Adiós a Joan DidionNueve meses y cinco días después de la muerte de su marido, que ocurría mientras la hija de ambos estaba internada en cuidados intensivos, Joan Didion (1934-2021) se sentó a escribir “El año del pensamiento mágico”, la crónica del duelo que supuso su reconocimiento mundial. Aquello fue en el año 2004. Escritora, periodista y ensayista, su prosa seca y mirada límpida sobre la sociedad de EEUU la convirtieron en un emblema del llamado Nuevo Periodismo de los años ‘60 junto a Gay Talese, Truman Capote, Hunter S. Thompson y Tom Wolfe. Murió el pasado diciembre a causa del Parkinson, en la ciudad de Nueva York.

 

Por Dolores Graña

 

“Mi única ventaja como periodista es que soy tan pequeña físicamente, tan temperamentalmente molesta y tan neuróticamente incapaz de expresarme que la gente tiende a olvidar que mi presencia en un lugar suele ir en contra de sus propios intereses”, explicaba en Slouching Towards Bethlehem (1968), uno de los ensayos fundamentales para entender los caóticos años 60 y los violentos 70, como también lo fue The White Album (1979). “Nos contamos historias para así poder vivir”, afirmaba en éste último volumen, en lo que es quizás uno de los quotes más reproducidos de la literatura contemporánea. Los modos en los que esos relatos divergían de la realidad se convirtieron en una materia prima inagotable para la “única intelectual de California”, como solían definirla sus amigos y rivales de la Costa Este.

 

Didion comenzó escribiendo ensayos para el Saturday Evening Post y la revista Life, dos de las publicaciones centrales para la pujante sociedad norteamericana de posguerra. Desde allí, comenzó a tirar del ovillo del sueño americano para demostrar todas las formas en las que el relato del progreso continuo contenía las semillas de su propia destrucción, encarnada particularmente en el legado de violencia, codicia, exhibicionismo y pragmatismo de los primeros pobladores de California, entre los cuales se contaba su propia familia.

 

En Los que sueñan el sueño dorado (2003), Didion trazaba una sorprendente línea punteada entre las historias de canibalismo entre los pioneros, la contracultura con epicentro en Haight Ashbury y la construcción de Hollywood, alimentada además por sus experiencias de primera mano como guionista junto a su marido, John Gregory Dunne, con quien escribieron Pánico en el parque, Nace una estrella (la versión de 1976, con Barbra Streisand y Kris Kristofferson) y Algo muy personal, entre otras películas. Había llegado al mundo del cine de la mano de su cuñado, Dominick Dunne, periodista y productor.

 

Su capacidad de reenfocar una imagen muchas veces vista con esa analítica primera persona de sus ensayos –tan imitada desde su aparición en la escena literaria– es uno de los legados de su prolífica obra, que se extiende a lo largo de una decena de volúmenes e incontables artículos para las más prestigiosas publicaciones de su país. Didion había nacido el 5 de diciembre de 1934, en Sacramento, California, y aprendió a escribir tipeando novelas de Ernest Hemingway y después desarmándolas, para descubrir “cómo funcionaban”. Recién recibida de la Universidad de Berkeley, se mudó a Nueva York y comenzó a trabajar en la revista Vogue tras ganar un concurso de ensayo (rechazó el viaje a París que constituía el premio).

 

Su capacidad de desarmar, examinar su propia vida y volverla de escenificar en busca de la verdad alcanzó su cumbre ya en el siglo XXI, con su relato descarnado de la muerte de su marido, de un ataque al corazón, en 2003, y de su hija, Quintana Roo, tras un shock séptico, dos años después, reunido en El año del pensamiento mágico (2005) por la que ganó el National Book Award y fue adaptada a un unipersonal de Broadway protagonizado por Vanessa Redgrave, cuyo comienzo famosamente rezaba: “La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba. La cuestión de la autocompasión”, las cuatro oraciones que Didion escribió al enterarse de la noticia y a las que vuelve en el inicio del relato, dispuesta a “adentrarse en esa terra incognita”. Años después volvió a transitar el recuerdo de su hija y sus desgarradores últimos meses en Noches azules (2011). Buena parte de su producción se mantiene inédita en castellano.

 

Aunque es famosa por sus ensayos periodísticos y autobiográficos, también escribió ficción. “Escribir una novela es como adentrarse en una noche muy larga y oscura. El ensayo es luminoso, su escritura tiene lugar a pleno sol”, distinguía cuando se la consultaba por las diferencias entre ambos registros. Su primera novela, El río en la noche, de los 60 se tradujo por primera vez en 2018. Además publicó Río revuelto, Su último deseo, Una liturgia común, y la más famosa de sus ficciones, Según venga el juego, adaptada al cine por Didion y Dunne en 1972, y protagonizada por Tuesday Weld y Anthony Perkins.

 

The Center Will Not Hold, casi un epitafio para la escritora –cuya natural y circunspecta elegancia, eterno cigarrillo, coronados por enormes lentes negros, consolidaban la infaltable crítica de “tener demasiado estilo”– le dio título al documental que su sobrino, Griffin Dunne, filmó para Netflix en lugar de la ficción que no permitió que escribiera. Su cámara orbita a Didion sin lograr quitarle el control de la narración de su propia vida. Como corresponde.

 

Publica La Nación.

 

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El año del pensamiento mágico

 

 

La vida cambia deprisa.

 

La vida cambia en un instante.

 

Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba.

 

La cuestión de la autocompasión.

 

Estas son las primeras palabras que escribí después de que pasara. El archivo de Microsoft Word («Notas sobre el cambio.doc») lleva la fecha «20 de mayo de 2004, 23.11», pero debe de ser porque abrí el archivo y pulsé «guardar» automáticamente al cerrarlo. En mayo yo no introduje ningún cambio en aquel archivo. Llevaba sin cambiar nada desde el momento en que había escrito aquellas primeras palabras, en enero de 2004, un día, dos o tres después de que pasara.

 

Estuve mucho tiempo sin escribir nada más.

 

La vida cambia en un instante.

 

El instante normal.

 

En algún momento, con el fin de recordar lo que más me había impresionado del suceso, me planteé añadir esas palabras: «el instante normal». Enseguida vi que no hacía falta añadir la palabra «normal», ya que era imposible olvidarlo: la palabra no se me iba nunca de la cabeza. De hecho, era la naturaleza normal de todo lo que había precedido al suceso lo que me impedía creer de verdad que había sucedido, absorberlo, incorporarlo, dejarlo atrás. Ahora me doy cuenta de que esto no tiene nada de raro: cuando tenemos delante un desastre repentino, siempre nos fijamos en lo anodinas que eran las circunstancias en las que tuvo lugar lo impensable, en el cielo azul claro del que cayó el avión, en el trámite rutinario que terminó con el coche en llamas en la banquina, en las hamacas donde los niños estaban jugando como de costumbre cuando la serpiente de cascabel atacó desde la enredadera. «Estaba volviendo a casa del trabajo, feliz, triunfador y sano, y de repente ya no existía», leí en el testimonio de una enfermera psiquiátrica cuyo marido se mató en un accidente de tránsito. En 1966 me dediqué a entrevistar a mucha gente que había estado viviendo en Honolulú la mañana del 7 de diciembre de 1941. Toda aquella gente sin excepción iniciaba sus testimonios del ataque a Pearl Harbor diciéndome que había sucedido «una mañana de domingo completamente normal». «Era un día precioso de septiembre, común y corriente», sigue diciendo la gente cuando les pides que te describan la mañana en Nueva York en que el vuelo 11 de American Airlines y el 175 de United Airlines fueron estrellados contra las torres del World Trade Center. Hasta el informe de la Comisión del 11-S se abría con esta nota narrativa insistentemente premonitoria y sin embargo todavía demudada de asombro: «El martes, 11 de septiembre de 2001, amaneció templado y casi sin nubes en el este de Estados Unidos».

 

«Y de repente… ya no existía.» En mitad de la vida estamos en la muerte, dicen los episcopalianos junto a la tumba. Más tarde me di cuenta de que durante aquellas primeras semanas le debí de repetir los detalles de lo sucedido a todo el mundo que vino a casa, a todos los amigos y parientes que trajeron comida, prepararon bebidas y pusieron platos en la mesa del comedor para toda la gente que se presentaba a comer o a cenar, a todos aquellos que levantaron los platos y congelaron las sobras y pusieron en marcha el lavaplatos y llenaron nuestra casa (todavía no conseguía pensar en ella como mi casa) por lo demás vacía, aun después de que yo me fuera al dormitorio (nuestro dormitorio, sobre cuyo sofá seguía habiendo una bata de toalla talle XL comprada en la década de 1970 en el Richard Carroll de Beverly Hills) y cerrara la puerta. Aquellos momentos en que me vencía abruptamente el agotamiento son lo que recuerdo mejor de los primeros días y semanas. No recuerdo haberle contado a nadie los detalles, pero debí de hacerlo, porque todo el mundo parecía conocerlos. En un momento dado me planteé la posibilidad de que se hubieran contado los detalles de la historia entre ellos, pero la rechacé de inmediato: la historia que conocían era en todos los casos demasiado precisa para haber pasado de boca en boca. Venía de mí.

 

Otra razón de que yo supiera que la historia venía de mí era que ninguna de las versiones que yo había oído incluía los detalles que yo todavía no podía afrontar, como, por ejemplo, la sangre en el suelo del living, que se quedó allí hasta que José llegó por la mañana y la limpió.

 

José. Que formaba parte de nuestro hogar. Que se suponía que tenía que volar a Las Vegas aquel mismo día, el 31 de diciembre, pero al final se quedó sin ir. Aquella mañana José estuvo llorando mientras limpiaba la sangre. Cuando le conté lo que había pasado, al principio no me entendió. Estaba claro que yo no era la narradora ideal de aquella historia, mi versión tenía algo que resultaba al mismo tiempo demasiado brusco y demasiado elíptico, mi tono tenía algo que no conseguía comunicar el dato central de la situación (una incapacidad que me volví a encontrar más tarde, cuando se lo tuve que contar a Quintana), pero cuando José vio la sangre, sí que lo entendió.

 

Yo había juntado las jeringas abandonadas y los electrodos del electrocardiógrafo antes de que él llegara por la mañana, pero con la sangre no había podido.

 

A grandes rasgos.

 

Ahora, cuando me pongo a escribir esto, es el 4 de octubre de 2004 por la tarde. Hace nueve meses y cinco días, a las nueve en punto de la noche del 30 de diciembre de 2003, mi marido, John Gregory Dunne, pareció experimentar (o experimentó), sentado a la mesa donde los dos nos disponíamos a cenar en el living de nuestro departamento de Nueva York, un infarto masivo y repentino que le causó la muerte. Nuestra única hija, Quintana, llevaba cinco noches inconsciente en una unidad de cuidados intensivos de la División Singer del Centro Médico Beth Israel, un hospital que había por entonces en la avenida East End (cerró en agosto de 2004), conocido más habitualmente como «el Beth Israel Norte» o «el antiguo Doctors’ Hospital», donde lo que había parecido un simple caso de gripe estacional lo bastante grave como para hacerla ir a la guardia el día de Navidad por la mañana se había agravado espectacularmente hasta convertirse en neumonía y shock séptico. Este es mi intento de asimilar el período que vino a continuación: las semanas y después los meses que se llevaron por delante cualquier idea fija que yo pudiera tener de la muerte, de la enfermedad, de la probabilidad y de la suerte, tanto buena como mala; del matrimonio, los hijos y los recuerdos; del dolor y las formas en que la gente afronta y no afronta el hecho de que la vida se termina; de lo superficial que es la cordura, de la vida en sí misma. Llevo toda la vida siendo escritora. Y en calidad de escritora, ya de niña, mucho antes de que empezaran a publicarme lo que escribía, desarrollé la sensación de que el significado en sí residía en los ritmos de las palabras, las oraciones y los párrafos, técnicas para ocultar lo que fuera que yo pensaba o creía detrás de una pátina cada vez más impenetrable. Mi forma de escribir es mi forma de ser, o la forma en que terminé siendo, y sin embargo en el presente caso me gustaría tener, en vez de las palabras y sus ritmos, una sala de edición equipada con una Avid, un software que me permitiera pulsar una tecla y desmontar la secuencia temporal, mostrarles a ustedes todos los fotogramas de la memoria que me vienen ahora a la cabeza, dejar que sean 13 ustedes quienes elijan las tomas, las expresiones ligeramente distintas, las lecturas variantes de las mismas líneas. En este caso las palabras no me bastan para encontrar los significados. En este caso necesito que lo que yo pienso y creo sea penetrable, al menos para mí misma.