August Strindberg: Alegato de un loco

August StrindbergMuy amargas han sido siempre las venganzas de Strindberg. Golpeando el mundo que siempre le resultó ajeno, se golpeaba a sí mismo sin cesar. Creó mujeres ideales a las que amar y a las que acabó odiando sin límites, al no responder ellas a la imagen imposible de su creador. Siempre dispuesto a morir o a vivir por razones místicas y espirituales -era un ser exagerado, con un gusto inusual por permanecer en la cuerda floja – su cuerpo y su mente se enamoraban de las mujeres por muy diferentes razones. Su mente era anormalmente mística, sí, pero su cuerpo era el de un macho que pesa con los ojos el valor corporal de la hembra. Despreciaba a las mujeres feas y adoraba a las bellas. Y, siendo bellas en su cáscara, habían de ser perfectas en su interior: madres entregadas, santas esposas, puras, sumisas, angelicales, etéreas e ignorantes... Seres creados por la madre naturaleza para hacer felices a los hombres, superiores a ellas en todo.

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Los pliegues de Sacher-Masoch

Leopold von Sacher-MasochDesde que el psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing utilizase su nombre para clasificar una de las perversiones sexuales básicas en su Psychopathia Sexualis (1886), junto al del Marqués de Sade, entre otros, la figura de Leopold von Sacher-Masoch sufrió, según muchos críticos, una de las más grandes injusticias literarias de la historia. Hasta ese momento, Sacher-Masoch había contado con una merecida fama de estilista y folclorista, y se llamaba a si mismo "el Turgueniev de la pequeña Rusia", labrando cuidadas narraciones con el material histórico y místico de la tradición eslava, recogiendo los matices y constituciones primarias de los cuentos galitzianos, húngaros, prusianos y judíos. Leer más: Los pliegues de Sacher-Masoch

Barón Biza: Fecundación del erial

Magritte: Los amantesMi piel y mi carne se pegaron a mis huesos,
Y he escapado con sólo la piel de mis dientes.

Job, XIX, 20

 

El desierto y su semilla (primera edición en Simurg, Buenos Aires, 1998) es la historia de un escándalo y una imposibilidad, en sus implicaciones públicas, y el terrible teatro de un fracaso privado. La fragmentada y purulenta sociedad argentina del año 1964 recibió como un gancho en la mandíbula una inquietante noticia: Raúl Barón Biza, millonario, político revolucionario, escritor y polemista, había arrojado a la cara de su esposa, Clotilde Sabattini, pedagoga e hija del más influyente gobernador civil de la república, el suficiente ácido como para deformarla por completo. El vitriolo actuó rápido y tenaz sobre la carne, convirtiendo su rostro en una catazona virulenta. Purulencia social y rostro metafórico se encontraban en un punto significativo: el pornógrafo profesional e instigador político más molesto de la alta sociedad argentina remataba su existencia depositando una bomba de relojería en el semblante de la patria. "Barón Biza escribió con sangre su última página", tituló la prensa local haciendo referencia a su dermografismo criminal. Si la sangre había puesto punto final a su obra, ¿con qué sustancia podría escribirse la historia de este trágico suceso?

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La nostalgia de los santos

Jerzy GrotowskiEn este país, tal vez sea Jerzy Grotowski (1933-1999) el más ficticiamente conocido entre los más desconocidos maestros que han influido de manera decisiva en el desarrollo del teatro vanguardista del último siglo. A pesar de sus numerosas conferencias, escritos, textos y reflexiones publicadas; de los estudios que otros profesionales han hecho sobre su trabajo, aquí en España tan sólo dos de sus obras –y creo que una solamente: Hacia un teatro pobre, ha sido reeditada- han visto la luz en el campo editorial. Sin embargo, todas aquellas gentes de teatro que pasamos de los cincuenta hemos sido, en algún momento de nuestras vidas, "grotowskianos" apasionados. Y ello, a pesar del maestro, que no creía en las trasferencias de conocimientos, ni en la metodología pret a porter: "No quiero tener alumnos. Quiero tener compañeros de armas (...) Otras relaciones son estériles: producen sólo el tipo de domador que domestica a los actores en mi nombre, o el diletante que se encubre con mi nombre". Leer más: La nostalgia de los santos