Ferlinghetti, el (ante)último beat

Ferlinghetti, el (ante)último beatCon la muerte del poeta, editor y librero Lawrence Ferlinghetti, que tenía 101 años, se apaga la generación de creadores estadounidenses que marcó como ninguna otra la vida cultural de la juventud de los Estados Unidos del siglo XX, diseminándose luego por el mundo entero y dejando una huella que alcanza los más remotos lugares de la cultura occidental.

 

Nacido en Yonkers en el año 1919, Ferlinghetti fue criado en Francia y luego se instaló en San Francisco, donde fundó la seminal City Lights Books, centro cultural y librería inspirada en la parisina Le Mistral (librería anglosajona fundada por el poeta George Whitman, que continuó el legado de Sylvia Beach con Shakespeare & Company tras el cierre durante la ocupación nazi de París) y especializada en libros de bolsillo. En San Francisco conoció a Allen Ginsberg, y con él al resto de los componentes de la llamada Generación Beat (muchos de ellos procedentes de la Costa Este): Jack Kerouac, Gregory Corso, Neal Cassady, Robert Frank, Lucien Carr, William Burroughs, Carl Solomon, Peter Orlovsky y Gary Snyder (que aún vive), etc.

 

Su primera antología poética, A Coney Island of the Mind (1958), fue un éxito rotundo, pero unos años antes su nombre ya circulaba por los ambientes literarios estadounidenses cuando editó el cuarto número de la colección Pocket Poets Series de City Lights Books, que se había inaugurado con su poemario Pictures of the Gone World (1955) y que seguiría con el poeta Kenneth Rexroth. El libro en cuestión fue el poemario Howl (1956), de Allen Ginsberg, que marcó un hito en la historia editorial moderna, ya que tras el intento de ser incautado por la policía y su editor procesado, logró sentar las bases de la resistencia contra la censura, marcando una jurisprudencia aún vigente. El resultado fue que la sección de «Libros Proscritos» se convirtió en la más exitosa de la librería. Aquel largo poema de Ginsberg, ya mítico, comenzaba con unos versos que hoy resuenan en el imaginario literario como un definitivo manifiesto generacional:

 

Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura,

hambrientas histéricas desnudas,

arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un

colérico pinchazo,

hipsters con cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial

con el estrellado dínamo de la maquinaria nocturna,

que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la noche fumando

en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando sobre

las cimas de las ciudades contemplando jazz…*

 

La musicalidad característica del grueso de la producción poética de la generación, inspirada en el be-bop, de fuerte impronta rítmica, oral y coloquial, profundamente vitalista y libertaria (tanto en los temas como en la forma y en las maneras de producir –el anti-academicismo, el automatismo sin trabas para acceder al subconsciente-), no deja de ser epigonal con respecto al modelo abierto por Walt Whitman, pero el alcance de sus indagaciones formales y su imbricación con el jazz han sido de gran inspiración tanto para la poesía como para la música de la segunda mitad del siglo XX (la escritura de canciones, el spoken-word, el rap y el hip-hop, etc.). El impacto del jazz en su poesía seguramente sea uno de los materiales de cimentación del grupo como conjunto: cadencias, respiraciones, encabalgamiento de elementos, cambios modales, improvisación. Se ha discutido mucho sobre la dudosa etiqueta de «generación» para aglutinar a una serie de poetas tan numerosos y variados, pero lo cierto es que las confluencias no son solamente formales, procedimentales o temáticas, sino una manera de operar de conjunto: ediciones cruzadas, lecturas comunes, prólogos, reseñas, montajes (aquí es bueno recordar que lo que se conoce como Naked Lunch no deja de ser el montaje que Kerouac y Ginsberg hicieron con los papeles dispersos de William Burroughs en Tánger), antologías grupales y –quizá lo más importante– las cartas (es en la abundante correspondencia entre sus miembros donde se fragua buena parte de la «poética» generacional, editada en multitud de libros: «Cartas del Yagé», «Cartas de amor ambiguo», etc.).

 

Otra aportación de los poetas de la Generación Beat fueron las indagaciones en tradiciones poéticas en apariencia muy lejanas a la estadounidense, desde la oriental (los haikus y los tankas) a la india (los sutras, mantras, etc.). En esta última línea su referente más cercano fue el autor de los Cantos, el poeta Ezra Pound. También habría que destacar la veta elegíaca y visionaria, procedente de la sísmica obra de William Blake. Todo ello, mezclado en la marmita experimental y desenfadada, heterodoxa y desprejuiciada que supuso la Generación Beat, dio como resultado un movimiento poético vigoroso y renovador.

 

Lawrence Ferlinghetti entendía «La poesía como un arte insurgente» (título de uno de sus ensayos), y practicó ese principio desde los años ’50 hasta su muerte. Su participación en la II Guerra Mundial y el efecto de la destrucción, de la cual la bomba atómica representaba el punto sin retorno de un mundo enloquecido, marcaron su visión crítica de la política formal y su influencia en la sociedad, en los modos de vida y en las prácticas sociales. Pacifista convencido y militante, luchador por los derechos de las minorías, activista cultural, llevó a su poesía su visión irreverente («la función de la poesía es demoler con luz», diría en otro de sus ensayos), su espíritu de resistencia y su convicción ética.

 

La sustancia de su poesía ya está expuesta en los poemas recogidos en A Coney Island of the Mind, uno de los poemarios más vendidos de la historia de los Estados Unidos. Una buena muestra del libro es el poema «El mundo es un hermoso lugar»:

 

El mundo es un hermoso lugar

para nacer

si no te importa que la felicidad

no sea

tan divertida

si no te importan que todo se vaya a hacer puñetas

justo ahora cuando todo marcha bien

porque hasta en el cielo

no se canta

todo el rato

 

El mundo es un hermoso lugar

para nacer

si no te importa que algunas personas mueran

diariamente

o que quizás solo padezcan hambre

parte del tiempo

lo cual no es tan malo del todo

si no te toca a ti

 

Oh el mundo es un hermoso lugar

para nacer

si no le das demasiada importancia

a unas mentes muertas

en altos cargos

o a una o dos bombas

de vez en cuando

que caen en vuestras caras mirando hacia el cielo…**

 

La obra que mejor ha envejecido dentro de la producción «generacional» ha sido, junto con la primera etapa de Allen Ginsberg, probablemente la del poeta Gregory Corso (1930-2001), uno de los menos conocidos del grupo pero dueño de una voz poderosa donde se funden la herencia grecolatina y el influjo del jazz y los «bajos fondos». Entre sus poemarios destacan The Vestal Lady and Other Poems (1955), Gasoline (1958), Earth Egg (1974) o Mind Field (1989). Y otras dos figura interesantes, de alguna manera cercanas al núcleo duro de la Generación Beat pero sin pertenecer directamente a ella, fueron el poeta y ensayista Charles Olson y el poeta y narrador Robert Creely (que vivió a principios de los años ’50 en Mallorca).

 

La novela de la Generación Beat

 

En el ámbito de la novela conviven dos vertientes nutritivas dentro de la generación, la de Jack Kerouac y la de William Burroughs; una más realista, un subproducto de la novela de aventuras (Kerouac), más puramente generacional, y otra más fantasiosa, con tintes surrealistas y sci-fi (Burroughs). Comparten sin embargo la impronta testimonial, sublimada de manera distinta, y la fuerza contestataria, propuestas narrativas anti-convencionales (en el tratamiento de los temas y en la experimentación formal). El rasgo coloquial y fluido de las novelas de Kerouac, su visión crítica de la sociedad de consumo, entronca con la fantasía tecnoparanoica de Burroughs en el sentido de ser modelos alternativos y marginales a las principales corrientes culturales y literarias vigentes hasta ese momento, sin ser ajenas a una poderosa tradición libertaria y utópica de la literatura estadounidense.

 

Hay en el autor de On The Road una cualidad prosaica, pegada al terreno pero que no deja de ser profundamente espiritual, en la línea de Ralph Waldo Emerson, Whitman, Mark Twain o Thomas Wolfe (este último de gran influencia en Kerouac). En cuanto a la modernidad del lenguaje y la agilidad de la prosa, podría establecerse un (comedido) paralelismo con lo que significó en Francia la irrupción de Louise-Ferdinand Céline, que, entre otras cosas, elevó un repertorio de usos lingüísticos informales a la altura de la gran literatura. Los viajes y desplazamientos de los personajes, frecuentes en sus novelas (Los vagabundos del Dharma, Los Subterráneos, Satori en París…), suelen construir un significativo emparejamiento interior: son viajes por el espacio tanto como viajes por las condiciones de la percepción, viajes «mentales» en definitiva. Quizá por ello no han funcionado nunca del todo bien los intentos de llevar sus obras a las pantallas.

 

El caso de William Burroughs es quizá el más difícil de encajar en las grandes líneas de la Generación Beat, y es, de los dos, el novelista más influyente en la narrativa contemporánea. El procedimiento del cut-up, el collage y los montajes, la lógica fragmentaria de la narración, las representaciones alucinadas, las contravenciones sintácticas y el entrecruzamiento esquizoide de saberes y discursos dispares, entre otros elementos significativos de su novelística, tienen un poderosísimo eco en la literatura posmoderna.

 

Las generaciones que se alumbran

 

Con la muerte de Lawrence Ferlinghetti se cierra un periodo prolongado que incluye a una larga serie de escritores, fotógrafos, cineastas, pintores, músicos, dramaturgos… cuya obra es diversa pero que se aglutina en torno a un modo de entender la literatura y la vida. La desaparición de Ferlinghetti quizá sea un buen momento para hacer un balance serio sobre el legado de la Generación Beat.

 

En los últimos años se ha puesto el foco en las autoras de esta generación, algunas de las cuales habían pasado desapercibidas o se habían visto eclipsadas hasta el momento. Lo cierto es que la Generación Beat tiene una importante impronta masculina, aunque el marco conceptual en el que se inscribe es el de una discusión sobre el modelo de masculinidad imperante hasta el momento. En 1994 le preguntaron a Gregory Corso dónde estaban las mujeres de la Generación Beat, a lo que Corso respondió: «Sus familias las internaron en psiquiátricos, les dieron electroshocks. Yo las conocí, allí estaban. Algún día alguien escribirá sobre ellas». Se conservan las memorias de Bonnie Bremser Frazer (Troia: Mexican Memoirs, 1969) y las de Diane di Prima (Memoirs of a Beatnik, 1969), pero hay figuras fantasmales como la de Elise Cowen que aún permanecen en sombra. Sin duda las obras de Anne Waldman (perteneciente a la «segunda» Generación Beat), Hettie Jones, Joyce Johnson y la misma Diane di Prima son una muestra más que suficiente de que las mujeres no solamente estaban allí, sino que produjeron una importante cantidad de poesía y narrativa a la altura de las que conforman el canon de la Generación Beat.

 

Pero es hora, como decíamos, de hacer un balance general del legado de esta singular generación de artistas. Dejando de lado el caso de William Burroughs, cuya obra no encaja precisamente en las coordenadas esenciales que definen a la generación, podría decirse que su importancia ha sido más extraliteraria que literaria. Tanto la producción poética como la narrativa han tenido en los Estados Unidos creadores de calado mucho más profundo, con obras de factura estética mucho más compleja y con una proyección en el tiempo mucho más duradera. Basta pensar en John Ashbery, O'Hara, Auden, Snodgrass, Bishop, Plath, Brautigan, Sexton, Lowell… todos ellos poetas estadounidenses más o menos contemporáneos, para ver que los poetas Beat no fueron necesariamente los mejores. Con la novela pasa otro tanto: hay ejemplos sobrados de grandísimos novelistas estadounidenses que escribieron entre los años ’40 y los ’70 que resultan mucho más interesantes y que exploraron los límites y las posibilidades del género de manera más productiva y decisiva. Ahora bien, es difícil encontrar una generación o grupo de artistas articulados en torno a una serie de principios éticos y estéticos que haya tenido una mayor influencia en la configuración concreta de la sensibilidad de una época. Para encontrar una influencia semejante hay que remontarse probablemente a los surrealistas. Su manera de entender la vida, reflejada en sus obras literarias, han marcado los modos en que las generaciones posteriores entendieron el poder, las relaciones personales, la creación artística, la relación con la naturaleza y la valoración de una espiritualidad no religiosa. La homosexualidad en el contexto de una sociedad puritana, la afectividad no normativa, la resistencia a los imperativos hegemónicos de los modelos artísticos, sociales, culturales, políticos, etc., abrieron camino a la generación hippie, a la psicodelia y al ecologismo, principalmente de la mano de tres figuras que sirvieron de puente generacional: Lawrence Ferlinghetti, Gary Snyder y Timothy Leary. Y esa influencia se extiende hasta el arte pop de los años ’60, a la cultura política de los años ’70, al rock y la cultura «juvenil» de los años ’80, al grunge de los años ’90 y a los hipsters (con el componente «político» adecuadamente desactivado: como moda un tanto frívola) de principios del siglo XXI.

 

Queda por analizar qué parte de la sensibilidad contemporánea se debe a los cambios de perspectiva que posibilitaron las creaciones de la Generación Beat, su imaginario, sus resistencias y desobediencias a adoptar unas formas de vida aceleradas por el ritmo de la producción y alienadas por las condiciones del sistema económico, cuestionando sistemáticamente el marco, y cuál es el valor de esa transformación en nuestra manera de entender la existencia. Dijo Ferlinghetti que «el poeta es el maestro ontólogo, constantemente interrogando a la existencia y reinventándola». Al menos en ese sentido, su legado parece tener consistencia.

 

ERNESTO BOTTINI

 

* En traducción de Rodrigo Olavarría.

** En traducción de Carlos Bauer y Julián Marcos.