Giorgio Manganelli: El arte de la retórica

Giorgio Manganelli: El arte de la retóricaEl escritor italiano Giorgio Manganelli (1922-1990) constituye una de las voces más poderosas de la literatura italiana del siglo XX (literatura que no ha escatimado en voces poderosas durante el largo y tortuoso siglo XX) y de las menos conocidas fuera de Italia. Italo Calvino fue tajante en su juicio al definirlo como «un escritor que no se parece a ningún otro». Traducido al castellano principalmente por Joaquín Jordá y Carlos Gumpert, la obra disponible de Manganelli en nuestra lengua es escasa pero representativa de su particular universo imaginario y, sobre todo, de su laboriosa urdimbre retórica. Las editoriales que se han encargado de editarlo en España son Siruela y Anagrama.

 

Manganelli creía firmemente que la Literatura dialoga con la realidad (formando parte de ella) desde el puro artificio e incluso la mentira (la «menzogna» dirá Manganelli). En este sentido, el núcleo de su obra de ficción gira en torno al pensamiento sobre la construcción estructural de ese artificio del lenguaje codificado llamado Literatura. Enfrentado abiertamente a la ficción cuyo principal interés está puesto en la trama, el argumento y los personajes, la escritura de Manganelli parece girar siempre sobre su propio eje, observándose y analizando sus elementos constitutivos, los infinitos reflejos que es capaz de generar con todas las formas del decir, especialmente las formas que pretenden decir la muerte. Su escritura observa atentamente los procesos en los que se sostiene su condición de posibilidad y explora los márgenes del discurso para expandir sus potencialidades expresivas. Lo esencial de su legado radica en el virtuosismo lingüístico de su prosa, en la desafiante precisión y riqueza de su léxico y en la arrebatada creatividad de su sintaxis. Así las cosas, la labor de sus traductores es encomiable por la tiránica dificultad que entraña encontrar para su escritura un equivalente lingüístico en otra lengua.

 

El ensayo que presentamos a continuación es una traducción de «Qualche licenza poetica contro la chiarezza», parte de su libro Il rumore sottile della prosa (Adelphi, 1994). Los ensayos de Manganelli aguardan, replegados en la lucidez de sus postulados y relegados al uso esporádico de los estudiosos de la literatura italiana, ser traducidos al castellano y publicados en España. Por ahora lo único disponible es el libro La literatura como mentira, traducido por Mariagiovanna Lauretta y publicado por la editorial Dioptrías en el año 2015.

 


 

Cierta licencia poética contra la claridad

 

Giorgio Manganelli

(Traducción de Ernesto Bottini)

 

En la edición del Messaggero del pasado 9 de febrero, Edoardo Sanguineti cita con feliz pertinencia una afirmación hecha por Valéry, según la cual la claridad es un concepto tratado habitualmente de forma oscura. Creo que eso está muy bien dicho porque, me parece, este oscurísimo problema de la claridad está viciado ab origine: el asunto de la claridad queda confiado al lenguaje, que no es claro ni pretende serlo. El desgaste que provoca ser claro obra a contracorriente del lenguaje, y se produce por el intento de restringir la volátil vitalidad de la lengua, de las frases. «Explicar» significa «plegar el lenguaje para que diga unas pocas cosas, e incluso una sola cosa»; pero el lenguaje es una forma serpenteante, un animal lúbrico. Esto lo sabemos, y cuando no asumimos como irritante e insensata la tentativa de reducir el discurso a una claridad plausible, nos construimos la ficción de decir algo sobre lo que todos estamos de acuerdo, como si cada uno supiera exactamente qué es lo que quiere decir en cada momento. El lenguaje de la política, por ejemplo, es pródigo en la combinación de deliberadas oscuridades y claridades según le conviene.

 

Por el contrario, el discurso didáctico, destinado a la divulgación de conocimiento entre los ignorantes, tiende a limitar la gama del significado, a borrar el matiz, el halo misterioso que envuelve la lengua. Puede que en el campo científico esta forma de operar sea menos desesperada: pero cuando leemos un texto destinado a la didáctica de la filosofía o de la literatura, estallan todas las contradicciones de la operación. Para la escuela se realizan, naturalmente, apropiados manuales de Historia de la Filosofía, o de la Literatura. Apropiados, en el sentido de que sus autores han leído los textos y organizado una bibliografía adecuada. Pero, ¿es posible glosar una filosofía? Creo que no. La filosofía, ejercida como tal y no como parte de una didáctica, es un tratamiento específico del lenguaje; toma al lenguaje por lo que es. El filósofo, por tanto, está destinado a extraer claridad de la oscuridad en una tarea inusitada y por ello ardua, y será acechado –es la lengua- por la tentación de una claridad que se ajuste a su conveniencia.

 

El que quiera resumir a un filósofo deberá tener una disposición mental opuesta: deberá explicar lo oscuro, extender lo claro, limar la natural contradicción –el lenguaje genera constantemente contradicciones- y procurar hacer fácil aquello que ha nacido para conquistar las zonas de oscuridad. Recuerdo que de niño leí el capítulo titulado «Platón» en la vieja y autorizada Historia de la Filosofía, de Lamanna (1). El texto era a su manera claro, concienzudo. Al leer sobre Platón, tuve la sensación de que era impreciso y de que no le hacía justicia. Cuando pude al fin leer los textos de Paltón comprendí la diligencia del trabajo de aproximación, poda y moldeado que había emprendido, no sin delicadeza, el profesor. Entonces me di cuenta de que un filósofo es inevitablemente inquietante, y de que un historiador de la filosofía está obligado a ser tranquilizador: se entiende todo y no pasa nada. La filosofía, desde esta perspectiva, es una «materia», y no tiene como finalidad ponernos en crisis con nosotros mismos. El único historiador de la filosofía que no logra tranquilizar es aquel que también es un filósofo, aquel que trata la filosofía ajena con ira y con amor, señalando todo aquello que resulta preocupante con la luz cegadora del lenguaje, sin verse constreñido por el vaivén de la pedagogía.

 

En definitiva, tiene algo que enseñar solo aquel que no quiere enseñar. ¿Se da alguna circunstancia en la que el lenguaje sea activo, precisamente, a causa de lo que es, de su polimorfismo monstruoso y mistérico? Por supuesto: eso es la literatura. ¿Hay una claridad de la literatura? Según yo lo veo, no puede existir tal cosa. ¿Deberíamos entonces decir que un texto literario es inevitablemente oscuro? No exactamente. Pretendo decir que si bien hay textos literarios claros, esta claridad es completamente irrelevante para su existencia como literatura. De igual manera, la oscuridad no dice en sí misma nada decisivo. Si tomamos un poema de Petrarca debemos reconocer, al menos, que es claro. Sería fácil parafrasearlo, hacer un resumen fiel; sería fácil, pero no tendría sentido. La claridad petrarquiana comparte la cualidad más secreta y específica del lenguaje: la complejidad. Un verso como «Quanta aria dal bel viso mi diparte» (2) resulta clarísimo, y a la vez está cargado de una complejidad tan sutil que no solo es imposible de resumir, sino que es imposible de tocar. Un verso es como un fantasma. Todo lo que podemos hacer es verlo, y temerlo. La extraordinaria fascinación que produce Petrarca reside en la compleja densidad insondable sostenida por un léxico y un fraseo «claro». Ahora bien, la complejidad característica del lenguaje, y por tanto de la literatura, sea esta cual fuere, no puede ser resumida. Es más, diría que en literatura no hay nada resumible, y si puede resumirse entonces no es literatura. Así, la historia literaria resulta un enjambre de manifestaciones de afecto, de investigaciones conceptuales, de documentaciones históricas, de análisis de fragmentos de textos. Esto no significa que no pueda haber una bella e incluso una bellísima Historia de la literatura. Pero la condición es la misma que para la Filosofía: la llamada Historia de la literatura debe ser Literatura. Como pasa con nuestro De Sanctis (3), que está plagado de errores en sus referencias y que unas veces me resulta detestable y otras adorable, como le pasa a cualquier escritor. Pero no todos los escritores son complejos y claros. Hay escritores oscuros. ¿Qué significa esto? Dante fue -y es- un escritor oscuro. Manzoni es claro; Joyce es oscuro. Se ha repetido mucho que la complejidad debía coincidir con la claridad. En realidad no se decía complejidad, sino poesía. Il canto di Francesca es poesía, pero Paradiso resulta una máquina extremadamente sospechosa. Hoy las cosas son de otra manera. Un escritor puede ser oscuro por fascinación, por sentirse llamado a una suerte de complejidad que solo se alcanza después de atravesar la oscuridad. Cuando Eliot escribió The Waste Land pareció un provocador. Pero hoy Eliot es un clásico, y su idea de la oscuridad ha enseñado por medio de qué tinieblas es posible alcanzar el súbito deslumbramiento –no claridad- de lo complejo. Pienso en la Sibila de Dante, en  sus «foglie lievi» (4). ¿Hay algún instrumento capaz de explicar el enigma?

 

 

Notas del traductor:

 

1- Eustachio Paolo Lamanna (1885–1967) fue una figura referente de la enseñanza universitaria de la filosofía en Italia. Rector de la Università di Firenze entre 1953 y 1961, Lamanna pasó de apoyar a Benedetto Croce en su resistencia al fascismo a ser uno de sus más prestigiados apólogos.

 

2- Francesco Petrarca. Canzoniere, CXXIX, 60: «Cuánto aire de su bella faz me aleja» (versión de Ángel Crespo).

 

3- Francesco De Sanctis (1817-1883) publicó su Storia della letteratura italiana en dos volúmenes (1870 y 1871, respectivamente) como un encargo del editor napolitano  Antonio Morano. Aunque esta es su obra más famosa, De Sanctis fue uno de los ensayistas y críticos literarios más importantes e influyentes del Ottocento.

 

4- Se refiere a Paradiso, Canto XXXIII, 64 («cosí la neve al sol si dissigilla,/ cosí al vento nelle foglie lievi,/ si perdea la sentenza di Sibilla»): «así ante el sol la nieve se deshila;/ así en hojas, al aire, en la foresta,/ sus oráculos lanza la Sibila» (traducción del Conde de Cheste).