Nelly Richard: Arte y políticaTeórica, crítica y ensayista, Nelly Richard (1948, Caen, Francia) es ampliamente reconocida en el ámbito de los estudios culturales y el feminismo. Egresada de la carrera de Letras modernas de la Sorbona (París) y radicada en Chile en la década de 1970 desarrolló diferentes proyectos relacionados a la teoría y la crítica en las artes visuales. Fundó y dirigió la Revista de Crítica Cultural (1990-2008), y coordinó la cátedra “Políticas y estéticas de la memoria” del Centro de Estudios Museo Reina Sofía de Madrid (2019-2021), entre otras actividades académicas y culturales que la tienen como referente.

 

Por Marina Sepúlveda

 

Publica Télam

 

Richard es autora de numerosas publicaciones, entre las que se encuentran las más recientes "Zonas de tumulto: memoria, arte, feminismo" (2021),  "Abismos temporales. Feminismo, estéticas travestis y teoría queer" (2018), “Latencias y sobresaltos de la memoria inconclusa” (2017), “Diálogos latinoamericanos en las fronteras del arte” (2014), “Crítica y política” (2013), “Crítica de la memoria” (2010),  “Feminismo, género y diferencia(s)” (2008 / 2018), entre otras.

 

En la entrevista que generosamente dedica a Télam, Richard toca temas ineludibles como la situación en Chile y la nueva Constitución, la revuelta del 2019, la extensa transición democrática, los feminismos y la necesidad de aunar fuerzas con otros sectores, entre otros temas que se articulan con su trayectoria o sus consideraciones sobre el pensamiento crítico que entrelaza política, memoria, resistencias, pensamientos que impactan en lo cotidiano desde vivencias retroalimentadas.

 

Este jueves, la ensayista recibirá el Doctorado Honoris Causa en Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) con la presencia del nuevo rector de la UBA, Ricardo Gelpi, además de autoridades y público en general. Como cierre Richard ofrecerá una conferencia titulada “Tramas: lo político, lo crítico y lo estético”.

 

¿Cuáles son los “nudos" que le hacen reflexionar sobre el lugar de creación y pensamiento crítico? “La figura del ´nudo´ nos habla de hilos entrelazados que se pueden soltar o apretar. Lo  político, lo crítico y lo estético han sido los ´nudos´ que he querido deshacer y rehacer a lo largo de un trayecto ensayístico que se inició en dictadura y que se topa hoy, revuelta  mediante, con la coyuntura política de un plebiscito por una nueva Constitución. Ha sido un trayecto histórico lleno de sobresaltos”, afirma.

“Mi interés ha sido constante en abordar estas categorías o repertorios -lo crítico, lo político y lo estético- en términos de asociaciones pero, también, de quiebres y disociaciones. ¿Cuáles son las tramas que comparten lo político y lo estético y cómo se diferencian sus figuras y operaciones en el orden de las transformaciones sensibles, del compromiso ético con la memoria y la justicia,  de la emancipación de la subjetividad y del trabajo  crítico con aquello que convoca la imaginación? Estas son las preguntas que me sigue interesando abordar”.

 

-¿De qué manera se puede leer desde el presente el arte chileno como memoria y resistencia crítica?

 

-Bien es sabido que el arte se siente especialmente urgido al toparse con situaciones desesperadas o convulsionadas. Mis primeros textos datan de los ochenta y giraban en torno a las prácticas artísticas de la llamada Escena de Avanzada que, en Chile, se caracterizó por el experimentalismo neovanguardista de sus intervenciones con el cuerpo y la ciudad en un país militarizado donde regía la persecución y la censura.

Eran prácticas artísticas de riesgo que, desde el campo antidictadorial, diseñaban maniobras de oposición y resistencia creativas al enmarque autoritario y totalitario que asfixiaba las mentes. Durante la transición, operaron el consenso y el mercado como dispositivos de integración a la “democracia de los acuerdos” y a una sociedad de mercado que se propusieron, ambas, silenciar la memoria del pasado traumático de la dictadura para que no chocara con el frenesí del consumo. El arte político y crítico se propuso, entonces, rastrear las huellas de la memoria rota de la dictadura trabajando sobre la figura de la desaparición,  de lo ausente-presente, del duelo y de la pérdida. La transición normalizó lo social y burocratizó lo cultural; el arte se profesionalizó y se academizó según reglas guiadas básicamente por el éxito. El  desafío  para la crítica era el de cuestionar el régimen de disciplinamiento político y cultural que estaba  uniformando los imaginarios sociales con sus imágenes en serie que fabrican mundos lisos.

Hoy, venimos saliendo del contexto de la revuelta social cuyos grafitis convirtieron a la ciudad en un diario mural y que dio lugar a llamativas performances tal como ocurrió con Las Tesis o La Yeguada Latinoamericana. Irrumpieron poéticas festivas y populares. Lo crítico (autoreflexividad del lenguaje) pareció haber quedado subsumido bajo el imperativo de lo “político” que se entendió como réplica  de la expresividad protestataria y contestataria que se propagaba en las calles. Prevaleció, entonces el formato colectivo de obras de intervención directa que tuvieran un alcance comunitario.

 

-En línea con lo anterior ¿Qué espacio tiene el análisis crítico que propone en sus textos para comprender esa articulación entre arte, política, memoria y feminismo?

 

-Hace más de cuarenta años que escribí mis primeros textos sobre “arte y política” y ha cambiado significativamente la estructuración del campo de las prácticas y discursos; los circuitos culturales de inscripción, distribución y recepción de las obras;  los debates teóricos en torno a la función del arte. Pareciera que lo que se reconoce hoy como “arte político” va asociado a obras de denuncia anti-capitalista, anti-racista o anti-patriarcal; obras que toman partido por  identidades estigmatizadas o bien que se sumergen en la comunidad con mecanismos interactivos a cargo de agentes socio-culturales. Pero existen también otras formas de comprender lo político en el arte: aquellas que trabajan con la imagen y sobre la imagen para hacer que el pensamiento estético genere rupturas simbólicas de percepción y entendimiento. Estas rupturas sirven para cuestionar el régimen visual del capitalismo neoliberal,  sometiendo a reflexión el ejercicio de la mirada para que sospeche de la transparencia comunicativa. No existe una forma única de entender el arte político o lo político en el arte, ni tampoco las relaciones entre arte y política. Existen estrategias múltiples de intervención estética que, según los tiempos y lugares, se ponen a prueba en una tensión activa con sus respectivos contextos para desacomodar el modo en que las hegemonías culturales buscan imponer sus poderes y representaciones.  

 

-¿Qué cambios observa en Chile a partir de las protestas populares de 2019 que desencadenaron una sucesión de eventos -más allá de la feroz represión- que llegan con un cambio de la gestión y abordaje político, la puesta en cuestión de los valores heredados de la dictadura? ¿Podría representar realmente un respiro? ¿Es la mirada de los feminismos una respuesta?

 

-La revuelta social del 2019 lo trastocó todo; la gobernabilidad, las vidas cotidianas, la ciudad y sus monumentos, la memoria de la historia, la racionalidad política. Nada quedó en su lugar. El “pueblo”, cuya categoría había sido reemplazada durante la transición por la de “gente”, recuperó su protagonismo como agente de cambios al ocupar masivamente las calles. Chile entero se convirtió en el escenario de protestas que manifestaron su rechazo al modelo neoliberal heredado de la dictadura con su lógica económica que explota a los más necesitados a través de la deuda y el crédito. También hizo crisis el sistema de representación de una democracia formal, no participativa, cuyas restricciones y exclusiones marginaron a vastos sectores de la población convertidos en mayorías silenciosas. La revuelta tuvo un carácter fuertemente destituyente en el sentido del querer revocar-derogar todos los aparatajes de poder que habían capturado las energías transformadoras de la ciudadanía tras el llamado político-institucional a mantener el status quo.

Después de años en los que la población debió plegarse a las reglas transicionales de la moderación y la resignación, repentinamente todo estalló con una fuerza y violencia inéditas.

 

-¿Cómo incidió la pandemia en este proceso?

 

-En el 2020 apareció la pandemia, haciendo que la efervescencia de la protesta se disipara. El gobierno neoliberal de Sebastián Piñera aprovechó las cuarentenas para ejercer vigilancia sobre la ciudad decretando un estado de excepción que volvió a colocar a los militares en las calles, resucitando así el tenebroso recuerdo de la dictadura. Pese a que el tiempo parecía haberse vuelto estacionario durante los largos meses de la pandemia que vació las calles e inmovilizó  los cuerpos sustituyendo la exterioridad pública por la interioridad privada, se organizaron nuevamente las fuerzas políticas y sociales para votar en un plebiscito nacional que le diera inicio a la redacción de una nueva Constitución. La suma de los reclamos contra la salud, la educación, el trabajo, las pensiones, que se manifestaron con rabia durante la revuelta para denunciar  los abusos neoliberales, reforzó la necesidad de que se cortaran los amarres de la Constitución de 1980 redactada bajo dictadura y firmada por Augusto Pinochet; una Constitución autoritaria hecha para restringir la democracia y consagrar el dogma neoliberal de una sociedad de mercado dedicada al lucro y las ganancias empresariales.

El itinerario resultó complejo, lleno de encrucijadas, pero finalmente triunfó el Apruebo con el 80% de una votación que se decidió por una Convención Constitucional integrada por 155 miembros electos sobre la base de una fórmula paritaria, con la participación de independientes y escaños reservados para los pueblos indígenas. Después de un año durante el cual sesionó la Convención Constitucional, se someterá su propuesta de Nueva Constitución a un Plebiscito de salida que tendrá lugar el próximo 4 de septiembre. Confío en que gane el Apruebo, pese a que la ultraderecha, la derecha y el progresismo neoliberal han alimentado con odio y mentiras una campaña mediática hecha para activar fantasmas de caos y destrucción en torno a la irrupción de lo Nuevo. La verdad es que varias definiciones de la Nueva Constitución tienen un aspecto rupturista, comenzando por declarar a Chile “un Estado social y democrático de derecho". Es plurinacional, intercultural, regional y ecológico. Se constituye como una república solidaria. Su democracia es inclusiva y paritaria.

 

La ola conservadora

 

-Ante la embestida conservadora contra el aborto y otras conquistas que se produce en distintos países, hace unos años escribía que el feminismo se encontraba en estado de emergencia ¿Considera que esa situación se profundizó?

 

-Efectivamente, el feminismo se encuentra siempre en estado de emergencia. Un largo aprendizaje nos ha enseñado que no se avanza en línea recta, y que el camino de los avances está lleno de desvíos y bifurcaciones. Por un lado, es indiscutible que el feminismo ha logrado una visibilidad estratégica en las calles del mundo entero gracias a la determinación de los colectivos de mujeres y que ha incidido  con sus puntos de vista en la conformación del discurso público; en la visibilización del tema de la violencia y los abusos sexuales; en deconstruir el modelo tradicional de familia; en la confección de leyes con perspectiva de género; en introducir el tema de la igualdad salarial en el mundo del trabajo; en cuestionar la jerarquía masculina del conocimiento y en remodelar saberes y disciplinas dentro de la universidad; en desmontar el relato patriarcal de la tradición y la cultura, etc. Por otro lado, estos logros que son percibidos como amenazantes desataron la contraofensiva conservadora y autoritaria que lidera la ultraderecha en varios países. Para mí, en todo caso, es deseable que el feminismo salga de la autoreferencialidad de género del “nosotras-las-mujeres” estableciendo coaliciones con otros grupos de identidades que entren en complicidad con su deseo de luchar por modelos de subjetividad menos opresivos que los que nos imponen los sistemas de fuerza o control. Justamente porque los enemigos del feminismo son tan poderosos es que hace falta, más allá del sujeto “mujer”, construir alianzas suficientemente amplias y transversales.

 

-¿Puede Chile o Latinoamérica permitirse mirar a sí mismo y a la región, relegando pensamientos y políticas culturales del norte occidental?

 

-No creo que haya que prescindir de la producción teórica internacional ni tampoco condenarla por el simple hecho de provenir del “norte occidental”. Estamos inmersos en un proceso de apropiaciones, desapropiaciones y contra-apropiaciones de materiales de cita que, desde América Latina, podemos seleccionar y combinar con absoluta libertad. Si bien toda construcción de pensamiento está hecha de intersecciones entre saberes de distinta procedencia, se sustenta en el fortalecimiento de un sitio de enunciación que compromete a la teoría (una teoría “ubicada” y “posicionada”, tal como lo reivindica Donna Haraway) con su propio contexto de producción y recepción. En nuestro caso, el contexto se llama “América Latina” y, más precisamente “Cono Sur” ya que compartimos la trágica experiencia de las dictaduras militares y los dilemas de los procesos de reconstrucción democrática en países traumados por los golpes de estado. Me quiero valer de tu pregunta para insistir en la importancia del diálogo teórico, artístico y crítico entre Argentina y Chile como una forma, también, de reforzar la densidad del intercambio entre producciones intelectuales que guardan relaciones de proximidad y afinidad. En este sentido, es muy significativo para mí que sea la  Universidad de Buenos Aires (máximo símbolo latinoamericano, para nosotros, de lo que debe ser una “universidad pública”) la que me entrega esta distinción Honoris Causa. Y, en especial, que esta entrega provenga de la Facultad de Letras y Filosofía. Es esta una Facultad que he visitado varias veces y guardo vínculos de profunda amistad con varias de sus académicas. La historiadora del arte Andrea Giunta -quien ha estado al origen de este reconocimiento Honoris Causa- ha sido una de las primeras lectoras argentinas de mis primeros textos en la década de los ochenta y me parece emocionante que sea ella la que, cuarenta años después, me presente en la ceremonia oficial del próximo jueves. También es significativo que todo esto ocurra  en la misma Facultad por la que transitaron dos queridas amigas mías -Ana Amado y Leonor Arfuch- que, tristemente, ya no están para acompañarnos. Todas nuestras discusiones -con ellas y varias otras- sobre memoria, cine, imagen, arte, feminismo y política son parte de los “nudos” latinoamericanos que hemos ido deshaciendo y rehaciendo entre todas. Esta solidaridad y complicidad transandinas en el diálogo artístico y político-intelectual latinoamericano  es clave para contraponer a la hegemonía académica e institucional del “norte” nuestras propias elaboraciones críticas. Son elaboraciones que rechazan el academicismo como refugio a salvo de las vicisitudes y dilemas de la vida social y política y que tienen más que ver con las fronteras entre saberes que con las disciplinas propiamente tales. Nos une el practicar travesías entre el intramuro y los extramuros de la Universidad.