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Por Ernesto Bottini

 

     La incursión obcecada de la política en la literatura, buscando obtener un relato general a partir de fragmentos extraídos a la fuerza, como procede el torturador con su víctima para arrancarle una confesión, aún a costa de la verdad, fue una constante en el siglo XIX, especialmente en el período de más intensa labor en la definición de los estados nacionales, en el reacomodamiento de conjuntos y gestación de nuevas fronteras. El caso de Adalbert Stifter responde a esta lógica de apropiación, situada insistentemente su obra en el imaginario germánico, pieza sensible dentro del corpus de discursos de apuntalamiento (baste señalar que el pueblo de Oberplan, lugar de nacimiento de Stifter, perteneció a Bohemia, Austria y actualmente es parte de Checoslovaquia). Así, la carga simbólica de Brigitta, junto con la propuesta de reflexión filosófica y estética, se diluye en el complejo mecanismo del discurso que se empeña en hacer pasar la obra como una “fábula moral”, una bucólica exaltación de la patria. Ibon Zubiaur, traductor de Brigitta y autor del prólogo que la acompaña, insiste en hacer visible todo aquello que sistemáticamente se le ha escamoteado al texto en aras de su funcionamiento dentro de una escritura general, una escritura que, a la vez que niega sus particularidades, desmantela sus hallazgos. Y los hallazgos formales de Brigitta son muchos, pero dos de ellos sobresalen por encima de todos.
     Por un lado está el trabajo simbólico de los elementos del relato, ajustados al máximo en sus capacidades expresivas, precisos en su activación semántica, que saturan el texto con una presencia sólo comparable a Poe o Maupassant. Y por otro lado hay en Brigitta una construcción de la temporalidad cuya complejidad técnica no es reconocible sino hasta la narrativa del siglo XX. La utilización del “informe indirecto” y el contenido simbólico, por sí mismos, son suficientes para elevar la nouvelle de Stifter (incluida como “narración” en su libro Estudios, de 1847), a la categoría de ejemplar.
    La historia da cuenta de la roma relación entre Brigitta, una mujer signada por la fealdad física, y el comandante Bathori (Stephan Murai, según descubrimos hacia el final), un brillante espécimen de belleza masculina. El relato se articula a partir de un tercer vector, representado por el narrador sin nombre, que pliega las distintas temporalidades del argumento y posibilita la intriga. El argumento tiene un giro final tan sorprendente como endeble, pero la fuerza de la narración descansa en el fino entramado de sus reflexiones estéticas y en el colorido fantástico del simbolismo. Toda la gracia que falta en la belleza física de Brigitta se manifiesta como esplendor en la potencia de sus actos. Stifter pone en juego una dicotomía estética que recorre la literatura occidental desde Platón, y que se explica principalmente a través del enfrentamiento de dos bellezas no siempre conciliables, aquello que podríamos llamar la belleza interior y la belleza exterior. La mirada es el tamiz necesario para activar estas dos formas de belleza, y en el texto aparece repetidas veces la mención a los ojos. La ecuación resultante podría expresarse de la siguiente forma: la belleza interior no se ve con los ojos, pero se ve en los ojos, y la belleza exterior se ve con los ojos, pero es inapreciable en los ojos. Siguiendo la propuesta de Wittgenstein de que “la cara es el alma del cuerpo”, podríamos concluir que según la propuesta de Stifter los ojos son el alma del rostro, pero de un rostro de la existencia que requiere más que ojos para ser percibido. La percepción, por tanto, se instituye en un asunto fundamental de la novela, y en general tiene un papel prioritario en toda su obra (Piedras de colores, El veranillo de San Martín). La calidad de las imágenes verbales creadas por Stifter siempre ha sido un valor consensuado sobre su obra, quizá el único valor sobre el que se ha puesto de acuerdo la crítica.
     “Corresponde al género humano –leemos en Brigitta- esa cosa admirable que es la belleza. A todos nos atrae la dulzura del fenómeno, y no siempre podemos decir dónde reside el encanto. Está en el universo, está en unos ojos, mas luego no está en rasgos cuya forma sigue todas las reglas de los juiciosos. A menudo no se ve la belleza porque está en el desierto, o porque no ha llegado el ojo adecuado…”. Esto, que podría inscribirse en el tópico romántico, hunde sus raíces en la filosofía. En Plotino encontramos una reflexión que apunta en la misma dirección: “Es necesario que el ojo se haga semejante y parecido al objeto visto, para alcanzar a contemplarlo. Jamás vería un ojo el sol sin haberse hecho semejante al sol; ni un alma vería lo bello sin ser bella […] ¿Cuál es, pues, este modo de visión? ¿Cuál es el medio? ¿Cómo se verá esta belleza inmensa que permanece en cierta manera en el interior de los santuarios, y que no se adelanta hacia afuera para dejarse ver de los profanos? Que aquel que pueda vaya y la siga hasta su intimidad; que abandone la visión de los ojos  y no se vuelva hacia el resplandor de los cuerpos que admiraba antes. Porque si se ven las bellezas corporales no hay que correr hacia ellas, sino saber que ellas son imágenes, vestigios y sombras. Es necesario huir hacia esta belleza de la que ellas son las imágenes. Si uno corre hacia ellas para alcanzarlas como si fueran reales, es como el hombre que quiso captar su bella imagen reflejada sobre las aguas (como una fábula lo da a entender, según creo): habiéndose hundido en la profunda corriente, desapareció. Lo mismo se diga de aquel que está apegado a la belleza de los cuerpos y no la abandona; no son los cuerpos sino su alma la que se hundirá en las profundidades oscuras y funestas para la inteligencia, y él vivirá en las sombras morando ciego en el Hades. Huyamos, pues, hacia nuestra querida patria: he aquí el verdadero consejo que se nos podría dar”.
    Esa patria de la que hablaba Plotino es la misma que aparece mencionada en Brigitta, la misma patria tergiversada con insistencia por los patriotas empeñados en ver esencias nacionales en la más vulgar de las hortalizas. La patria en Brigitta nada tiene en común con la organización política del territorio: “Me propuse esa tarde preguntarle al comandante mañana, o pasado mañana o cuando fuera que se diese una oportunidad en los días subsiguientes, por la meta sobre la que me había escrito que finalmente la había encontrado y que lo ataba a la patria por los tiempos sempiternos”. Esta patria, inscripta en la temporalidad retorcida de la sintaxis, sólo es accesible para los viajeros dispuestos a encontrarla, como si fuese una especie de Eldorado, meta encajada en las profundidades del valle. La auténtica belleza es una patria sin estirpe: el relato de Stifter plantea la cuestión más como una parábola estética que como una fábula moral. Brigitta hace crecer flores de extraña belleza en el desierto, y el comandante Bathori tiene que recorrer un penoso camino para descubrirlo, para poder participar de la gracia, ya que, en palabras de Plotino, “el verdadero y el único desgraciado es aquel que no descubre lo bello; para obtenerlo es necesario dejar a un lado los reinos y la dominación de toda la tierra, del mar y del cielo, si, gracias a este abandono y a este desprecio, puede volverse hacia Él para verlo”.
    Stifter fue acusado de retrógrado y de desdeñar el espíritu de la modernidad. Víctima, además del voraz aparato reclutador de discursos patrióticos, del frívolo juicio de los decanos de la novedad. Este aspecto lo señala y refuta con contundencia Alfonsina Janés Nadal en su ensayo Adalbert Stifter y su critica implícita a la modernidad, donde se nos presenta un Stifter en cuyo proyecto literario no solamente se detecta una lúcida mirada sobre los problemas esenciales de su tiempo, receptiva y solvente, sino también una clara apuesta por la indagación literaria universal y válida para todos los tiempos. La recepción de la obra de Stifter entre los escritores en lengua alemana oscila entre dos puntos irreconciliables, que podrían ejemplificarse con las opiniones de Thomas Mann y Thomas Bernhard. El primero dijo de él que era “el narrador más singular, más enigmático, más discretamente osado, más curioso y más seductor de la literatura mundial”, y el segundo que “lo más incomprensible en Stifter es su fama... porque su literatura es cualquier cosa menos incomprensible”.
Por último, cerrar este comentario abriendo la puerta de la novela, entrando por su primer párrafo, donde resuenan sus claves de lectura:
     “A menudo hay cosas y relaciones en la vida del hombre que no nos quedan claras de inmediato, y cuyas razones no somos capaces de extraer con prontitud. En ese caso influyen por lo general con un cierto aliciente bello y suave de lo misterioso en nuestra alma. En la cara de un feo hay a menudo para nosotros una belleza interior que no somos capaces de derivar en el acto de su valor, mientras que a menudo nos resultan fríos y vacíos los rasgos de otros de los que todos dicen que poseen la mayor belleza. Del mismo modo nos sentimos a veces atraídos hacia uno que en realidad no conocemos en absoluto, nos gustan sus movimientos, nos gusta su manera, nos afligimos cuando nos ha abandonado y tenemos una cierta nostalgia y hasta un amor por él, cuando a menudo en años posteriores de él nos acordamos: mientras que no sabemos a qué atenernos con otro cuyo valor se nos presenta en muchos hechos, incluso cuando hemos tratado con él durante años. Que en último término hay razones morales que barrunta el corazón, es indudable, sólo que no siempre podemos destacarlas con la balanza de la consciencia y el cálculo y contemplarlas. La psicología ha iluminado y aclarado algo, mas mucho le ha quedado oscuro y a una gran distancia. Creemos por lo tanto que no es excesivo si decimos que hay para nosotros un abismo sereno e inconmensurable en que deambulan Dios y los espíritus. El alma lo sobrevuela a menudo en momentos de embeleso, el arte poética lo airea en ocasiones; pero la ciencia, con su escuadra y cartabón, queda frecuentemente sólo al margen, y puede que aun en muchos casos ni siquiera se haya puesto a ello”.


 

Ficha:

 

Brigitta
Adalbert Stifter
Traducción de Ibon Zubiaur
Bartleby Editores, 2008

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