Rincón bibliográfico

La hora de la estrella, de Clarice LispectorUna operación crítica

Sobre La hora de la estrella, de Clarice Lispector

 

            Vamos a dejar fuera del cuadro los elementos biográficos de Clarice Lispector, su Ucrania natal, la infancia en el Nordeste de Brasil, su mudanza a Río de Janeiro, la vida errante de las legaciones diplomáticas y sus sofisticaciones cosmopolitas, su regreso a Brasil, e incluso sus novelas anteriores, sus cuentos y las «crónicas» publicadas en el Jornal do Brasil, que condensan un género literario en sí mismas. Apartemos todo eso –de momento– para centrarnos en su último libro, La hora de la estrella*.

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Mrs. Dalloway: Una vida de leccionesPor Jenny Offill

 

En 1916, Virginia Woolf (1882-1941) escribió sobre una peculiaridad que atraviesa todas las verdaderas obras de arte. Los libros de ciertos escritores (ella estaba hablando de Charlotte Brontë en ese momento) parecen cambiar de forma con cada lectura. La trama puede resultar reconfortante y familiar, pero las revelaciones emocionales dentro de ella cambian. Las escenas que alguna vez se pasaron por alto como sin importancia comienzan a punzar con un nuevo significado, como si el tiempo mismo hubiera sido el ingrediente que faltaba para comprenderlas. Woolf pasó a describir las obras a las que volvió una y otra vez:

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La politización del arteEl arte es uno de los ámbitos desde los que más se ha insistido, en los últimos años, en la necesidad de una repolitización de la vida. Sus temas, volcados hacia lo real, sus procesos, cada vez más colectivos, y sus lugares, abiertos al espacio público, parecen atestiguarlo. Pero estas transformaciones no necesariamente son garantía de un reencuentro entre la creación y lo político. Estamos viendo cómo fácilmente reproducen nuevas formas de banalidad y nuevos espacios para el autoconsumo y el reconocimiento.

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Truman Capote: «Miriam»Durante varios años, la señora H. T. Miller había vivido sola en un bonito apartamento (dos habitaciones y una pequeña cocina), en una antigua casa reformada, cerca del East River. Era viuda y el señor H. T. Miller le había dejado un seguro razonable. Hacía pocos gastos, no tenía amigos con quien hablar y generalmente no viajaba más allá del supermercado de la esquina. Los demás inquilinos de la casa no parecían advertir su presencia: sus vestidos eran sencillos, su cabello grisáceo, muy cómodo y ondulado natural; no usaba cosméticos y sus facciones eran comunes y poco notables. En su último aniversario había cumplido los sesenta y un años.

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