Barón Biza: Fecundación del erial

Magritte: Los amantesMi piel y mi carne se pegaron a mis huesos,
Y he escapado con sólo la piel de mis dientes.

Job, XIX, 20

 

El desierto y su semilla (primera edición en Simurg, Buenos Aires, 1998) es la historia de un escándalo y una imposibilidad, en sus implicaciones públicas, y el terrible teatro de un fracaso privado. La fragmentada y purulenta sociedad argentina del año 1964 recibió como un gancho en la mandíbula una inquietante noticia: Raúl Barón Biza, millonario, político revolucionario, escritor y polemista, había arrojado a la cara de su esposa, Clotilde Sabattini, pedagoga e hija del más influyente gobernador civil de la república, el suficiente ácido como para deformarla por completo. El vitriolo actuó rápido y tenaz sobre la carne, convirtiendo su rostro en una catazona virulenta. Purulencia social y rostro metafórico se encontraban en un punto significativo: el pornógrafo profesional e instigador político más molesto de la alta sociedad argentina remataba su existencia depositando una bomba de relojería en el semblante de la patria. "Barón Biza escribió con sangre su última página", tituló la prensa local haciendo referencia a su dermografismo criminal. Si la sangre había puesto punto final a su obra, ¿con qué sustancia podría escribirse la historia de este trágico suceso?

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La nostalgia de los santos

Jerzy GrotowskiEn este país, tal vez sea Jerzy Grotowski (1933-1999) el más ficticiamente conocido entre los más desconocidos maestros que han influido de manera decisiva en el desarrollo del teatro vanguardista del último siglo. A pesar de sus numerosas conferencias, escritos, textos y reflexiones publicadas; de los estudios que otros profesionales han hecho sobre su trabajo, aquí en España tan sólo dos de sus obras –y creo que una solamente: Hacia un teatro pobre, ha sido reeditada- han visto la luz en el campo editorial. Sin embargo, todas aquellas gentes de teatro que pasamos de los cincuenta hemos sido, en algún momento de nuestras vidas, "grotowskianos" apasionados. Y ello, a pesar del maestro, que no creía en las trasferencias de conocimientos, ni en la metodología pret a porter: "No quiero tener alumnos. Quiero tener compañeros de armas (...) Otras relaciones son estériles: producen sólo el tipo de domador que domestica a los actores en mi nombre, o el diletante que se encubre con mi nombre". Leer más: La nostalgia de los santos

Los pliegues de Sacher-Masoch

Leopold von Sacher-MasochDesde que el psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing utilizase su nombre para clasificar una de las perversiones sexuales básicas en su Psychopathia Sexualis (1886), junto al del Marqués de Sade, entre otros, la figura de Leopold von Sacher-Masoch sufrió, según muchos críticos, una de las más grandes injusticias literarias de la historia. Hasta ese momento, Sacher-Masoch había contado con una merecida fama de estilista y folclorista, y se llamaba a si mismo "el Turgueniev de la pequeña Rusia", labrando cuidadas narraciones con el material histórico y místico de la tradición eslava, recogiendo los matices y constituciones primarias de los cuentos galitzianos, húngaros, prusianos y judíos. Leer más: Los pliegues de Sacher-Masoch

Balada de las noches bravas

Jesús FerreroCuentan que el Mediterráneo actual se formó a causa de una gigantesca inundación cuando una pequeña brecha se abrió en el estrecho de Gibraltar. Una inundación violenta y breve que fue configurando al paisaje del lecho marino. Se trata, al parecer, de un proceso cíclico, pues el mar finalmente se deseca, dejando tras de sí una profunda sima, presta a recibir la siguiente inundación. Al acabar de leer Balada de las noches bravas, piensa uno que la vida, para los protagonistas de esta novela, es como aquella gigantesca inundación cíclica, en la que cada uno de ellos es, a la vez, el agua que inunda y el paisaje que la inundación origina -un “paisaje después de la batalla”-, y que la fuerza impulsora es el deseo experimentado en todas y cada una de sus formas -narcisismo, soberbia, ambición, sexo, masoquismo, culpa, envidia, miedo, celos, venganza, sadismo… hijas todas de las dos formas primigenias: Eros y Misos, amor y odio, afecto y rechazo-. En palabras de Ciro, el narrador y protagonista: “comprendí que el universo del deseo era amplio, íntimo y a la vez ajeno, y que sus campos se extendían como una radiación sobre todas las esferas de la vida e impregnaban por igual a todos los cuerpos”. Así es el deseo: líquido e inabarcable como el mar, inconsistente como el agua. Leer más: Balada de las noches bravas