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Por Antonio Ortega

En el primer poema del libro, titulado Argumento, podemos leer, entre otras cosas, un deseo: “Desbordar la economía de la creación, agrandar la sangre de los gestos, deber de toda luz”. Lo que busca Char, lo que realmente quiere es adelantarse, encontrar una superación, incluso de la mano de una bella y trágica ironía. Desapego, provisionalidad, ruptura, abismo y fusión, furor y misterio, definen lo que el lector va a encontrar en el corazón y en el alma de los poemas de este sorprendente e indispensable libro, casi una guía poética para acceder al mundo de René Char. A partir de sus poemas y de sus anotaciones, casi podemos llegar a hacer una advertencia: que su obra parte de un plan casi inesperado, pues cuando se sueña con una especie de ígneo demiurgo verbal, la escritura se vuelve hechizo y encantamiento, por lo que es bastante difícil reconocer que lo que su poesía restituye es, en resumidas cuentas, el orden familiar e íntimo de los días: “Desbordar la economía de la creación”. Hay naturalmente un corte, un límite, algo así como una ciega y obcecada reiteración en los objetos del mundo, que son mediadores entre la realidad y el furor creativo, entre las cosas y su misterio primero. Todo el libro está trabado por una tensión que nunca se reabsorbe, por la oposición entre acción y poesía; una obra en la que siempre persiste el conflicto. Los poemas entonces, se enriquecen con experiencias nuevas (la noche y el desvelo, la vigilia y el insomnio) que el resto de su obra luminosa e imprescindible sabrá proseguir y hacer crecer.


Pero por encima de todo, lo que este libro reafirma es un empeño constante por la vida, pues ella contiene y entraña, en sí misma, la riqueza infinita del misterio. La vida que Char expresa, que defiende y define se confunde con la libertad y la verdad, en tanto que la poesía es manifestación de lo desconocido, de lo imposible. Poemas como Frecuencia o La Compañera del cestero, que forman parte de Los que permanecen (1938-1944), nos describen los gestos y los pensamientos más cotidianos del herrero o del cestero, pues de los instantes más comunes y corrientes (como el reflejo en un cristal o sobre la superficie de un lago helado, en el canto de los pájaros), surge el misterio, el momento de intensa emoción. Pero aún así, nos pasa lo mismo que le ocurre a ese recolector de mimosas de Licencia para el viento que, “con la espalda vuelta al sol poniente” y al que “dirigirle la palabra sería un sacrilegio”, el misterio puede desaparecer y dejarnos tras su dolor. Como se pone cabalmente de manifiesto en Partición formal, el acceso a “lo inextinguible real increado” impone sus pruebas, pero “A cada derrumbamiento de las pruebas el poeta responde con una salva de futuro”. La poesía no puede ser entonces otra cosa que transformación de una realidad insatisfactoria en un absoluto: “El poeta transforma con indiferencia la derrota en victoria, la victoria en derrota, emperador prenatal a quien solamente preocupa el libro del cielo”; “Conviene que la poesía sea inseparable de lo previsible, pero todavía no formulado”; “El poeta puede ver entonces cómo se cumplen los contrarios -esos espejismos puntuales y tumultuosos-, cómo se personifica su dinastía inmanente, siendo poesía y verdad, según sabemos, sinónimos”; “El poeta no se irrita por la horrible extinción de la muerte, sino que confiando en su tacto particular transforma todas las cosas en lanas prolongadas”.


El poema es claramente testimonio, y así manifiesta y declara esa mutación transformadora que incide sobre lo incompleto e inacabado. Para el poeta no hay un lugar puro. Esta concepción impone al sujeto que escribe, al creador, pruebas que los aforismos ponen de manifiesto de manera constante, desde la inseguridad a la dislocación, desde la agonía a la sutil devastación. Nada será en vano, pues aunque los frutos sean escasos, la cosecha siempre tiene lugar. Antes dijimos que la Historia fue en esos años una presencia real en la escritura de René Char, y es por eso que también ese poder de transformación del que venimos hablando, sea ejercido de igual modo sobre la realidad y sobre los hombres. Llevado por la “fe de la resistencia de un humanismo consciente de sus deberes”, como pone de manifiesto en la nota inicial de Hojas de Hipnos (1943-1944), el hombre y el poeta se metamorfosean en los otros, en aquellos con los que convive y combate: “Arrancarlo de su tierra de origen. Volver a plantarlo en el suelo presumiblemente armonioso del porvenir, habida cuenta de un éxito inacabado. Hacerle palpar el progreso sensorialmente. Tal es el secreto de mi habilidad”. El hombre no es “nunca su forma definitiva, el hombre es encubridor de su contrario”, y es por eso que, una vez olvidadas esas circunstancias históricas excepcionales, el poeta puede volver a retomar las “solicitaciones” y las contingencias. La esperanza y el optimismo de Char, que aunque no lo parezca, existe, es de circunstancias. Es el ideal ético, incluso moral, de un ser que se funde y se une inmediatamente a las causas por la que lucha; su realidad plena supone una proximidad a la naturaleza que el hombre parecía haber perdido. Pero el entusiasmo no impide ni excluye la lucidez ni la amargura, tampoco la angustia, basta leer el poema Polvorín de El poema pulverizado (1945-1947), en el que frente al mal, “La dicha se ha modificado. Río abajo están las fuentes. Muy por encima canta la boca de los amantes”.


Las constantes contradicciones y tensiones, la constante puesta a prueba de sí mismo, pone en escena un deseo que quiere ser capaz de dominar el gesto creador. Lo que ahora cuenta es la “lealtad” y la sinceridad, el “discernimiento cruel” y  la “perseverancia”, todos ellos valores legibles en la acción, a la vez que valores poéticos surgidos y cultivados en la escritura. Así es como el poeta y el lector, conscientes de la experiencia, toman conciencia de las tensiones que habitan y presiden la creación poética. Y quien dice tensiones, dice oposiciones y contradicciones. Los poemas de Furor y misterio, se despliegan y desdoblan en una especie de conflicto, encontrando en la propia Historia y en el paisaje, un relato mítico, la materia plasmada en las oposiciones: “En el sendero de hierbas adormecidas, la quimera de una edad perdida sonreía a nuestras jóvenes lágrimas”. Así pues, “El poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo”; un amor que supone y se realiza en el cuerpo a cuerpo, esos cuerpos de El rostro nupcial. Más allá de esa casi inexplicable reputación de hermetismo que se insinúa a la hora de hablar de la poesía de René Char, lo que sus poemas solicitan es un lector capaz de volverse activo, capaz de participar de la experiencia poética: “El poema siempre está casado con alguien”. La poesía puede ser partición, pulverizarse en sí misma, como en la explosión de un meteoro, hacerse polvo, pero los poemas esperan un lector que reúna todos sus elementos diseminados.


El trayecto y la aventura que René Char nos propone, es la misma poesía. La gracia de la palabra, o mejor, lo que hace que esté atravesada por la gracia, es su propia inexistencia como lenguaje. La palabra tiene el raro privilegio de ser verbo, o lo que es lo mismo, de ser en ella misma nada más que ella misma, la base y la cima, diamante y azote según ese orden pulverizado que hemos olvidado. Hace apenas unas semanas fallecía Maurice Blanchot, quizás una de las mentes más claras con las que hemos tenido el privilegio de convivir. En La bestia de Lascaux, Blanchot se acerca a la poesía de alguien que fue uno de los más grandes escritores del siglo XX, y entre muchos de sus luminosos y certeros acercamientos a esa sabiduría ancestral que proclama la poesía de Char, acaso sea este uno de los más definitorios: “La suerte del poema es poder escapar a la intolerancia profética, y no es sino esta suerte con una pureza de la que casi no nos damos cuenta lo que nos ofrece la obra de René Char, ella que nos habla desde tan lejos, pero con una íntima comprensión que nos la hace tan próxima, que tiene la fuerza de lo impersonal, pero que nos llama a la fidelidad de un destino propio, obra tensa pero paciente, agitada y llana, enérgica, concentrando en ella, en la brevedad explosiva del instante, una potencia de imagen y de afirmación que pulveriza el poema conservando, sin embargo, la lentitud, la continuidad y la armonía de lo ininterrumpido”. Esta nueva traducción casi insuperable de Jorge Riechmann, actualiza y completa anteriores ediciones, y nos deja una versión madura e irremplazable, a la altura de la dignidad humana y poética de alguien que supo, como sabremos nosotros tras su lectura, que “Entre el mundo de la realidad y yo, hoy no queda ya espesor triste”. Sea.



Ficha:

Furor y misterio
René Char
Presentación de Augusto Roa Bastos
Traducción y notas de Jorge Riechmann
Visor. Madrid, 2002
435 pág.

 

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