La innovación - CÉSAR AIRA

César Aira“Innovar” es un verbo defectivo, igual que “mentir”, según lo probó el cretense del koan. No se dice “yo innovo”. Si innovo, tendrá que decirlo otro, y en otro momento. No por modestia, sino por las posiciones relativas en que nos colocamos para hacer historia. Si innovo, es porque en definitiva innové, y no lo supe, me lo tuvieron que decir después. Borges habló de la discreción de la Historia; aquí el chiste que aporta la prueba es el del campesino normando que le dice al vecino: “¿Te enteraste? Hoy empezó la Edad Media”.

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J. Rodolfo Wilcock

J. Rodolfo Wilcock

Participante de las tertulias que organizaban Ara y María Zambrano en Roma (donde lo conociera el escritor mexicano Sergio Pitol, quien percibiría el temor de las hermanas a su “poder maléfico”), J. Rodolfo Wilcock pronto se retiraría de la vida socio-intelectual romana para instalarse en una destartalada casa de campo en Lubriano, provincia de Viterbo (donde murió de un síncope, según cuentan, mientras traducía un libro sobre enfermedades cardíacas). Trabajó para Italo Calvino y la editorial Einaudi, hasta convertirse en uno de los traductores preferidos de Adelphi, dirigida por el editor y ensayista Roberto Calasso. Enseñó el pensamiento de Wittgenstein a Alberto Moravia, fue el primer “gran escritor” que conoció el filósofo Giorgio Agamben y frecuentaba, como amigo y colaborador, la casa de Eugenio Montale en Florencia. Accedió, por su amistad con Pier Paolo Pasolini (quizá el primero en destacar el componente “infernal” en la obra y los personajes de Wilcock), a hacer un papel en “El evangelio según San Mateo”, junto a la escritora Natalia Ginzburg. A pesar de estas influyentes relaciones vernáculas, y de haber sido publicado por las más importantes editoriales, su obra no tuvo una gran difusión en Italia; en Argentina, hasta el umbral del siglo XXI, su nombre y su obra eran un secreto que conocían unos pocos.

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La invención de William Shakespeare

La invención de William ShakespeareEn estos días asistimos, no sin un cierto efecto día de la marmota, a un nuevo capítulo de la interminable controversia sobre la autoría de las obras de William Shakespeare. La Universidad de Oxford, a través de un comité de académicos, ha concluido que 17 de las 44 obras firmadas por Shakespeare pueden contener partes enteras o fragmentos escritos por alguna otra mano. Si bien esto sigue siendo un tanto vago, la traducción a términos prácticos es que a partir de este año la publicación de la obra Enrique VI por parte de la editorial de la universidad se atribuirá a dos autores, William Shakespeare y Christopher Marlowe. Gary Taylor, editor de la Oxford University Press y portavoz del comité de expertos, ha explicado que “el examen de las obras nos ha llevado a verificar la presencia de Marlowe en las obras de forma suficientemente clara y contundente... Estamos seguros de que estos dos escritores no se influían mutuamente, sino que trabajaban juntos”. Sin embargo, la profesora Carol Rutler, de la Universidad de Warwick, ha declarado sobre las conclusiones del comité que “lo que han hecho en Oxford no resuelve nada de lo que ya se conocía. Shakespeare colaboró con muchas personas para escribir sus obras de teatro, pero entre estos muchos colaboradores no figuraba Christopher Marlowe”. Estamos, por tanto, muy cerca del punto de partida.

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Joseph Conrad: Nota del autor

Joseph ConradUn prólogo es un estado de ánimo. Escribir un prólogo es como afilar la hoz, como afinar la guitarra, como hablarle a un niño, como escupir por la ventana. Uno no sabe cómo ni cuándo las ganas se apoderan de uno, las ganas de escribir un prólogo, las ganas de estos leves sub noctem susurri.
Søren Kierkegaard, Prólogos.

Hay prólogos que se escriben a regañadientes, prólogos que se escriben con entusiasmo y prólogos puramente programáticos. Hay muchos tipos de prólogos. En el prólogo a la edición española de uno de los libros más felices y delicados de Joseph Conrad, El espejo del mar, Juan Benet escribía: “El libro me proporcionó una impresión indeleble y la seguridad de haber topado con una prosa exacta, acabada, perfectamente trabajada, ensamblada y estanca como los cascos de los buques que describía”. Benet leyó primero el libro en francés, luego en inglés, y finalmente en la excelente traducción que hizo al castellano Javier Marías. Ese prólogo, un híbrido entre la especie entusiasta y la programática, tenía por tanto dos propósitos: hacer un encomio de la traducción de Marías y presentar un frío análisis del estilo de Conrad desde las propias convicciones literarias: “A veces el estilo ha de desvanecerse ante las imposiciones del relato, y a veces la mejor forma de tratar una página sea desproveerla de un estilo propio”. La discusión en torno al estilo de Conrad es un asunto capital en la inserción privilegiada de su obra dentro del canon de la literatura inglesa: “Conrad vino a Inglaterra, un isabelino -escribió Ford Madox Ford- con una prosa que continuamente producía efectos polifónicos de órgano… y Conrad es el poeta más importante de hoy en día porque, más que ningún otro escritor, ha percibido que la poesía consiste en la representación exacta de los acontecimientos concretos y materiales en las vidas de los hombres. Es evidente que, como cualquier otro escritor, tiene el secreto anhelo de producir, en algún momento u otro, una escritura abstracta, una escritura que debe estar desprovista de significación material, como una fuga de Bach lo está de un programa, y que aun así debe tener la belleza del sonido puro. Para encontrar a Conrad en una actitud puramente sinfónica hay que remitirse a sus escritos personales, como los recogidos en El espejo del mar”.

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