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Crítica literaria
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Julien Gracq (1910-2007) fue quizás quien trazó el camino en solitario más original de la literatura francesa del siglo XX. Reacio al intimismo, el autor de El Mar de las Sirtes y Los ojos del bosque, se ha prestado en muy pocas oportunidades al género de la entrevista. Sin embargo, en esta que fue una de las últimas, realizada por Bernhild Boie, uno de los grandes especialistas de su obra, y publicada originalmente en diciembre de 2001 en la revista de estudios genéticos, Génésis, revela su mirada personal sobre el oficio de escribir y la génesis de una obra.
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Caza de conejos es la respuesta definitiva para aquellos lectores que, tras leer La ciudad, La novela luminosa o El discurso vacío, se hayan preguntado si Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004) fue realmente un gran escritor o una rareza del idioma sin mayor recorrido. Y es una confirmación inapelable de que la gran literatura, la gran literatura en castellano, puede permanecer al margen de los principales premios literarios (la cultural oficial), de los puestos destacados en las listas de obras más vendidas (la industria) y del conocimiento general del público (la popularidad).
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La narrativa de Pablo Palacio (Loja, Ecuador, 1906-1947) representa un curioso momento de las vanguardias latinoamericanas. Desmarcada de la asfixiante tendencia al realismo social, la obra de Palacio, constituida apenas por un libro de relatos (Un hombre muerto a puntapiés) y dos novelas breves (Débora y Vida del ahorcado), es experimental e innovadora por cuanto introduce técnicas y procedimientos que ensanchan y profundizan la experiencia de lectura. La obra de Palacio está siendo revisada desde la crítica y la academia porque su discurso propone unas formas de lectura que la sitúan en el núcleo de preocupaciones de la literatura moderna y en el centro de interés de las más actuales teorías de recepción del texto literario.
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La antología poética de 1946 La poesía contemporánea del Perú, ahora presentada en edición facsímil -la primera- por la Biblioteca Abraham Valdelomar en su colección "La fuente escondida", de Jorge Eduardo Eielson, Sebastián Salazar Bondy y Javier Sologuren, con ilustraciones de Fernando de Szyszlo, es uno de los momentos clave de la historia editorial del Perú y de la conformación de una tradición y un canon dentro de la producción poética nacional. La colección dentro de la cual se incluye esta edición facsímil está dirigida por el poeta, crítico, traductor y editor peruano Ricardo Silva-Santisteban (1941), conocido en España por haber preparado la edición de las Obras Completas de César Vallejo publicadas por Visor y, sobre todo, por haber traducido las Obras Completas de Mallarmé publicadas por Hiperión.
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Hubo un tiempo en que las palabras y las cosas se vinculaban por un fino pero resistente hilo teológico. Uno de los momentos más interesantes de este vínculo se encuentra en la carta que el diácono inglés Fridegiso enviara a Carlomagno en el año 800, conocida como Carta sobre la nada y las tinieblas (De substantia nihili et tenebrarum). Fridegiso argumenta allí, desde una perspectiva lógico-gramatical y textual, la existencia real de estos dos conceptos problemáticos en la historia del pensamiento. Reverso exacto de Nietzsche y Foucault, Fridegiso arriesga una argumentación que linda con la herejía (de hecho conocemos esta Carta porque Carlomagno confía el estudio de la conveniencia de su contenido al monje irlandés Dungalo, en la abadía de Tours) y que se inscribe dentro de la línea literalista de la exégesis bíblica.
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La figura del corredor de fondo –en su soledad y radicalidad más inseparables, originadoras de un espacio propio- guarda cierta similitud con la trayectoria de algunos poetas. Sobre todo, allí donde la lateralidad de los modos y modas o el silenciamiento público sólo permiten hacer fructificar una obra a la larga. Recordemos (son casos bien diversos) cómo Juan Eduardo Cirlot fue más conocido en vida como crítico de arte (y autor de un excelente Diccionario de símbolos) que como poeta y que, sólo mucho después de su fallecimiento, ha podido el lector común acceder a su obra entera. Antonio Gamoneda, por su parte, no entró en el circuito obvio de los otros miembros de su generación hasta publicarse la edición de sus poemas en Cátedra por parte de un certero Miguel Casado; y aún hoy, en determinados aquelarres del gremio tratan de rebajar su condición. O, un raro excelso, tenemos asimismo la peripecia del poeta canario Luis Feria; quien por seguir un camino no trillado y retirarse en vida a la periferia no ha sido reivindicado en su alto valor hasta ser editado por Pre-Textos.
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Hay un tono elegiaco en todo el libro, de remembranza y al mismo tiempo de luz radiante que se busca y se recuerda. Un libro emocionante y dulce, desesperado y lleno de esperanza y de brío. Uno de esos poemarios que te retuercen las tripas y te hacen sudar. La búsqueda consciente por parte del poeta de una distancia fría y calculada, que a veces ronda el cinismo y que al tiempo se hace tierna, doliente, una especie de canto del urogallo, escondido entre las matas, ante la presencia certera del cazador. Hay por eso algo de despedida, de premonición fatídica, pero calmada, como en ese rotundo poema titulado El fuego al amanecer, con el que se cierran las Cartas al mar, en esa última estrofa, que nos golpea como un dardo:
Las aguas bañarán mi cuerpo y no podréis alcanzarme. Sin prisa daréis buena cuenta de mis restos.
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