor, una de sus primas, compañeros de estudios, filósofos con los que estuvo en diálogo desde sus comienzos, ex alumnos, gente que se opuso a él y su pensamiento. Y no sólo en Francia sino en distintas partes del mundo. La dificultad consistía en identificar a aquellos testigos que realmente habían tenido un peso en su vida. Y generalmente resultó que eran los que había conocido siendo joven, cuando todavía su pensamiento no estaba completamente conformado. También, una dificultad extra fue la de entrar en confianza con cada uno de ellos. Entonces, a partir de todos esos datos que reuní durante dos años y medio, traté de producir un relato coherente y fluido, lo que implicaba no contar todo, no ser totalmente cronológico, pero sí tratar de ver cuáles eran las líneas de fuerza que se iban desplegando de esa vida y los elementos que tenían más sentido para él. Y también necesitaba planos de fondo: por ejemplo, la guerra de Argelia, que tuvo un enorme peso en su vida. Y todo eso constituye juegos bastante complejos que permiten al lector ir entrando por distintos ángulos. Por cierto, es el libro más difícil que escribí jamás, pero constituyó para mí una aventura apasionante.

-En el libro afirma que una biografía sobre Derrida no debería ser derrideana. ¿A qué se refiere?

-Claro. Escribí una biografía de Derrida y no a la manera de Derrida. Hubiera sido inmodesto y posiblemente inútil para el lector. Para hacer de Derrida bastaba con él, lo hacía mucho mejor que todos nosotros y además, él iba evolucionando con el tiempo. Era como Picasso: iba inventando a medida que transcurría el tiempo sus propios mecanismos y técnicas, mientras los otros iban corriendo detrás de él para imitar el modelo precedente.

-¿Esta biografía está destinada a lectores de la obra filosófica de Derrida o no necesariamente?

-No necesariamente. Yo creo que este libro puede servir para que un lector no esté intimidado por la obra de Derrida y que pueda hallar puntos de encuentro con sus propias preocupaciones. El lector descubrirá que el pensamiento de Derrida no es algo que está despegado del mundo ni desligado de los grandes acontecimientos de la historia del siglo XX y tampoco de los grandes pensadores o familias de pensamiento que coexistieron con él. Yo me interesé mucho por los vínculos positivos, ambiguos, negativos, con ciertos pensadores de su tiempo, que fue una época particularmente brillante: Deleuze, Lacan, Foucault, Barthes, Ricoeur… pensadores con grandes rivalidades y emulación.

-Él era muy consciente de los alcances de su obra, ¿no es así?

-A medida que pasaba el tiempo sí. Tenía un mapa mental de los países en los que era reconocido, en los que no y en los que todavía no sabían de él. En ese sentido, lo comparo con San Pablo, el apóstol, que como el mismo Derrida, viajó por casi todo el mundo para formar discípulos e instalar ideas. Derrida tuvo la capacidad de identificar aliados en distintas universidades y si percibía que sus ideas eran malinterpretadas o las traducciones habían generado contrasentido, sus viajes tomaban el sentido de reencuadrar sus teorías. Del mismo modo que San Pablo podía escribir cartas a los corintos o a los romanos para recordar puntos doctrinarios esenciales. No quiero decir con esto que la doctrina derrideana sea tan dogmática como la de San Pablo, pero es cierto que sus viajes no buscaban simplemente acrecentar su notoriedad. Sin embargo, Derrida es muy diferente de Lacan, que apuntó a formar exclusivamente gente autorizada a ser lacaniana. En Derrida, la pertenencia a la movida de la deconstrucción es mucho más flexible, pero siempre hay una dimensión estratégica en los viajes, las conferencias y sus comportamientos mismos. Respecto de esto, me llamó mucho la atención una formula de Jean-Luc Nancy, que le dijo que le daba la impresión de que era una especie de general prusiano. Y creo que ahí había observado una dimensión.

-¿Considera que el libro está terminado?

-Una biografía nunca está terminada y nunca es definitiva. Pero es cierto que llevé esta investigación hasta donde quise llevarla. Lo que ocurre también es que yo empecé a escribir tres años después de la muerte de Derrida. Y para ciertos testigos, había cosas todavía muy recientes y les resultaba doloroso hablar de eso, o bien algunas cosas eran demasiado urticantes, sobre todo en el plano amoroso. Si alguien escribe otra biografía sobre Derrida de aquí a quince años, seguramente podrá permitirse otro tratamiento de los temas. Pero creo que incluso en ese caso no van a salir a la luz franjas enteras de su vida.




Lea la crítica del libro escrita por Terry Eagleton.

 

 

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