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Por Ernesto Bottini


Nacido en Lemberg, Galitzia, en 1835, su primeriza novela La mujer divorciada (1870) le supuso un gran reconocimiento internacional, confirmado más tarde con la recepción de La venus de las pieles, su obra más influyente y pieza representativa de sus preocupaciones místicas, eróticas y políticas más profundas. Tras la intervención de Krafft-Ebing, que arrojó una nueva mirada e interpretación sobre los cuentos y las novelas de Sacher-Masoch, su popularidad se vio multiplicada, pero estuvo centrada de forma casi excluyente en el aspecto clínico y simbólico de su literatura. Si antes de su inscripción como patología en la historia clínica se pasaba por alto el importantísimo componente erótico, emborronado entre la ingenuidad y la censura, tras ella se olvidó otra gran zona simbólica de su literatura: la fantasmagoría y la interrupción o suspensión de los dispositivos de realidad.

 

El libro que presenta la editorial Maldoror en sus ya clásicos volúmenes sobrios, aunque siempre bien cuidados, lleva el título de Escritos autobiográficos, y reúne una serie de apuntes sobre la infancia y ascendencia del autor, pequeños ensayos sobre el carácter eslavo, sus costumbres y personajes mitológicos. Interesante colección de escritos para aquellos que cuenten con información previa o hayan leído parte de su obra, ya que brindan la posibilidad de establecer ciertas relaciones semánticas y obtener elementos para su relectura. Aún así, el volumen no recoge aquellos pasajes autobiográficos que parecen contener el mayor número de claves y más honda relación con las características generales de su gran proyecto literario (el ciclo de El legado de Caín; las dos novelas sobre sectas místicas en Galitzia, La pescadora de almas y La madre de Dios).

 

Entre esos otros textos se encuentra “Recuerdo de infancia y reflexión sobre la novela”, donde el autor desarrolla el verdadero efecto que le produjo en la infancia la figura de su tía Zenobie, mujer sármata y arquetipo de sus heroínas novelescas, que en la narración incluida en el volumen de Maldoror apenas se vislumbra. Allí se puede leer: “Desde muy niño, yo tenía una preferencia marcada por el género cruel, acompañada de estremecimientos misteriosos y de voluptuosidad; y sin embargo, poseía un alma llena de piedad y no habría hecho mal a una mosca. Sentado en un rincón oscuro retirado de la casa de mi tía abuela, devoraba las leyendas de los santos y la lectura de los tormentos sufridos por los mártires me sumergía en un estado febril... A la edad de diez años, ya tenía un ideal. Languidecía por una parienta alejada de mi padre –llamémosla la condesa Zenobie- la más bella y al mismo tiempo la más galante de todas las mujeres del condado”, y allí también se relata el acontecimiento que daría lugar a la compleja concepción de las relaciones de poder y su metáforas, que define la totalidad de su obra.

 

“Fue mucho más tarde –escribe Sacher-Masoch- cuando encontré el problema que dio origen a la novela La venus de las pieles. Descubrí primeramente la afinidad misteriosa entre la crueldad y la voluptuosidad; luego la enemistad natural de los sexos, ese odio que, vencido durante algún tiempo por el amor, se revela luego con una fuerza elemental y que hace de una de las partes el martillo y de la otra el yunque”. Estos pasajes tan significativos sobre sus procedimientos creativos y la carga mística, “antropológica” y simbólica de su obra se echan en falta en los escritos autobiográficos ahora presentados en traducción de Jorge Segovia y Violetta Beck.

 

Las claves narrativas y temáticas transmitidas a través de los escritos autobiográficos,  y de los contratos masoquistas que se conservan (un rico archivo de documentos para-literarios que hacen las delicias de los amantes de la marginalia), brindan material inspirador y abundante al psicoanálisis y a los estudios literarios que surgieron alrededor de su particular figura. Si Maurice Blanchot y Georges Bataille fueron los más atentos y prolíficos lectores de Sade, Gilles Deleuze fue quien mejor supo sistematizar una lectura coherente sobre la totalidad de la obra y las implicaciones psicológicas y filosóficas de Sacher-Masoch. Dedicó un ensayo clásico a desarmar aquello que creía una monstruosidad terminológica: el “sado-masoquismo”, argumentando que el concepto no hacía justicia a ninguna de las dos propuestas literarias (o filosóficas, o incluso clínicas), además de unir de forma inoperante dos términos antagónicos. El lenguaje de Sacher-Masoch es sugerente en su determinación de buscar ser persuasivo, en sus estrategias retóricas para convencer contra la voluntad. Necesita registrar las operaciones discursivas y legislar el proceso y la práctica de una violencia de marcado carácter simbólico. El lenguaje de Sade es la descripción de un acto de violencia sexual y verbal (a la vez que acto performativo de violencia contra el orden del discurso, contra la normativa del vocabulario, de la gramática y de la sintaxis), la imposición de una conducta, la violación del ámbito de lo prohibido, el mayor acercamiento entre Tanatos y Eros. En Masoch circulan los discursos y los textos paralelos, los contratos y manuales, las peticiones y condiciones, las instrucciones, los términos y el intercambio del diálogo, produciendo un complejo entramado literario y un sugerente dispositivo retórico. “¿Para qué sirve la literatura? –se pregunta Deleuze-. Los nombres de Sade y de Masoch sirven al menos para designar dos perversiones básicas. Son prodigiosos ejemplos de eficacia literaria”.

 

La injusticia para con su obra quizá sea doble: El recuerdo de su nombre asociado a una patología y no a una literatura, y haber funcionado como un complemento de Sade y el sadismo. En el prólogo al ensayo de Gilles Deleuze ya se denunciaba esta situación: “Con demasiada ligereza se considera que basta con trastocar los signos, subvertir los impulsos y pensar la gran unidad de los contrarios para obtener Masoch a partir de Sade. El tema de una unidad sado-masoquista, de una entidad sado-masoquista, fue muy perjudicial para Masoch. No sólo sufrió un olvido injusto sino también una injusta complementariedad, una injusta unidad dialéctica”.

 

“Es necesario reconocerlo –escribió Masoch tras su epifanía con Zenobie, sintetizando el espesor de su hallazgo-, encorvándome bajo los golpes crueles de la hermosa mujer, experimenté una especie de placer. Sin duda su marido habría experimentado más de una vez semejantes sensaciones, pues pronto volvió a la habitación, no para vengarse sino como un humilde esclavo; y fue él quien se arrojó a los pies de la pérfida mujer, pidiéndole perdón, mientras ella le rechazaba con el pie. Entonces, cerraron la puerta con llave”.


 

Ficha:

 

Escritos autobiográficos
Leopold von Sacher-Masoch
Trad. de Jorge Segovia y Violetta Beck
Maldoror ediciones, 2005

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