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Publica La Jornada

 

Por Xabier F. Coronado

 

Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos
cuyo ejercicio presupone un pasado que
los interlocutores comparten
J. L. Borges, El Aleph


La escritura es algo fundamental para relacionarnos y una de las bases de nuestra sociedad. La primitiva escritura surgió con los asentamientos humanos en núcleos de población que generaban necesidades comerciales y administrativas. Pero la escritura no sólo es importante para la organización de la sociedad, también lo es para cada individuo, pues se trata de un recurso que le otorga la libertad de registrar y trasmitir sus pensamientos. Esta facultad se hizo posible después de un largo y preciso desarrollo de las técnicas de escritura.

 

Algo de historia

 

Pensemos en la escritura jeroglífica, que figura los hechos que describe.
Y de ella, sin perder la esencia de la figuración, proviene la escritura alfabética.

l. Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus

 

    Se dice que la historia comienza con los registros escritos, todo el período anterior a la escritura es prehistoria. El Diccionario de la Real Academia Española define escritura (del latín scriptura) como, “acción y efecto de escribir” y “sistema de signos utilizado para escribir”. Menciona los tipos de escritura: alfabética, silábica, ideográfica o jeroglífica; y señala que escribir (del latín scriběre) significa, “representar las palabras o ideas con letras u otros signos trazados en papel o en otra superficie”.

    Para poder escribir fue necesario encontrar una base donde capturar la palabra hablada; escribir supuso materializar la voz al grabarla en arcilla o trazarla en un papiro. Se puede hacer una historia de la escritura a través de las superficies que se han utilizado para realizar el acto de escribir. Los soportes de origen orgánico –animal o vegetal–, e inorgánico –piedras o metales–, se han ido transformando hasta llegar al soporte digital. Toda una evolución que abarca del período neolítico a nuestros días, de la protoescritura, en huesos o caparazones, al libro virtual.

    La protoescritura es una grafía en ciernes realizada por humanos que intentaban simbolizar el lenguaje. En China, hace más de ocho mil años, fueron utilizados caparazones de tortuga como soporte de símbolos que son considerados previos a la escritura. Lo mismo sucede con las Tablas de Tartaria, datadas hace siete mil años en el este de Europa (escritura Vinca), donde aparecen caracteres alineados como si se tratara de un texto.

    Hace casi seis mil años (Edad de Bronce) aparece la escritura en Mesopotamia. Los sumerios desarrollaron un sistema de signos con soporte en tablillas de arcilla: la escritura cuneiforme. Su nombre hace referencia al punzón en forma de cuña que se utilizaba para grabar los símbolos pictográficos. Es importante especificar que las tablillas tenían unas claves referenciales, una ficha que reseñaba datos como el número de serie, fecha, lugar y los nombres del propietario, del soberano y del escriba. Todas estas referencias permitían su catalogación y las tablillas se guardaban organizadas en archivos.

    La protoescritura elamita (aún por descifrar), las escrituras jeroglíficas de Anatolia y de Creta, la escritura ideosilábica del valle del Indo, las escrituras china y egipcia, o los diversos tipos de escritura que se dieron en la América precolombina, son ejemplos de que la necesidad de escribir surgió de manera independiente en diferentes culturas del planeta.

    Las primeras escrituras fueron pictográficas e ideográficas. Posteriormente se desarrollaron sistemas de escritura silábicos que se adaptaban a la fonología y la sintaxis del idioma hablado. Los egipcios no tomaron los símbolos mesopotámicos y crearon una escritura jeroglífica que tuvo un desarrollo propio.

    El alfabeto vino a cambiar las cosas. Los fenicios manejaron, hace tres mil años, el primer alfabeto reconocido. Procedía del cananeo, un protoalfabeto que perduró hasta la Edad de Hierro. El alfabeto fenicio manejaba veintidós letras, todas consonantes, y dio lugar al alfabeto arameo y al griego, que utiliza por primera vez signos vocálicos. Del griego se forma el alfabeto latino y del arameo derivan el abjad hebreo, el alfabeto árabe y los alfabetos asiáticos de la familia bráhmica.

    Desde la Antigüedad un mismo sistema de escritura fue utilizado por lenguas diferentes. La escritura cuneiforme sumeria fue empleada por los acadios y los hititas, los japoneses asumieron los ideogramas chinos y en Turquía, el siglo pasado (1928), el gobierno de Kemal Atatürk impuso el alfabeto latino y desechó el árabe, que anteriormente se había utilizado.

    Los soportes utilizados para escribir fueron cambiando; en un principio se utilizaron piedras, huesos, maderas, arcilla, metales y, en general, cualquier superficie susceptible de ser grabada o pintada. Los egipcios usaron un soporte novedoso, el papiro; una planta acuática (cyperus papyrus) que era consumida como alimento y utilizada también para elaborar cestos, cuerdas, calzado, etcétera. El papiro favoreció la expansión de la escritura, rollos de varias hojas se copiaban para distribuir y comercializar; así aparecieron los libros y se formaron las primeras bibliotecas. El uso del papiro se difundió por Grecia y Roma. En Persia se desarrolló el pergamino, obtenido de la piel de animales, que relevó al papiro y su uso se extendió por Europa hasta que los árabes introdujeron el papel a finales del siglo VIII.

    Con la utilización generalizada del papel (elaborado por primera vez en China hace casi dos mil años), y la invención de la imprenta en el siglo XV, toda esta larga evolución de la escritura sufre una auténtica revolución. Estos dos factores le dieron a la palabra escrita unas posibilidades que antes no podía tener. En la actualidad, con el nacimiento de la llamada era digital, se está volviendo a producir un cambio radical en la escritura, tanto en el soporte como en las maneras de difusión.

 

Exclusividad, libertad y censuras

 

No escribo yo sobre las ideas de los demás sino sobre las mías.
No veo como los demás hombres: hace tiempo que me lo han censurado

J. J. Rousseau, Emilio

 

     Desde su origen, la escritura fue utilizada por quienes ejercían el poder en la sociedad: por una parte, los gobernantes para hacer propaganda de sus logros y conquistas; y por otra, los líderes religiosos para difundir sus creencias con el fin de imponer una determinada interpretación de la vida. La capacidad de influencia y dominio que proporcionaba la escritura era resultado de su exclusividad, fue un conocimiento en manos de unos cuantos hasta hace relativamente poco tiempo. Así, después de ser una práctica reservada a escribas, letrados y clérigos que manejaban símbolos y alfabetos al servicio de gobernantes y élites sociales o religiosas, la escritura se popularizó.

    Actualmente, una mayoría tiene la posibilidad de ejercer la facultad de escribir y, si lo pretende, publicar lo que escribe. El derecho a poder dejar por escrito lo que pensamos o deducimos, nos da una autonomía individual que pocas veces valoramos. Esta posibilidad también ha dado lugar a que, desde el poder establecido, se haya reprimido esa libertad por medio de la censura y destrucción de libros. Textos que los mandatarios de turno no permitían difundir por contener ideas o exponer realidades peligrosas para sus intereses. Esa censura de documentos casi siempre iba acompañada del acoso a las personas que los escribían o publicaban.

    La historia de la humanidad está llena de ejemplos; incluso en estos tiempos, sufrimos la nefasta actuación de instituciones represivas creadas por gobernantes o dirigentes religiosos que, además de dedicarse a prohibir y censurar el conocimiento recogido en los libros, divulgan textos manipulados con el fin de dominar y desorientar a la sociedad.

    El terror ejercido a lo largo de la historia por todo tipo de inquisidores, la destrucción de las culturas sometidas por los imperios, la censura del conocimiento para mantener en la ignorancia a los individuos, y la persecución, encarcelamiento o desaparición de los disidentes, son métodos empleados por quienes desempeñan de manera desequilibrada la autoridad. De todos es conocido ese lado oscuro de la historia de la humanidad que sigue tendiendo su sombra en cualquier parte del mundo.

    Esa represión también se ejerce de modo individual en el nivel social más cercano, ante el miedo a que un vecino, amigo o pariente escriba cosas que nos puedan perjudicar en el plano profesional o afectivo. Incluso existe otra forma de censura, la que ejercemos sobre nosotros mismos a la hora de escribir y dejar testimonio de nuestras ideas, ya sea por inseguridad ante posibles rechazos en nuestro entorno social o por miedo a sufrir persecución.

 

Entre grafomanía y grafofobia

 

Un pergamino escrito y sellado es un fantasma que espanta a todos.
La palabra muere en la pluma, y el papel y la cera son los amos

Goethe, Fausto

 

    Recientemente ha surgido un término que podría englobar en su significado todas esas reacciones ante la escritura: la grafofobia. Al consultar esta palabra en los dos grandes diccionarios de nuestro idioma (drae y Moliner), encontramos que no incluyen ese vocablo, aunque ambos definen un término relacionado, la grafomanía: “Manía de escribir o componer libros, artículos, etcétera.” Al buscar otras fuentes, en un Diccionario de Fobias se define la grafofobia como, “un persistente, anormal e injustificado miedo a escribir…”

    Este concepto es introducido y desarrollado por el escritor Aníbal González, quien lo emplea en un ensayo sobre el relato “La hija del aire”, de Gutiérrez Nájera, publicado en el volumen Literatura mexicana del otro fin de siglo, compilado por Rafael Olea Franco. Posteriormente, vuelve a utilizarlo en su libro Abusos y admoniciones: Ética y escritura en la narrativa hispanoamericana moderna, y también en un artículo, “El temor a la escritura: la literatura y la crítica literaria iberoamericanas ante un nuevo siglo”, publicado inicialmente en CiberLetras. En este artículo, el autor concreta que en la actitud grafofóbica, además del derivado de la oposición entre lenguaje y escritura, confluyen otros dos factores: uno, subyacente a la propia dificultad del acto de escribir; y el otro al “vínculo histórico y filosófico entre la escritura y la violencia”. A ese vínculo, evidente desde el comienzo de la escritura hasta nuestros días, nos referimos en este texto al señalar la manipulación y censura de la palabra escrita.

    Los profesionales de la escritura –literatos, filósofos, críticos–, y cualquier persona que ejerza su derecho a escribir, pueden padecer tanto de grafofobia como de grafomanía. Por mi parte, pienso que los más afectados por estas perturbaciones vinculadas a la escritura son quienes ostentan el poder político y religioso, y la clase dirigente en todos sus niveles.

    En estos tiempos de crisis y transformaciones, al encender el televisor, escuchar la radio o leer periódicos y revistas, se comprueba que esos trastornos alcanzan rango de pandemia. Por un lado, una absorbente grafomanía, amplificada por el progresivo uso de los medios electrónicos, casi siempre empeñada en persuadirnos de la viabilidad de un sistema insostenible; y por otro, una doble grafofobia: la de los escritores, como consecuencia de su incapacidad para comunicar con precisión y lucidez el gran engaño que vivimos; y la grafofobia del sistema, derivada del miedo a que alguno lo consiga y que esa certeza se propague produciendo una reacción de tal magnitud que todo pueda realmente cambiar.

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