Relatos y ensayos: KureishiEstamos siempre al borde de un abismo: esa parece la convicción que se desprende de las piezas que componen Amor+odio, el volumen misceláneo de Hanif Kureishi, dramaturgo, novelista y ensayista inglés de origen paquistaní que irrumpió en la gran escena de la literatura global con El buda de los suburbios. Aquí presenta piezas de origen y estilo distinto, ensayos y relatos que se intercalan sin otro plan que una reunión, pero que dibujan una serie de patrones, ideas y exploraciones alrededor de la experiencia humana del abismo tanto en términos colectivos como individuales.

 

Kureishi se asoma al abismo

 

Publica Revista Ñ

 

Por Flavio Lo Presti

 

Es notable la cantidad de veces que Kureishi habla de los pies y de la necesidad de mantenerlos sobre la tierra, y cómo reaparece la metáfora de algo que se desvanece debajo de ellos: “Debajo de la mayoría de las personas (…) siempre hay un abismo cubierto de hojas y ramas. Pero un día tu pie lo atraviesa, y ves que estás a un último y fatal paso de la eternidad, a un parpadeo de la miseria”. O bien: “Hay un abismo bajo la mayoría de nosotros, y a veces tu pie se sumerge en él, y entonces entiendes algo sobre lo catastrófico y la pérdida”.

 

Hijo de inmigrante y criado en los suburbios de Londres cuando empezó a sonar con fuerza el nombre del recalcitrante Enoch Powell (un político xenófobo del que hay un excelente retrato en el libro) Kureishi parece en este volumen especialmente sensible a toda situación en que las diferencias implican una disminución o aumento de poder, lo que hace que incluso los textos de ficción estén atravesados por la amenaza de la tesis.

 

La piedra de toque del libro es, de hecho, un cuento breve en el que se imagina un futuro dominado por ricos longevos que han conseguido, como forma de distinción, la potenciación de sus orgasmos; el relato está narrado por un esclavo cincuentón que nos advierte que la decisión sobre si vive o no depende de sus amos, a los que tiene que servir de forma degradante.

 

El texto es una respuesta distópica a la pregunta sobre qué tanto mal pueden los humanos hacerse mutuamente, qué tanto daño es necesario, pero a esa misma pregunta se encuentran respuestas diferentes en los ensayos sobre el racismo incluidos en el libro.

 

En primer lugar, el que Kureishi le dedica a E. M. Braithwaite, autor de Al señor con cariño, “un registro de donde estábamos en Gran Bretaña al principio de los sesenta”. A esa caracterización Kureishi agrega una nota negativa: “Podemos ver… lo que ha cambiado y lo que sigue igual. El lenguaje que se usa en la novela para habla de extranjeros e inmigrantes es el que usan hoy los fascistas y fundamentalistas”.

 

En segundo término aparece el ya mencionado retrato de Enoch Powell, el recalcitrante político proto thatcherista que en los años 60 instigaba una repatriación de inmigrantes y abogaba por el libre mercado haciéndose eco de la escuela austríaca de economía.

 

Con un espejo inmediato en el crecimiento de algunas opciones políticas, Kureishi nos advierte del resultado: “Traicionó a sus seguidores, porque lo único que dio fue la breve emoción de la superioridad y el odio. No cambió nada substancial en el mundo, y el capitalismo salvaje y sin conciencia que se derivó de la visión económica que adaptó de Hayek creó riquezas para algunos, pero, por lo demás, no tenía en cuenta las casas ni los trabajos de los seguidores de Powell”.

 

Sin embargo, la nota con la que termina el texto alcanza una cota equilibrada de esperanza: “El experimento neoliberal que empezó en los 80 usa el racismo como entretenimiento depravado, como espectáculo secundario, mientras los ricos siguen acumulando. Pero todos somos migrantes de algún sitio, y, si recordamos eso, todos podríamos ir a alguna parte, juntos”.

 

Uno de los espacios o instituciones en que se anuda la contención de ese abismo al que se asoman lo individual y lo social es el matrimonio, y el análisis de su funcionalidad y disfuncionalidad se lleva algunos relatos y piezas reflexivas.

 

En unos se encara el tema desde un punto de vista negativo, como en “La mujer que se desmayó”: Kureishi pone en foco, ahí, a un ex hippie deprimido que encuentra en una fiesta a la hija de una pareja de su vieja comunidad, a la que prácticamente crió pero con la que ha roto todo lazo.

 

La resistencia al matrimonio de Kafka se analiza también en el marco del equilibrio peligroso entre neurosis y creatividad que constituye la biografía del autor checo, y a partir del film Le week-end, de su autoría.

 

Kureishi nos deja entender su perspectiva, no anacrónicamente apologética pero sí abierta a pensar la dialéctica entre el placer y la administración del tiempo y la energía y de los afectos que se da en el marco de las relaciones conyugales: “La mayoría de nosotros viene de un matrimonio, y, seguramente, de algún tipo de divorcio, y los dos reúnen las cosas más serias: sexo, amor, hijos, traición, frustraciones y propiedades. Las preguntas que giran en torno a las relaciones largas –¿Cómo es vivir con otra persona durante mucho tiempo?, ¿qué esperamos?, ¿qué necesitamos?, ¿qué queremos?, ¿qué relación hay entre la seguridad y el entusiasmo (…)?– son las más importantes que nos podemos hacer”.

 

La nota más extraña del libro se incluye, precisamente, en un texto que teje una reflexión sobre el matrimonio crepuscular entre un intelectual europeo y una inmigrante paquistaní en París: la contraposición entre descripciones muy desventajosas de Karachi, en Paquistán, y el elogio ecumenista de la civilizada Europa, que hace eco también en las descripciones de la Londres cosmopolita en la que vive Kureishi, no parecen matizadas por un panorama de las condiciones globales (y las responsabilidades respectivas) que hacen posible tanto las especificidades de la vida en Occidente y el tercer mundo como las diferencias (aunque también es cierto que están en boca de un personaje, y Kureishi señala explícitamente que un autor no es sus personajes).

 

El otro gran tema que atraviesa el libro es la creación artística, un tema que Hanif Kureishi investiga llegando a conclusiones ambiguas después de atravesar los aspectos involucrados en los procesos de escritura (la competencia inter e intrageneracional –hay relatos muy cómicos sobre la competencia física de padres e hijos–, la función de la procrastinación y el borde necesario del fracaso).

 

Por un lado, frente a las necesidades de equilibrio de la vida en común, el arte funciona como un filo de coqueteo con el caos: el artista necesita desconfiar del orden, de la disciplina instrumentada por el poder para el control social. Kureishi nos dice que el arte viene del caos y va hacia el caos, aunque el recorrido que dibujan sus ensayos sobre la materia terminan acercando su posición a la que (con una implicación más amarga) sostenía Fogwill en alguna novela “ensayística”: el arte trabaja con el caos para producir orden.

 

Pero si en Fogwill esa idea hablaba del arte como instrumento de la ingeniería social, la posición de Kureishi es distinta. El arte tiene un componente cuasi salvífico, en el que funciona como gestor o pivot del conflicto entre el placer y el deber: “Tras una encuesta rápida, veo que los amigos que han aguantado con más alegría, si no felicidad, son los artistas o artesanos (…) El trabajo puede ser excéntrico, exagerado o delictivo, pero el artista tiene que dar forma y controlar las volteretas de su imaginación para hacer algo por los demás”.

 

Pero como hemos dicho, estamos al borde del abismo, y ese oído para el caos del artista puede ponerlo a tiro de gente como Jeff Chandler. Hacia el final, la crónica de la seducción de un ser maligno y banal que estafa a Kureishi, ese micro estudio de la banalidad más banal del mal, vale la lectura completa de Amor+odio, sobre todo para los que estamos especialmente interesados en los canallas y los charlatanes, pero también como cierre ilustrado de ese merodeo en torno al maelström oscuro que amenaza debajo de nuestros pies.

 

Ficha:

 

Amor+odio

Hanif Kureishi

Traducción de Mario Amadas

Anagrama, 200 págs.

 

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El ciberespacio reemplazó a las drogas: Entrevista con Hanif Kureishi.

 

Por Mariano Horenstein

 

Hanif Kureishi me recibe en el comedor diario de su casa victoriana ubicada en West London, cerca de Shepherd’s Bush. Es un sesentón bajo de piel cetrina, mirada parca y cuerpo trabajado que viste de entrecasa –guarda algún parecido con Kafka, cuya foto nos mira desde la cocina. Pese a haber tramado su literatura en torno a su origen –madre inglesa, padre paquistaní– Kureishi es inglés de cabo a rabo. La puntualidad y el té son apenas indicios.

 

Kureishi podría ser Kafka, solo que su literatura está arraigada a la vida y habitada por el deseo. Como él mismo: tres hijos –quienes viven con sus madres en el vecindario– y una novia italiana bastante menor hablan de ello. La literatura en su caso es un asunto genealógico, se transmite de padres a hijos. Su padre, un prolífico escritor inédito; él mismo, un escritor de culto que escribe novelas y ensayos, obras de teatro y guiones de cine e incluso dirige sus propias películas; uno de sus hijos también escribe. “Pero todos mis hijos –dirá– quieren trabajar en películas y televisión, que es el presente y el futuro. No quieren escribir novelas, no leen novelas”.

 

Kureishi podría ser el Kafka que hablara –refiriéndose al judaísmo– de “mi pueblo, en caso de que tuviera uno. Crecí leyendo a Philip Roth. Su experiencia con la comunidad –en tanto estadounidense judío– fue similar a la mía. Me gusta no estar integrado. Cuando era niño quería estarlo, claro, pero no estar integrado es una hermosa idea”.

 

Quizás ese desajuste sea una de las razones que lo acercan al psicoanálisis. “El psicoanálisis –dice Kureishi– promueve la idea de que cualquiera es un extranjero, extraño frente a su propio inconsciente y el de otros. Yo no quiero estar integrado”. Al igual que Roth y Kafka, Kureishi ha escrito acerca de su padre. También ha debido hablar de él. En veintitrés años de análisis, dos veces por semana, con el mismo analista, habrá tenido tiempo de hacerlo. “Acabo de empezar”, dice, no sin ironía, y cuenta cómo toma la bicicleta para ir a sus sesiones “con los nervios de una primera vez, para tener la mejor conversación de mi vida”.

 

–No es fácil ir más allá del padre, tuviste que “matarlo” para ir más allá que él, y has ido mucho más lejos como escritor.

 

–Mucho más lejos, sí. Necesité que mi padre muriera para escribir libremente Mi oído en su corazón. Tuve que esperar que mi padre muriera antes de hacer muchas cosas: antes de tener hijos, antes de enamorarme... Lo mantuve vivo y lo maté poniéndolo en un libro, como hizo Kafka.

 

–Fue difícil porque era un patriarca, un gran hombre. Pero era también un hombre muy débil. ¿Es más difícil deshacerse de un padre débil que de un padre fuerte?

 

–Mi padre estuvo enfermo durante los últimos veinte años de su vida. Tuvo muchos ataques cardíacos y fue también un fracaso como escritor. Era un inmigrante y creo que siempre se sintió infeliz y alienado en Inglaterra. Entonces, aunque era mi padre, era un hombre humillado al que era difícil “matar”. Pasé mucho tiempo en mi juventud tratando de mantenerlo vivo, de escuchar sus historias, sus sueños, las novelas que quería escribir. Entonces fui, podría decirse, su analista, su apoyo, su amigo, su hermano, tanto como su hijo. Un padre así, un padre débil que no puedes tirar a la basura es una idea más compleja que cuando tú y tu padre son ambos fuertes y luchan. Es imposible. Pero lo que puedes hacer es evitar que sea un límite para ti, poder moverte más allá de tu padre. Y a la vez amarlo.

 

–En ese libro te inventaste un padre...

 

–Claro, lo inventé. Pero tanto como una invención mía fue una persona. (En ese momento, como si necesitara mostrar una prueba física de ello, se levanta, busca y me muestra un cuaderno de tamaño oficio y tapas oscuras, escrito sin darle respiro a las hojas en una letra prolija de oficinista). Tengo los diarios de mi padre aquí, que leo y leo. Pienso sobre ello.

 

–¿Es cierto que el psicoanálisis salvó tu vida?

 

–Muchas veces, de muchas maneras. Impidiéndome ser autodestructivo, me salvó de eso que no es poco. Y también me permitió aprender a hablar. Yo tuve que aprender y lo hice escuchándome hablar. Y escuchándome no hablar, ahí donde está el límite, lo que puedes pensar pero no puedes decir. Hoy en Londres alguien que se siente algo deprimido, va al médico que le prescribe pastillas. El análisis no te promete felicidad. No te promete nada. Nada excepto sentarte en una habitación y hablar. Me encantan las drogas, pero solo las ilegales. El psicoanálisis no ofrece nada. Aunque puedo decir que salvó mi vida.

 

–Hay fuertes lazos entre psicoanálisis y literatura.

 

–El psicoanálisis para mí siempre ha estado más cerca de la literatura y la filosofía que de la ciencia. Psicoanálisis y literatura se iluminan el uno al otro.

 

–Susan Sontag ponía de relieve el aspecto estético de la sesión analítica, como una suerte de instalación o performance.

 

–Es una performance, sí, podría decirse. No hay otra idea en el mundo como la de la sesión psicoanalítica, ¿o sí? Dos personas sentadas en una habitación por veinticinco años sólo hablando, varias veces por semana. Solo hablando, y acerca de las cosas más tontas... de hecho la tontería, podría decirse, es la esencia del trabajo. Es una idea extraordinaria. ¡Puede entenderse por qué no está de moda! Porque es una idea bizarra, aunque hermosa.

 

–¿Qué estás escribiendo?

 

–Un ensayo sobre las drogas en mi generación. Cómo empezamos a consumir drogas en los 60: LSD, anfetaminas, marihuana... Y lo que las drogas significan hoy, lo que han significado durante mi vida. Cuando era un joven de 15 años, teníamos a Jimmy Hendrix, empezamos a tomar LSD y pensábamos que era la píldora mágica. Eso nos llevaría hacia otros mundos y, en efecto, nos llevó a otros mundos, a una cultura alternativa. Desde entonces mis amigos y yo abusamos de muchas drogas. En mi ensayo, quiero pensar si las drogas fueron o no una liberación. Y, obviamente, ahora mis hijos toman drogas, pero nadie piensa que las drogas de hoy vayan a darte un “viaje” y ver “la verdad” y todo eso. Las drogas han sido reemplazadas por el ciberespacio. Esa es la alternativa actual a la realidad para los jóvenes. Para mi generación, las drogas representaban transgresión y placer, que para mí eran la misma cosa. Crecimos en una época muy inhibida en la que no se hablaba de sexo; las drogas representaban una solución al aburrimiento de la vida.

 

–¿En qué tradición de escritores te ubicás?

 

–Admiro a Nietzsche, Freud, Kafka, Dostoievski o Chejov, aunque no diría que formo parte de esa tradición. Me gusta escribir cerca de la vida. Mis libros no son puro entretenimiento, tratan de la falta de sentido, del fracaso sexual, tratan acerca del desastre tanto como del deseo y la felicidad y las familias. Quiero escribir sobre cosas oscuras, de un modo interesante, para un gran público.

 

–¿Cambió algo en Londres ahora que Sadiq Khan es alcalde?

 

–En el resto del mundo tenemos a Trump, tenemos el Brexit, entonces algo bueno que ha pasado es tener a Sadiq Khan, que es un muy buen hombre, de origen humilde y musulmán. Estamos muy ilusionados, aunque no necesariamente ganaría en una elección general.

 

–¿Cuál es el sentido de la extranjería viviendo aquí hoy?

 

–Me siento extranjero en Londres... ¡porque hablo inglés! Mi novia dice que es asombroso, caminas por Londres y todo el mundo habla italiano, árabe, farsi. Nadie habla inglés en Londres. Le dije: soy el único ahora, soy un indígena londinense.

 

*Mariano Horenstein es psicoanalista y editor de la revista de psicoanálisis “Calibán”.