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Publica El País (Uruguay)

Por Álvaro Buela

UN SISTEMA

Es fácil entender por qué fue despreciado en Argentina. El carnaval acumulativo de su literatura, la violencia travestida de su teatro, el nonsense minimal de sus dibujos crecieron desprovistos de raíces nacionalistas, aristocráticas o "progres". Pero tampoco crecieron contra ellas, como lo hubiera hecho un exiliado resentido. "Si alguna vez tuviera que decir cualquier cosa sobre el exilio, me cuidaría muy bien de escribirlo en primera persona", anotó. Un marciano no es un exiliado.

Además está su Eva Perón, aquel sainete desmelenado que tanto ofendió al justicialismo. Histérica, vulgar, autoritaria, asesina, Eva prepara su santidad y construye su imagen postrera. El General, es una sombra que anda por ahí, balbuceante y con migraña. Eva es la titiritera de su propia gloria, la artífice del porvenir. Interpretada por un hombre, además. La derecha peronista incendió el teatro en que se estrenó (París, 1970). Dicen que la orden llegó desde Madrid, entonces lugar de residencia de Juan Domingo Perón.

Error de primates: leer la obra como una burla caricaturesca, referencial. O como una parodia de los implicados. Nada más lejos de la intención de Copi. Un marciano no es un exiliado resentido. Es, literalmente, el habitante de otro planeta, con sus propios mapas y accidentes. Porque Copi, más que un escritor o un dramaturgo o un dibujante de cómics, es un sistema. Ya lo dijo el gran César Aira en una de aquellas charlas adelantadas, proféticas, que dio en 1988 y fueron recolectadas en un libro-homenaje-manifiesto titulado, simplemente, Copi: "Copi tenía algo de escritor no profesional, no fatal. Podría no haber escrito, podría haber desplegado su genio, el mismo genio que tuvo, en otras cosas, y de hecho lo hizo. Eso lo hace tanto más escritor. Sus libros se nos aparecen como emanaciones de un sistema más amplio. Con todos los grandes escritores sucede lo mismo, pero en la mayoría ese mecanismo es virtual; en él fue real".

UN NIÑO

En las antípodas de Lo Importante, de Lo Argentino o, válganos dios, de Lo Francés, el sistema Copi opera como una "máquina deseante" deleuziana, por fuera de toda territorialidad. En las fronteras, más precisamente. De los géneros, de los sexos, de los relatos. Eva Perón no es Eva Perón, sino el producto de un torbellino ficcional que impone su teatro al mundo, que vuelve teatro el mundo.

Y tampoco son los verdaderos Marguerite Duras, Michel Foucault o Daniel Cohn-Bendit los que aparecen fugazmente, acribillados a balazos, en La guerra de las mariconas. Ni el Montevideo de El uruguayo tiene remotamente que ver con este bendito puerto, salvo por el delirio autodestructivo que la gobierna. En todo caso, el único personaje "real" que aparece en ese sistema es el mismo Copi, a veces con su nombre real (Raúl Damonte), casi siempre con ese seudónimo andrógino.

"Copito de nieve", le decía su abuela -gran influencia- cuando era niño. Así de pálido era. Así de frágil. De ahí salió el seudónimo. Que lo haya tomado para su alter-ego creador no es un dato menor. Por el contrario, lo transforma en un código insondable, en un Rosebud particular. La contraseña de toda su descarada fabulación, de esa corte de los milagros poblada de freaks, asesinos, arribistas y travestis, fue un sobrenombre pueril, familiar. Ahí se cierra un mundo, es decir, una poética.

Siempre intratextual -en eso se separa de Borges, con quien tiene otras afinidades-, esa poética está sustentada en una urgencia centrífuga, en un vértigo del presente que sigue funcionando más allá del relato. Hay un ancla, sin embargo, en la "ética de la invención, en la que Copi fue muy estricto" (otra vez Aira). De ahí que sea frecuente la irrupción de un narrador, inefablemente llamado "Copi", al borde de un ataque de nervios.

En la soberbia El baile de las locas, comienza una y otra vez una novela -la que estamos leyendo-, y una y otra vez la olvida. Lo que se cuenta en Virginia Woolf ataca de nuevo es el (supuesto) pasaje al acto de la falta de ideas para completar el libro homónimo. En El uruguayo, el narrador demanda a su interlocutor que borre lo que va leyendo, un acto de anulación del lector más que del escritor. Y en La ciudad de las ratas, "Copi" ni siquiera se presenta como escritor sino como "traductor".

Decir lúdico es poco. La ley es travestirse. El cómic se vuelve teatro. El teatro se vuelve literatura. La literatura se vuelve cómic. En el tránsito está el goce; jamás en la fijación (de una identidad o de una historia, da igual). Una estética trans, al decir de Daniel Link -otro "copiómano"-: "transexual, posnacional, poslingüística".

UN PURGATORIO

El mundo hispanoparlante ha dejado de atrasar. Al menos respecto a Copi. Por todos lados artículos, estudios, relecturas y, en el último par de años, varios volúmenes. En Argentina, El Cuenco de Plata tradujo por primera vez al castellano La ciudad de las ratas, mítica "novela inglesa" del autor. Además, una nueva traducción de La guerra de las mariconas (antes, "mariquitas") y una primera recopilación de su dramaturgia (Teatro 1).

En España, Anagrama, hogar primigenio del Copi en castellano, ha reunido en Obras (Tomo 1) tres nouvelles que antes había editado de manera independiente: El uruguayo, La vida es un tango y La Internacional Argentina. La gran novedad, acá, está en un cuarto texto, "Río de la Plata" (1984). Estaba destinado a ser el prólogo de una novela. La novela no se concretó, pero el prólogo tiene un valor autónomo. Un Copi auténtico.

Empieza así: "Me expreso a veces en mi lengua materna, la argentina, a menudo en mi lengua amante, la francesa. Para escribir este libro, mi imaginación vacila entre mi madre y mi amante". Termina con una frase del diario de Magallanes: "Siguiendo los hemisferios veo la Luna mitad cara mitad cruz, aunque rueda siempre en el mismo sentido. Para seguir su trayectoria en el Mar sería necesario que las tierras no existieran".

Entre una vacilación y un deseo (en Copi siempre aparece un "entre" activo, o sea, un "trans") se despliega un texto autobiográfico de ribetes novelescos. Sherezade de su propia historia, pasea por las épocas y los espacios sin solución de continuidad. Recuerda aventuras dignas de Salgari. Se retracta, se confiesa, se contradice. Imagina al Río de la Plata "como un purgatorio del que todavía hoy siento la vaga culpa de haber escapado".

Le levantaron la censura en Buenos Aires. Puede ser publicado, puede volver. Pero ya no quiere. "[El] recuerdo de esa ciudad ha quedado estrechamente ligado al de mi padre, muerto allá hace tres años. Tengo miedo de sentir una nostalgia demasiado dolorosa, demasiado argentina, que me arruinaría la estadía". Igual volvió. Sólo un par de veces antes de su muerte.

UN PADRE

Nunca un texto suyo fue tan emotivo como "Río de la Plata", y nunca la figura del Padre apareció de modo tan nítido, tan fundacional. No era cualquier padre, claro está. Político, periodista, antifascista a tiempo completo, hombre de confianza de Perón y luego su más acérrimo enemigo, Raúl Damonte Taborda es un capítulo aparte. De puro antiperonista, el gobierno de Batlle Berres no sólo le dio refugio sino que lo delegó como diplomático uruguayo en Francia.

Copi lo recuerda en huida perpetua, cruzando el Río oculto en un barco, frustrado porque su hijo no siguió una carrera política, feliz de saber que había aprendido a ganarse la vida, pintor aficionado, "demasiado nostálgico". Hermoso retrato. El típico padre de un marciano, si es que puede haber algo típico en ello. "Cada familia es un templo erigido en honor de la diosa familia", escribe Copi.

La ironía queda reservada para las familias imaginarias. En La vida es un tango, por ejemplo, aparece una versión disparatada de los directores de un diario llamado Crítica, como el de su familia. El mismo que había cerrado Perón. Allí llega el inocente protagonista, en los años ´40, pero sólo por un día. Un ciclón de avatares lo deposita en París, en el ´68, y otro lo devuelve al campo, de donde había salido.

Los padres de La Internacional Argentina, lejos de oficiar de apoyo al "Copi" narrador, agregan combustible al caos dominante. Para el caso, el que resulta de un complot organizado desde París por un negro millonario para que el protagonista sea presidente de la Argentina. Todo se cae a pedazos cuando se descubre que el "Copi" ficcional -a diferencia del de carne y hueso- es judío.

Curiosamente, a Aira no le gusta mucho La Internacional Argentina. Tal vez porque es la más alegórica de las narraciones de Copi. La única que se escapa del sistema. La única que dice, sin una pizca de ironía: "Estábamos nosotros, que habíamos huido no de la dictadura militar, sino de todo lo que hacía posible su existencia en la sociedad argentina: la hipocresía católica, la corrupción administrativa, el machismo, la fobia homosexual, la omnipresente censura hacia todo…".

Fue la única escrita en castellano, cuando ya el sida estaba terminando con él, y publicada póstumamente. Allí Copi abandonó el párrafo único para filtrar, entre la espesura de acontecimientos (de nuevo un "entre"), la voz de su biografía y la lengua materna. La máquina fabulatoria no se detuvo ni bajó la guardia. Sólo abrió la ventana para despedirse.


 

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