Sylvia Molloy (1938-2022)Sylvia Molloy fue una referencia de los estudios literarios de la diáspora latinoamericana en la órbita de la academia anglosajona. Radicada en los Estados Unidos desde la década de 1970 hasta su muerte el pasado mes de julio, sus trabajos críticos y académicos constituyen la piedra de toque para identificar buena parte de las tendencias más estimulantes y productivas del análisis literario contemporáneo. Ocupó la cátedra de Humanidades Albert Schweitzer en la New York University, donde creó en 2007 la Maestría en escritura creativa en español, la primera en los Estados Unidos.

 

Sylvia in the sky with animals

 

Publica Soy

 

Por Daniel Link

 

Después de una larga convivencia con el cáncer, la mañana del 14 de julio Sylvia Molloy (1938-2022) decidió trasladarse a otra parte.

 

Murió el día de la Bastilla y Emily Geiger, su compañera, señaló que seguramente Molloy estaba ya en las barricadas parisinas. Sylvia se había doctorado en Literatura Comparada en La Sorbona en 1967, así que conocía bien el territorio y también el espíritu de la revuelta, que ella ejercitaba con ironía y con las mejores maneras.

 

Copio los datos más fríos que sobre ella provee Wikipedia: se desempeñó como becaria de la Fundación Guggenheim, del National Endowment for the Humanities, del Social Science Research Council, y de la Fundación Civitella Ranieri. Presidió la Modern Language Association of America y el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. La Universidad de Tulane le otorgó el título de doctora Honoris Causa.

 

Enseñó en las universidades de Yale y Princeton, donde fue la primera mujer en conseguir un puesto titular en 1974.

 

Algunos años después, cuando iba en su auto hacia Princeton, paró el auto en la banquina, se preguntó qué estaba haciendo y giró en redondo para volver a su casa en Nueva York. Ocupó la cátedra de Humanidades Albert Schweitzer en la New York University, donde creó en 2007 la Maestría en escritura creativa en español, la primera en los Estados Unidos.

 

Pero esa cadena de logros y de honores, aún con todo su brillo, dice más bien poco sobre las razones para explicar nuestro dolor. Sylvia fue para muchas generaciones de estudiantes de todas partes de América latina la más generosa tutora, la más amable maestra, la amiga más cariñosa. Yo no fui su alumno, pero siempre quedó claro que era mi maestra, mi amiga, y que amábamos a los mismos seres (personas y animales: Cartulina, nuestra gata ya muerta, la acompaña en sus fotos).

 

Sylvia nos queda en sus libros de ensayo y sus novelas, que fueron y son esenciales porque abrieron nuevas perspectivas para pensar las articulaciones entre género(s), sexualidades disidentes y escrituras en América latina.

 

Molloy no sólo se encargó de situar esos problemas en un horizonte de comprensión y de actuación en el mundo, sino que inventó un dispositivo para leerlos (Acto de presencia: la literatura autobiográfica en Hispanoamérica; 1997 y Poses de fin de siglo: desbordes del género en la modernidad, 2013 son apenas dos ejemplos).

 

Publicó cinco novelas deliciosas, la primera de las cuales, En breve cárcel, instaló en la noche de la dictadura una voz abiertamente lesbiana, destituyente y por lo tanto impublicable en Buenos Aires. El libro circuló en fotocopias hasta que recién en 1991 lo editó Simurg. Desde ese momento, Molloy se encargó de subrayar que “Me sentiría defraudada si mi novela fuera reconocida sólo por las lesbianas”. Ese libro incluso fue incluido en una colección de Soy.

 

En El común olvido, su segunda novela, el punto de vista es el del protagonista gay, tensionado entre lenguas y perdido en laberintos de memorias familiares que debe desentrañar. No porque alguien le haya ocultado verdades, sino por su torpeza para verlas.

 

El deseo, la memoria, los vínculos, las lenguas, las formas de vivir y los gestos del amor y del acompañar: esos temas de las ficciones y los ensayos de Molloy nos iluminaron desde siempre y nunca dejarán de estar, para decirnos que incluso en los momentos de mayor desesperanza su caricia vendrá desde el otro lado de la barricada, allí donde nos espera sonriendo, rodeada de murmullos prenatales.

 

A Sylvia no hay forma de llorarla todavía, porque no hay tampoco forma de aceptar su ausencia.

 

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Los Molloy

 

Por Alejandra Uslenghi*

 

Sylvia leyó, pensó y escribió como pocas, construyendo una obra literaria y crítica cuya significancia marcó la segunda parte del siglo XX latinoamericano y abrió nuevos rumbos para el XXI. Ella es el eslabón entre la crítica erudita, cosmopolita del grupo Sur —se metió con el gran escritor de su siglo, Borges, sin reparos y lo arrojó a la contemporaneidad más moderno aún — y un presente para el que inventó dispositivos y claves de lectura propios ampliando nuestra capacidad de análisis a todo lo reprimido y soslayado en los gestos fundacionales de la literatura latinoamericana. Hizo emerger de un siglo 19 encorsetado, polvoriento, violento y elitista, un modo irreverente, sutil y disidente para leer en clave de género, anti-norma y en goce estético todo el edificio identitario que seguimos desconstruyendo gracias a sus ideas. En un ambiente muchas veces patriarcal, competitivo, injusto como puede ser la academia, Sylvia construyó también un tejido profundo de lazos afectivos, una familia queer, entre sus estudiantes, colegas y amigues.

 

En ese círculo amoroso amparó a los expatriados de tantos países que llegaban a Nueva York en busca de libertad, de un espacio para repensarse y reinventarse, con la sabiduría de quien había recorrido ese camino primero y concebía su mundo más allá de las fronteras lingüísticas y culturales. Formó a toda una generación de críticos que hoy se dispersan por la academia norteamericana, latinoamericana y europea y que nos reconocemos como esa suerte de cofradía de Los Molloy, donde ese sustrato intelectual y afectivo nos acerca y nos sostiene. La constelación Molloy es hoy rica en lenguas, nacionalidades, ideas y conceptos gracias a su inmensa generosidad. Sylvia escuchaba el deseo de sus estudiantes, intuía el hilo singular que ligada su universo literario y teórico con el otro y enseñaba a tirar de ese hilo hacia otros espacios; no buscaba que la siguiéramos ni prolija ni obedientemente, se disgustaba si se la colocaba en el lugar del oráculo de sabiduría.

 

Ella esperaba atenta en el transcurrir de una conversación, en las horas de magnífico diálogo que podían tener lugar en sus seminarios, en llamadas telefónicas a deshoras, durante un café o en ese espacio tan singular que la academia norteamericana llama “horas de oficina” —especie de charla terapéutica, examen oral y banquillo de acusado todo junto—, un momento de chispa de sorpresa, de innovación y novedad que podía emerger tanto en el murmullo del texto como del chisme, pero que diera vuelta la lectura que hasta entonces era suya, para enviarnos raudamente en esa dirección, hacia afuera, más allá, en búsqueda de la voz propia.

 

Tanto se escribió en estos días sobre su voz singular, pero creo que fue una voz activada siempre por la conversación, por el pensar con el otro, dejando aflorar allí una subjetividad profanadora, inmodesta, desfachatada y fresca que le devuelve cuerpo, gesto y afecto al juicio estético. Ese es también un modo de leer, de deconstruir los textos, como ella nos enseñó a hacer con sus lecturas de Sarmiento y el desliz en la crónica de viaje de tono grandielocuente donde aparece la figura del peluquero francés; o en la crónica de Martí cuando del análisis del platonismo estético de Wilde, emerge su pelo ensortijado y el deseo desborda en fascinación y recelo; o cuando la compleja necrológica del mismo autor escrita por Darío, termina condensándose en la imagen de un perro muerto, que para Sylvia en su afinidad electiva con la vida animal era una de las escenas más violentas y condenatorias del modernismo.

 

Así, sus gallinas tenían nombre de primeras damas y en su discurso como presidenta del MLA no empezó con la posición consabida del momento preguntándose si el subalterno podía hablar, sino con el “¿podemos hablar?” de la comediante stand-up Joan Rivers, una pose que le salía genial.

 

Como ella lo señaló, nunca hay poses inocentes, ya que la pose misma es el primer momento de una performance de si; siempre una invitación a la interpretación, donde el cuerpo dice lo que discurso maliciosamente calla. Ese inmenso legado intelectual y afectivo se vuelve trasmisible a través de Los Molloy, quienes honramos lo recibido al continuarlo y pasarlo a otra generación, desapropiándola, dejándola ir para el descubrimiento y goce de otres.

 

*Alejandra Uslenghi es crítica y docente en Northwestern University.

 

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El más allá de Molloy

 

Por Lina Meruane*

 

Se nos fue Sylvia Molloy. Emprendió lo que será, sospecho, su último viaje a la tierra lejana del más allá. Lejana y cercana, debiera decir y me corrijo, porque el más allá o el más afuera fue una idea vertebrante en su escritura de la disidencia. El extravío y la “errancia” de la que hizo parte posicionó tempranamente su mirada crítica e informó decisivamente su intervención en la escena latinoamericana del género.

 

Ese pensar desde la orilla, ese re-flexionar lo propio en la distancia, era una manera tan suya, tan persistente además. A la Molloy que yo conocí, ya mayor, le seguía importando (le divertía, escribió en una oportunidad, aprovechando el doble sentido de divertir) examinar la deriva de la disidencia sexual pero aún más los modos de decir, y sobre todo de no decir, incluso de omitir, practicadas por intelectuales del pasado y críticos de su presente. Con ellos y sus escritos Molloy era implacable, con sus alumnes, en cambio, era una maestra sagaz: estaba empeñada en iluminar para nosotres las rutas de esos desvíos que tantos se negaron a llamar por su nombre.

 

Sus acercamientos a los textos desde el género (y no sólo en el género) pretendían descarriar la lectura disciplinaria en la que tantes de nosotres, alumnes suyos, nos habíamos educado. Esos acercamientos los ejercía ella incluso (o precisamente) en textos que no se proponían abordar el género o que rehuían el asunto. Recuerdo, por emblemático, su ir más allá en los escritos de viajeros latinoamericanos. En una de aquellas tardes doctorales, extrajo de su maletita rodante sus habituales apuntes en hojas amarillas y letra redonda, y sacó asimismo el grueso tomo de los Viajes de Juan Domingo Sarmiento. Enseguida empezó a glosar las memorias que el argentino, exiliado, había escrito en el barco que a mediados del siglo xix lo llevaría de Valparaíso a Europa.

 

Se detuvo, Molloy, en una escena que la “intrigaba”, ese fue el verbo que eligió. (Ese fue el verbo que seguiría usando, seductora como era con la palabra, para comentar esa escena en un magistral ensayo; fue el verbo con el que retornaría a ese episodio aun décadas después, ya acercándose al final de su vida.) En la sala de clases neoyorquina, Molloy nos hizo notar que el barco de Sarmiento se había desviado, por los vientos, hacia el archipiélago de Juan Fernández y había varado en la remota isla de Más Afuera. Releyó en voz alta el encuentro del viajero con cuatro náufragos que constituían una curiosa comunidad sobre la que Sarmiento, incomodado, prefirió no indagar.

 

Molloy afirmaría que ese no querer saber en un intelectual que quiso saberlo todo, era un modo de destituir el desvío de género de la reflexión teórica y de la vida política. El proyecto de Molloy no era entonces rescatar textos perdidos de su naufragio ni ingresar, acaso falsamente, esos textos a un canon del que habían sido excluidos, normalizando su transgresión: Molloy estaba más bien fisurando las lecturas de género establecidas en la literatura y en otros discursos.

 

Se había adelantado a todo, Molloy, incluso al estallido de los géneros que ella misma nos había instado a pensar, pensé yo, ya despidiéndola, diciéndome que quizás recién estábamos empezando a alcanzarla en este allá.

 

*Lina Meruane (Chile) es novelista, ensayista y docente en NYU.

 

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Gloria

 

Por Sylvia Molloy

 

Empecemos por el nombre: al principio le pusimos Gloria. Daba vueltas por el jardín, se instalaba en el patio al lado de una de nosotras, no cejaba en sus intentos de que la adoptáramos, cosa que por fin hicimos y entró en la casa. De ahí el Gloria: “Little Gloria, happy at last” como se había dicho de la niña heredera de los Vanderbilt. Quedó para siempre agradecida (esas cosas con los animales se saben), cuando todavía salía a corretear (luego se apoltronó) volvía siempre con algún regalito, los restos de un ratón, la oreja de un conejo. Minuciosamente lo depositaba a los pies de una de nosotras, era muy atenta, como decía Borges de aquella muerta que, según una amiga suya, había regresado en uno de sus sueños para despedirse. A veces esa atención llegaba al límite. Una tarde apareció un pájaro muerto en el corredor, y mientras yo lo recogía para llevarlo al jardín, entre asqueada y compungida, agradeciendo el regalo pro forma, emergió un segundo pájaro maltrecho de detrás de un sillón. Gloria había traído uno de repuesto.

 

De Gloria pasó a ser Glory. Cuando yo me recuperaba de aquel accidente en que me rompí la pierna, alguien me dijo que los gatos, o más precisamente el ronroneo de los gatos ayudaba a soldar los huesos. Esa opinión, para nada científica pero no por ello necesariamente errónea, fue reafirmada por una amiga. Me pasé dos meses en el cuarto que daba al jardín, sin poder caminar, con la pierna en alto, envarillada, y Glory en la falda. Leí mucho ese verano, no recuerdo demasiado bien qué. Leía, acariciaba la gata que ronroneaba, aletargada, hasta que también me quedaba dormida. Rara vez soñaba, el accidente me había dejado la mente en blanco. Todavía no sueño, yo que armaba ficciones con mi deambular onírico, pero esa es otra historia que prefiero no contar.

 

Glory tenía el hábito de tragar saliva, como quien, disponiéndose a hablar en público se aclara la garganta. Esto que parecía un tic gracioso se debía, descubrieron, a un tumor implacable. No había cura, sufría, hubo que sacrificarla. Tuve que irme varias veces del cuarto mientras el veterinario esperaba que surtiera efecto el sedante brutal que le administró primero para luego darle el barbitúrico que le pararía el corazón: el mismo procedimiento que se sigue, según parece, con los presos condenados a una muerte que no siempre es inmediata y puede ser dolorosa. Volví a entrar al cuarto cuando le dieron la segunda inyección: quería verla irse. Se fue como quien se va. Al ver el cuerpo muerto me dije que como todo cuerpo muerto parecía un trapo, que la gata me había ayudado a curarme y que yo no había podido retribuirle el favor.

 

Fragmento de Animalia de Sylvia Molloy, de próxima aparición por Eterna Cadencia Editora.

 

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The Buenos Aires affair

 

Publica elDiario.ar

 

Por Sylvia Molloy

 

Cuando escribí mi primera novela, En breve cárcel, estaba decidida a borrar todas las referencias espaciales y a que la acción (si esa es la palabra pertinente) transcurriera en un lugar vaciado de cualquier rasgo particular y lo más abstracto posible. Este gesto más o menos pretencioso debía impedir que el lector pudiera identificar la ciudad o, en este caso, las ciudades, y que entonces resultaran irreconocibles y por lo tanto algo (no mucho) ominosas. Hacia el final de la novela, con un gesto tan pretencioso como el anterior, revelaba de manera arbitraria la identidad y el nombre de las ciudades. Una de esas ciudades era París, donde había vivido muchos años, la segunda era Buffalo, donde viví muy poco tiempo, y la tercera ciudad era Buenos Aires, donde había nacido y pasado más o menos los primeros treinta años de mi vida. Ahora que lo pienso, creo que mi deseo de enmascarar esas tres ciudades pudo haber sido menos frívolo de lo que podría parecer. Sospecho que no quería revelar la identidad de París porque era demasiado obvio como un lugar de exilio, especialmente para una latinoamericana. A Buffalo prefería evitarla porque, aunque había vivido un tiempo ahí, para mí era como la Polonia de Alfred Jarry: c’est à dire nulle part. A Buenos Aires, se me ocurre ahora, la enmascaré por razones más complejas. La razón más importante, creo, fue que se trataba de una ciudad que para mí, durante mucho tiempo, había sido un lugar familiar y estable, hecho de recuerdos sin duda idealizados que manejaba bien, pero que con cada uno de mis viajes estaba adquiriendo un aspecto inquietante. La represión política complica mucho la ilusión aurática. Es difícil reconocer una ciudad, o lo que una recuerda de una ciudad, si en cada esquina hay un soldado con una ametralladora.

 

En breve cárcel termina con la protagonista esperando en un aeropuerto, aferrada a un manuscrito, a punto de subirse a un avión con rumbo a una ciudad desconocida. Mi segunda novela, El común olvido, comienza cuando el protagonista (un personaje diferente) llega a otro aeropuerto, aferrado a un bolso que contiene una urna con las cenizas de su madre, que él lleva de regreso para esparcirlas en el Río de la Plata y así cumplir con su última voluntad. La ciudad, en este caso, sí está identificada: es Buenos Aires a mediados de los años ochenta. Era hora de volver a casa –para mi personaje y para mí, aunque los dos supiéramos que sólo reconocemos nuestra casa cuando la dejamos atrás.

 

Durante muchos años, cuando enseñaba literatura latinoamericana, jugué con la idea de diseñar un curso sobre Buenos Aires; un Buenos Aires fantasmagórico hecho de referencias y citas literarias. Empezaría en la mitad del siglo XIX con Sarmiento, un Sarmiento que, desde su remoto San Juan, soñaba con una Buenos Aires que fuera el faro civilizatorio que salvaría a la Argentina del barbarismo revoltoso e ignorante, a pesar de que él nunca había pisado la ciudad. En efecto, la primera vez que Sarmiento vislumbró Buenos Aires fue desde lejos, a bordo de un barco anclado en el Río de la Plata, en el que estaba por partir rumbo a Europa. Este defensor de Buenos Aires conocería Rio de Janeiro, París, Madrid y Roma muchos años antes de llegar a la ciudad para apropiársela. Después de Sarmiento, seguiría armando esta Buenos Aires imaginaria construida a fuerza de deseos con Lucio Mansilla que escribió, durante la década de 1880 en el umbral de grandes olas migratorias y gigantescas transformaciones urbanas, un emotivo libro de memorias en el que evoca una ciudad a punto de experimentar cambios radicales, que todavía era una “gran aldea” que mantenía sus costumbres coloniales mientras comenzaba a transformarse en una cosmópolis. Después de Mansilla, pasaría a Borges y su desafiante gesto literario fundacional de recrear una Buenos Aires ominosa, extraña y marginal; y después, Alfonsina Storni y sus inconfundibles paisajes urbanos, para pasar luego a las caminatas melancólicas por barrios obreros de El sueño de los héroes de Adolfo Bioy Casares, y a Rayuela de Julio Cortázar, a mitad de camino entre París y Buenos Aires, y lo fantasmal de La ciudad ausente de Ricardo Piglia, y quizás a Manuel Puig de quien tomé prestado el título para este artículo. Nunca llevé a cabo este proyecto de curso, pero tengo siempre en la cabeza muchos pedacitos de estos textos, y así, cuando pienso en la ciudad, la imagino como una topografía de citas. Convertí a Buenos Aires en un reservorio de invenciones literarias. Podría decir sobre la ciudad lo mismo que Calvino dice sobre París: “es una obra de referencia gigante, una ciudad a la que se la puede leer como se lee una enciclopedia”.

 

Cuando vuelvo a Buenos Aires –y viajo todos los años– trato de que no se note que no vivo ahí. Y sin embargo, sin importar cuánto me esfuerce, siempre me descubren. Reacciono sorprendida, cuando tendría que mostrarme blasé. Veo artistas callejeros en los semáforos (algunos son niños) haciendo malabarismos mientras los autos esperan que las luces cambien de color, y ahí es cuando uso alguna expresión equivocada. “Qué actuación más peligrosa”, digo mientras pasan corriendo por el costado de los autos pidiendo dinero. “No se preocupe señora, hacen una fortuna”, comenta mi taxista sin un atisbo de simpatía. “Y además, son todos serbios”, insiste con un tono enigmático. “Pero, me parece que usted no es de acá, ¿no?” Voilá: me descubrieron. Como los supuestos serbios, soy víctima de su queja xenófoba. No entiendo nada.

 

No es que no sepa cómo llegar a diferentes lugares, o que me haya olvidado el nombre de las calles. Las tengo grabadas en la mente pero ya no como conocimiento vivo: son parte de un archivo al que acudo cuando las necesito. Desde lejos, las recubrí del poder que tienen los talismanes. Me gusta decir sus nombres en voz baja, para adentro. Y muchas veces, cuando me cuesta dormirme, recito las calles de Buenos Aires para olvidarme de las preocupaciones que me mantienen despierta: Charcas, Paraguay, Córdoba, Viamonte, Tucumán. Lo que perdí definitivamente es mi viveza, mi saber de la calle, y creo que eso no lo voy a recuperar. A pesar de que lo deseo y lo intento, no paso por porteña. [...]

 

Aunque nunca enseñé el curso sobre fantasmagorías de una Buenos Aires hecha de alusiones literarias y citas prestadas, el proyecto me persigue. Cuando empecé a escribir El común olvido, la idea del curso volvió a mí, y dejé que entrara en mi ficción. Quería recuperar las voces de los otros, reciclar fragmentos y pedazos de textos no necesariamente memorables o prestigiosos, pero que, por las razón que fuera, en algún momento captaron mi atención. Quería recuperar historias, pero sobre todo voces, lo que la gente decía y el tono en el que lo decía, el parloteo de la ciudad en la que nací y viví en diferentes momentos de mi vida. Esta reconstrucción –una suerte de arqueología de chismes y cuentos– no era nostálgica. No sentía que estaba tratando de invocar un mundo perdido; me estaba divirtiendo. Era un placer reescribir y volver a contar historias que hablaban de la ciudad que amo; era una especie de homenaje.

 

Cuando me preguntan si alguna vez voy a volver a vivir a Buenos Aires, siempre dudo antes de contestar, nunca doy la misma respuesta, y a veces ni siquiera respondo. En las semanas posteriores a la caída de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, pensé constantemente en Buenos Aires, soñé con la ciudad muchas noches seguidas. Estos sueños (o recuerdos–ya no sé cuál es cuál) eran sobre un pasado lejano, cuando todavía no sabía que no iba a pasar toda mi vida en Buenos Aires; sueños (o recuerdos) de voces, casi todas felices, a pesar del ruido de los helicópteros que volaban sobre Nueva York, que a la vez me traían otros recuerdos de Buenos Aires, menos lejanos y menos felices. Después del 11 de septiembre el clima de Nueva York se inmobilizó, la ciudad parecía suspendida en un otoño agradable y soleado, como si el tiempo se hubiese detenido. Ese año no hubo invierno. Creo que todo esto hizo que me sintiera desorientada, me parecía que estaba –físicamente– en Buenos Aires. El clima parecía el de Buenos Aires: primavera en septiembre y octubre, y verano a fin de año, la proximidad de navidad con olor a fresias y gardenias. Hasta el perro que ladraba en el edificio detrás del nuestro en Manhattan se parecía al perro que ladraba en el jardín de mis vecinos pidiendo que lo dejaran entrar cuando yo era chica. Las experiencias traumáticas crean el deseo de volver a casa, a cualquier casa que una se fabrique en cada ocasión, y mi casa inventada en ese momento fue Buenos Aires, una Buenos Aires que siempre me acompaña. Es mi manera de volver.

 

Fragmento de “Afterword: The Buenos Aires Affair”, PMLA, 122: 1 (January 2007), págs. 352 – 356.