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Por Ernesto Bottini

 

Lo más interesante del vacío

es que se encuentra precedido por lo lleno.

Joseph Brodsky

 

No es casualidad que la ciencia haya vuelto a poner al vacío, bosón de Higgs mediante, en el centro gravitatorio del interés por la materia, elevándolo a la categoría de enigma genésico y paradojal. Coincidencias nada azarosas que hermanan la intuición poética y la científica y que invitan a actualizar la lectura de este breve pero poderoso poemario, el último publicado en vida junto con Concierto del desorden (2007), de un autor que escribió novelas, cuentos, piezas periodísticas, ensayos, teatro y libretos para ópera y radio.
El postulado liminar que hace Octavio Paz en El arco y la lira es esclarecedor sobre el sentido y la fuerza del vacío para la expresión verbal: “[la poesía es] Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia”. Todo un itinerario que parecen marcarse los poemas-canciones de El triunfo del vacío, donde Leopoldo Alas transita los escarpados senderos de su memoria en una evocación, por momentos en clave intimista (ese tipo de clave que constituye un alfabeto inevitablemente incompleto que sirve para decir las verdades siempre huidizas que permitirían recomponer el secreto de una vida), de las escenas que se erigen como símbolos que señalan y dan sentido al camino, ya parte de una coherente cartografía lingüística: el cambiante mapa que es impronta indeleble de la que se nutre toda conciencia, la mudable síntesis de un recorrido vital.
La poesía, que es hija del limo del tiempo, acecha al vacío, ronda inmisericorde el perímetro de su territorio hasta que el vacío habla su lengua olvidada, hasta que se hace palabra y dice su nombre esquivo. El poema es aquello que nombra, no su mera representación: “las palabras mismas constituyen el núcleo de la experiencia”, propone Octavio Paz. No hay, por tanto, poesía de la experiencia. La poesía es experiencia verbal. “Hay un fluir, un ritmo, una forma aparentemente vacía; el discurso podría tratar cualquier tema, cualquier imagen, cualquier pensamiento. Esa indiferencia es sospechosa; presiento que tras la apariencia de vacío hay muchas, demasiadas cosas”, diría Mario Levrero en El discurso vacío.
En estos poemas “se ha borrado el perfil/ de la vida real”, y pasado, futuro, presente y fantasía se funden en el viscoso tiempo-espacio de la enunciación. La realidad vive en su interior como una fantasmagoría extraña, retorciéndose en los pliegues inciertos de una cadencia que lame pausada sus orillas infinitas, que no por esperadas son menos sorprendentes: “Qué bien quedó el recorte/ de los ojos de Arafat que enmarqué para mi muñeco/ con la carpeta de unos grabados del Quijote”.
La palabra es capaz de convertir impunemente la negación en un acto afirmativo, está habilitada para movilizar lo calcáreo con el ripioso vuelo de un verbo; la palabra agita la quietud del cosmos con la prudente impertinencia iniciática del caos. El poema que da nombre al poemario es un ejemplo claro de las tensiones lógicas que se producen en el seno mismo del pensamiento: “El vacío es un tesoro codiciado/ cuando ya todo es hastío de tener,/ ansiedad por conseguir/ y dolor de haber perdido./ Es un lecho muy tranquilo para insomnes,/ sueño que no sueña nada;/ un silencio que nada silencia, ni se guarda./ No es el reverso del ruido/ ni es el hueco de una ausencia;/ es un consuelo esperado y un descanso merecido, / la nada feliz de un todo desgraciado”.
“Tú eres aquello”, se dice en el Upanishad Chandogya, centro de referencia de la filosofía oriental, matriz conceptual de la interdependencia de los factores que conforman la totalidad del universo. En El triunfo del vacío esta idea cobra forma y volumen: “Hasta el menor movimiento que hacemos/ es parte sustancial de un múltiple proceso./ Nos girábamos a un tiempo, imantados”, llamando otra vez a la contemplación factible de la teoría, del teatro: “El universo está imantado. Una suerte de ritmo teje tiempo y espacio, sentimientos y pensamientos, juicios y actos y hace una sola tela de ayer y mañana, de aquí y allá, de náusea y delicia” desgranaba Octavio Paz en el ensayo “La otra orilla”, hilando las coordenadas de un paño rizomático. Leopoldo Alas construyó en este poemario el discurso alucinante de una fuerza que mantiene unida a la materia memorable en la masa imantada de su lenguaje, el equivalente verbal a las partículas elementales que todo lo aglutinan.
El vacío es también el continente del individuo, la cáscara informe de la existencia, compuesta por densas, complejas y casi siempre engañosas terminaciones sensitivas. Una cáscara que tiene su equivalente verbal. Más acertada es María Zambrano en Los sueños y el tiempo: “Un cierto vacío es lo que paradójicamente constituye la sede del Yo, su envoltura; por él es libre, no se adhiere definitivamente a nada, a ninguna zona de las vivencias que se despiertan... Vacío que es distancia respecto a las vivencias mismas” y que es la materia poética de este triunfo minúsculo y prometeico y perdurable del ser frente a la muerte, del ser en la muerte, sus labios ejércitos de canciones celebratorias, su lengua palpitante vida desconcertada.

 

Una versión de este texto fue publicada en el Nº B Mayúscula, de 2005, de la revista El Crítico.


 

 

Ficha:

 

Leopoldo Alas
El triunfo del vacío
Editorial Dilema
Madrid, 2004
62 páginas

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