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Por Julia Kristeva

1. No soy ni jurista ni especialista en el abolicionismo. Nunca asistí a una ejecución y ninguno de mis allegados fue víctima de asesinatos, de abusos sexuales, de torturas o violencias degradantes. No voy a leerles los informes médicos detallando los suplicios de la guillotina, que el propio Camus transcribía para comunicarnos su repulsión. Tampoco he sentido esa empatía romántica que mueve a Hugo, quien compara su dolor de exiliado con el del proscripto. Estimo que los dolores son inconmensurables, más bien incomunicables, y que la pulsión de muerte que nos habita nos amenaza a todos...en singular.

Oigo a mis analizantes cuando me confían los sufrimientos que soportaron entre las manos de los verdugos en las cárceles de América Latina, o su inconsolable dolor después de la exterminación de sus padres en los campos de concentración. Comparto su desazón, y no me aventuraré a decir que el mal no tiene una razón, como lo afirma el místico de la rosa. Pues busco para ellos, con ellos: ¿para qué? Para que vuelva el sentido, pues el sentido nos hace recobrar vida.

Abolir la pena de muerte: ¿qué promesa, qué proyecto tenemos? Y ¿cuál es, por lo tanto, su sentido?

Abolir la pena de muerte significa que planteamos como fundamento del humanismo del siglo XXI lo que Víctor Hugo llamó ya hace más de ciento cincuenta años (en 1854): “la inviolabilidad de la vida humana”.

Pese al temor que les inspira desde siempre, los hombres dan la muerte, para salvaguardar mejor la vida, e intentan salvar el bien infligiendo el mal supremo. Por primera vez en la historia nos damos cuenta, sin embargo, de que no basta con reemplazar los viejos valores por nuevos, pues éstos se fijan a su vez en dogmas e impasses, potencialmente arbitrarios. Y que la vida no es un “valor” como cualquier otro ni EL valor. Más aún, desde hace dos siglos, y particularmente hoy, ya no es sólo una interrogación: ¿qué es una vida?, ¿tiene algún sentido? En ese caso, ¿cuál? La vida es ahora una exigencia: hay que preservarla, e impedir su destrucción –pues la destrucción de la vida es el mal radical. En tanto todo parece derrumbarse y las guerras, la amenaza de desastre ecológico, el desbocamiento de las finanzas virtuales y la sociedad de consumo, nos hacen tomar constantemente conciencia de nuestra fragilidad y nuestra vanidad, la inviolabilidad humana es lo que nos invita a pensar el sentido de nuestra existencia: es la piedra angular del humanismo.

¿De qué VIDA hablamos? El abolicionista responde: TODA VIDA, cualquiera que sea, hasta “asumir la vida de los que causan horror” –los dementes, los criminales- proclamaba Robert Badinter al depositar ante el Parlamento francés en 1981 un Proyecto de Ley para la abolición de la pena de muerte. La humanidad actual ¿puede ponerse a prueba y probarse hasta qué punto “asumir la vida de los que causan horror”? Nosotros, los abolicionistas, decimos: sí. Aunque 141 países de los 192 miembros de la ONU ya abolieron la pena de muerte, 60% de la población humana vive en algún país donde todavía se aplica (está vigente en 4 de los países más poblados del planeta: China, India, Estados Unidos, Indonesia.)

Gracias a su herencia plural –griega, judía y cristiana- Europa optó por la secularización, operando en consecuencia una mutación emancipadora única en el mundo; su historia también estuvo, no obstante, marcada por su larguísimo cortejo de horrores –guerras, exterminaciones, colonialismo, totalitarismos. Esta filosofía y esta historia nos imponen una convicción política y moral según la cual ningún Estado, ningún poder, ningún hombre puede disponer de otro hombre ni tiene el derecho a quitarle la vida. Sea cual fuere el hombre o la mujer que condenemos, ninguna justicia debe ser una justicia que mata.

Bregar por la abolición de la pena de muerte en nombre del principio de la inviolabilidad de la vida no indica ni ingenuidad, ni un idealismo beato e irresponsable, tampoco se trata de olvidar a las víctimas y el dolor de sus allegados. NO. No creo ni en la perfección humana ni tampoco en la perfectibilidad absoluta, por la gracia de la compasión o la educación. Yo apuesto solamente a nuestra capacidad para conocer mejor las pasiones humanas, y acompañarlas hasta sus límites, pues la experiencia nos enseña que es imposible (impensable) responder al crimen con el crimen.

Repito: que le quiten la vida es el mayor miedo del humano y ese miedo funda el pacto social. Los tratados más antiguos de jurisprudencia que poseemos lo prueban. Tomemos el código babilonio de Hammurabi (1792-1750 antes de nuestra era) o la filosofía griega de Platón y Aristóteles, pero también en los romanos, y también los libros sagrados de los judíos y los cristianos: todas las sociedades apoyaron y procedieron a la muerte del criminal para defender, para proteger, para disuadir.

Se alzaron, no obstante, voces en contra del castigo capital: los abolicionistas actuales se unen a ellas y las escuchan para fundar su lucha. Así, ya Ezequiel: “Yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta de su conducta y viva” (Ez, 33:11); pero sobre todo San Pablo: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? La muerte ha sido devorada por la victoria” (de la Resurrección) (I Epístola a los Corintios). O, posteriormente, Maimónides: “Es más satisfactorio absolver a miles de culpables, que ejecutar a un solo inocente”.

Rara vez las religiones o los políticos se pronunciaron contra la pena capital: el budismo tibetano la prohibió en el siglo VII, y en 747, una primera abolición fue proclamada en China. Montesquieu la señalará, por otra parte, elogiando a los autores chinos según los cuales “cuanto más aumentaban los suplicios, más cerca estaba la revolución; es que se aumentaban los suplicios a medida que se carecía de conductas”. Acaso habría que recordarlo a las autoridades chinas; China suprimió la pena de muerte en 2011 por 13 crímenes no violentos, pero las ejecuciones continúan y se multiplican por corrupción. En cuanto al Islam, allí no se habla de cuestionar la pena de muerte.

En Francia, el movimiento abolicionista se inicia después de la tortura de Damiens, que había tratado de asesinar a Luis XV. Mientras Diderot preconiza la pena de muerte por su eficacia disuasiva, Voltaire es uno de los pocos que apoya la obra de Cesare Beccaria quien, ya en 1764, se interroga: “¿En virtud de qué derecho los hombres pueden permitirse matar a sus semejantes?” En el espíritu de la Ilustración y el humanismo libertario, el abolicionismo se desarrolla a lo largo de todo el siglo XIX –pienso en Clémenceau, Gambetta y las lúcidas palabras de Jean Jaurès, proclamando que la pena de muerte “es contraria al espíritu del cristianismo y también al espíritu de la República”. O, más cerca de nosotros, en Camus que constata que “sobre la pena capital sólo se escribe en voz baja” pues “el nuevo asesinato, lejos de reparar la ofensa causada al cuerpo social, agrega una nueva deshonra a la primera (...). “El juicio capital rompe la única solidaridad humana indispensable, la solidaridad contra la muerte”.


2. Los abolicionistas presentan tres argumentos principales contra la pena de muerte: la ineficacia de la venganza y de la disuasión; la falibilidad de la justicia; el dolor entrampado por la eliminación.

En primer lugar, nada prueba la eficacia de la pena de muerte contra la destructividad humana: no hay correlación entre el mantenimiento de la pena de muerte en una legislación y la curva de la criminalidad. Además, la perspectiva de la muerte, lejos de aniquilar la pasión criminal, por el contrario la exalta. Quien siembra el terror y lo trasciende por su propia muerte, no busca la expiación. La estigmatización de sus actos y su sacrificio, inclusive, no tienen en realidad otro fin que excitar a los mártires dispuestos a su vez a morir.

El miedo, lejos de ser disuasivo, se convierte en tentación, y alimenta por lo mismo el deseo de infligir la muerte infligiéndose la muerte. La pena de muerte como ley del talión resulta por ende igualmente eficaz como venganza que como disuasión.

El segundo argumento remite a lo que Víctor Hugo llama la “brevedad endeble de la justicia humana”: la lotería judicial, su falibilidad. ¿En nombre de qué, una institución, un hombre o una mujer se abrogan el derecho de pronunciar y hacer aplicar una condena mortal?

El tercer argumento sólo se dice murmurando, pues va dirigido al dolor de las víctimas y sus allegados. Muchos estiman que si bien el ajusticiamiento del criminal no venga su crimen ni disuade a quienes lo sucederán, suprime al menos a su autor. La pena de muerte como eliminación atenuaría por consiguiente lo insostenible, y apaciguaría.

¿La imagen del criminal en su tumba alivia realmente, empero, el dolor de los que perdieron a un ser querido, víctima de las peores atrocidades? Ese dolor en busca de apaciguamiento es tan inexpresable, tan imposible de compartir como legítimo y respetable: ¿quién se atrevería a ignorarlo? Nadie, y sobre todo, no aquellos y aquellas que, indignados por la muerte de víctimas inocentes, desean asimismo defender y proteger la vida en nombre de su inviolabilidad. Pues saben que la muerte como último y único recurso es un señuelo.

¿Cuándo dejaremos, efectivamente, de hacer de la tumba nuestra salvadora?

Despeguémonos pues del goce que provoca el acto vengador. La convicción de Víctor Hugo nos alertaba ya sobre esa religión de la muerte salvadora: “No abráis con vuestras propias manos una tumba en medio de nosotros”, escribe desde Guernesey. “Hombres que sabéis tan pocas cosas y no podéis nada, siempre estáis cara a cara con lo infinito y lo desconocido. Lo infinito y lo desconocido, es la tumba”. Yo entiendo: no esperar encontrar “lo desconocido y lo infinito” en el sacrificio de un condenado. Y agrego: no hay otro desconocido ni otro infinito que los de las pasiones humanas, cuya experiencia no cesamos de profundizar y cuyo conocimiento no cesamos de establecer.

Al abolir la pena de muerte, no estamos gritando victoria sobre la muerte, como quería Pablo de Tarso que llama a creer en la resurrección. Invitamos a conocer mejor y acompañar las pasiones, y entre éstas, la más terrible: la pulsión de muerte.

 

Pena de muerte

 

3. El psicoanálisis descubre que el Homo sapiens, que es a la vez Homo Religiosus y Homo Economicus, es un hombre Eroticus no sólo habitado por una pulsión de vida, sino también por una pulsión de muerte. La que Freud –como si presintiera la Shoah- exploró al final de su vida, y que la investigación contemporánea continúa dilucidando en la actualidad.

El ser humano es un ser fundamentalmente binario: digiere lo bueno y expulsa lo malo, oscilando entre el adentro y el afuera, placer y realidad, prohibición y transgresión, su yo y el otro, el cuerpo y el espíritu... El lenguaje mismo es binario (hecho de consonantes y vocales y otras formas duales que hicieron la felicidad del estructuralismo...). De esa manera, el niño accede a la diferencia entre el bien y el mal en el momento mismo en que aprende la lengua materna: el universo del sentido invita a distinguir el bien del mal, antes de afinar sus matices, de percibir sus polifonías, sus excesos, sus transgresiones, o de crear sus obras de arte.

Nuestros deseos revelan ser más o menos compatibles con los deseos ajenos. Nos arrastran hacia el otro, hasta el amor, pero un amor que conlleva la agresividad: te amo, yo tampoco, odio y culpabilidad: tal es la alquimia del verbo. Precisamente sobre esos intereses libidinales convergentes y divergentes, subtendidos por nuestras concepciones del bien y del mal, se construyen valores más elevados que entran entonces en competencia o en conflicto. Deseos y valores decretan las religiones, las filosofías, las ideologías que viven de ellas, se matan entre sí o intentan explicarse y entenderse.

A menudo, los “valores”, como suele decirse, capturan la destructividad. Ésta adquiere entonces la forma de una fascinación por el mal, un mal que debe buscarse en el otro: sólo queda entonces acosar al chivo emisario para exterminarlo sin remordimiento, en beneficio del Soberano Bien, mi propio Bien, mi religión. Esa es la lógica del fundamentalismo, que lleva a una guerra sin merced en nombre de un ideal absoluto erigido con quien está enfrente. Individual o colectivo, ese fundamentalismo se alimenta de una fe total y ciega que no sufre de ningún cuestionamiento. Como afirmaba anteriormente, la condena a muerte del fundamentalista, no elimina el fundamentalismo propiamente dicho, sino que, por el contrario, convierte a su agente en un mártir y exalta su lógica. Una lógica que tiene raíces económicas y sociales; pero también una nervadura psico-sexual, por la estructura misma de su pasión, y es inasible si no se la desmantela desde el interior.

Sólo se trata aquí, empero, de las capas superficiales del mal radical. Existe también una pulsión de muerte pura, disociada de todo deseo (diremos: desactivada del deseo). Esa pulsión de muerte barre con la distinción entre el bien y el mal, entre yo y el otro, elimina el sentido y la dignidad del otro y de sí mismo. La destructividad que acabo de señalar cede aquí a la desvinculación. Estos estados extremos de desvinculación casi total de la pulsión de muerte tocan los límites del Homo Sapiens como ser hablante y capaz de valores (empezando por el bien y el mal). La persona víctima de esta ausencia de vínculo se expresa en un lenguaje que no es más que simple mecánica, instrumento de destrucción, sin código ni comunicación: sin por qué, sin remordimiento, ni expiación ni redención.

Semejantes estados límite no se refugian únicamente en los hospitales o en los divanes, no hacen estragos únicamente en los asesinos en serie ni explotan brutalmente sólo en los caos de una adolescencia condenada a la indiferencia y la insensibilidad frente al extranjero que se debe suprimir. Los estados límite de la pulsión de muerte se desencadenan también en las crisis y catástrofes sociopolíticas. Estos estados, abyectos, pueden conducir hasta el extermino frío y planificado de otros seres humanos: fue lo que sucedió con la Shoah y otros genocidios.


4. Estoy oyendo su pregunta, cuya indignación comparto: ¿y los abolicionistas quieren, entonces, dispensar de la muerte a esos criminales?

Si llevé esta reflexión hasta la deshumanización, es sólo para demostrar mejor que el humanismo que reivindican los partidarios de una abolición de la pena de muerte es una apuesta contra el horror. El conocimiento de las pasiones humanas nos permite abordar esos estados límite y acompañarlos en un nivel clínico, aunque no nos haga todopoderosos ni capaces de anular esa patología cuando toda una sociedad la sufre. Pero después de Ezequiel, Pablo de Tarso y Maimónides, después de Beccaria, Voltaire, Hugo, Jaurès, Camus, Badinter y tantos otros, es evidente que un mejor conocimiento del espectro de las pasiones humanas es el único medio de descubrir y afrontar los múltiples rostros de este mal radical. Cuando la compasión y el perdón abdican, pues ya no tienen ningún poder sobre es mal, se vuelve no obstante posible sondarlo hasta en sus profundidades. ¿Cómo?

Sustituyendo la emoción horrorizada por un diagnóstico más preciso de los resortes complejos del mal radical. La vigilancia, el análisis objetivo, el cuidado y la educación no borran nada de la culpabilidad de los criminales: pero nos movilizan ya desde los primeros síntomas;

Reemplazando la pena de muerte por penas rigurosas de seguridad que impidan la recidiva

Y por último, organizando el acompañamiento indispensable de esas personas condenadas de derecho penal o criminales políticos, conduciéndolas lo más lejos posible en sus posibilidades de reestructuración, e intentado dilucidar mejor los resortes de la destructividad y la desvinculación generadora del crimen.

La filósofa y periodista política Hannah Arendt denunciaba el horror nazi como un mal radical sin precedente, sosteniendo no obstante que no es radical el mal, sino el bien. Pues el bien no es un contrario simétrico para el mal, reside en las capacidades infinitas del pensamiento humano para encontrar las causas y los medios de combatir el malestar y la malignidad del mal.


5. Quiero terminar en un tono personal.

Cuando era pequeña en Bulgaria, mi país natal, oía a mis padres evocar las penas de muerte que el régimen comunista había infligido en el parlamento anterior, pero también los procesos y las purgas estalinistas. Yo ya aprendía francés, cuando mi padre, hombre de fe, me explicaba que si bien el terror revolucionario había sido inevitable, tanto la lengua como la cultura francesa contenían también en su interior la luz. Ya estaba en Francia cuando fue internado para una operación benigna, y asesinado en un hospital búlgaro en 1989, unos meses antes de la caída del Muro de Berlín –en ese momento se hacían experimentos en personas de edad. La pena de muerte fue abolida en Bulgaria en 1998, aunque aún hoy 52% de las personas encuestadas en ese país dicen que están a favor de su aplicación.

No se trata de salvar la sociedad, que únicamente se perpetúa bloqueándose contra la infinita complejidad de las pasiones. Se trata de poner nuestros conocimientos sobre las pasiones al servicio de lo humano, para protegernos mejor de nosotros mismos. El nuevo humanismo debe estar en condiciones de defender el principio de la inviolabilidad de la vida humana y aplicarlo a todos, sin excepción; así como también a otras situaciones extremas de la experiencia vital: el eugenismo, la eutanasia... Lejos de mí la idea de idealizar al ser humano, o de negar el mal del que es capaz. Podemos, no obstante, curarlo y, al abolir la pena de muerte –que es un crimen, recordémoslo- luchamos contra la muerte y contra el crimen. En este sentido, la abolición de la pena de muerte es una rebelión lúcida, la única que vale contra la pulsión de muerte, y en definitiva contra la muerte: es la versión secularizada de la resurrección.

Ustedes sabrán, sin duda, que los italianos iluminan el Coliseo, memoria sangrienta de innumerables gladiadores y mártires cristianos ajusticiados, cada vez que un país deroga la pena de muerte o decreta una moratoria de ejecuciones.

Yo propongo que todas las noches que un país renuncie a la pena de muerte, su nombre se inscriba en una pantalla gigante instalada para esa circunstancia en la Place de la Concorde (antigua plaza de la Revolución) y el Hôtel de Ville (antigua Place de Grève), en recuerdo de Madame Roland, Madame du Barry, de Charlotte Corday, de las tejedoras, de la guillotina, de Fouquier-Tinville, de André Chénier... Ese gasto adicional ¿podría llegar a agravar el estado de nuestras finanzas? Los optimistas prevén que el mundo en su casi totalidad habrá abolido la pena de muerte para 2050. Nos toca a nosotros hacer que esa abolición obtenga la adhesión de la mayoría.


Traduccion de Cristina Sardoy

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