"Algo pegajoso": Mario Levrero

"Algo pegajoso": Mario LevreroAlgo pegajoso

 

Por Mario Levrero

 

Llevé la mano al bolsillo del saco, en ademán irreflexivo, y mis dedos rozaron un objeto inusual entre las habituales monedas: el caramelo que me había regalado una niña. Lo saqué del bolsillo y comencé a quitarle la envoltura, de celofán semitransparente, no sin dificultad. A veces los caramelos se ablandan con el calor y la humedad y se pegan excesivamente al papel. Recordé que en mi infancia sentía una atracción especial por ese tipo de caramelos un poco revenidos; tenían un gusto más dulce que los otros —o al menos así me parecía.

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El cuento del sillón de mimbre

El cuento del sillón de mimbrePor Hermann Hesse

                        Un joven estaba sentado en su solitaria buhardilla. Le hubiese gustado llegar a ser pintor; pero para ello debía superar algunas cosas bastante difíciles, y para empezar vivía tranquilamente en su buhardilla, se iba haciendo algo mayor y había adquirido la costumbre de pasarse horas ante un pequeño espejo y dibujar bocetos de autorretratos. Estos dibujos llenaban ya todo un cuaderno, y algunos le habían complacido mucho.

                        —Considerando que aún no poseo ninguna preparación en absoluto —decía para sus adentros-, esta hoja me ha salido francamente bien. Y qué arruga más interesante allí, junto a la nariz. Se nota que tengo algo de pensador o cosa por el estilo. Únicamente me falta bajar un poquito más las comisuras de la boca, eso crea una impresión singular, claramente melancólica.

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La edad de oro: W. Burroughs

La edad de oro: W. BurroughsEntre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. El almuerzo desnudo de William Burroughs no es sólo un radical experimento de fuga de la literatura sino el texto que surge como efecto de una virología.

 

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«Sueños», de Ernst Jünger

«Sueños», de Ernst JüngerLunes, 8 del 8 del 88: un día con cuatro ochos y encima lunes. Los funcionarios del registro civil tendrán mucho trabajo, como también los carteros. A la gente le gusta casarse o bautizar a sus hijos en días así; por otro lado es una buena fecha de cumpleaños.

  El ocho es un número especial; Odín cabalga un corcel de ocho patas. Es el número de ciertos encuentros, con el nueve se abre un nuevo comienzo. También a mí la fecha me ha deparado alguna vez sorpresas. En esos días lo mejor sería quedarse en la cama. A mi carácter no le va. A medianoche cuando me desperté sentí  ganas de moverme -aterricé a las nueve de la mañana en Orly, uno de los venerables aeropuertos de París. Gracias al salto de tiempo había ganado seis horas, me dijo la azafata que me había atendido. No podría haber calculado el lugar en el que había dormido, pero sí la distancia recorrida, claro que para nosotros esto ya no es tan importante como en los tiempos de la diligencia. Quizá pasé la noche en una capital del lejano Oriente; la azafata era de tipo malayo. Habíamos conversado agradablemente y la hubiera invitado a comer, ella parecía propicia. Pero aparte de que nunca se sabe cómo termina un asunto de éstos, era demasiado arriesgado en una fecha tal. Sería mejor pasar el día sin aventuras -meditando con una buena pipa o contemplando obras de arte.

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