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Por Horacio Bilbao

 

-Este trabajo fue escrito en 1999, con un gobierno demócrata en los EE.UU.. Pasaron George W. Bush, los atentados del 11-S, dos grandes crisis capitalistas. ¿Hará falta actualizarlo?

-Aunque el libro fue escrito en 1999, Bill Clinton ya estaba dando un abrupto giro hacia la derecha en su gestión, y arrastró al Partido Demócrata. Republicanos y demócratas asumían la premisa de que si hubiera menos Estado habría más libertad. Yo trabajaba en Rusia, una sociedad donde la autoridad política había colapsado. Se hacía obvio que ese colapso no creaba libertad. Mis colegas me decían que las sociedades poscomunistas no se pueden permitir derechos sociales y deberían restringirse a los clásicos derechos liberales: a no ser torturado, a la propiedad privada. Para mí se equivocaban. Me parece que si escuchas el debate político estadounidense hoy, se juegan los mismos argumentos: si dependes de los programas del gobierno, servicios, o provisiones, de alguna manera, pierdes tu autonomía. El único individuo independiente del gobierno es la persona sin hogar que come de un tacho de basura. El libro en ese sentido es actual.

-¿En cuál sentido no lo es?

-La globalización hace cada vez más difícil cobrarles impuestos a los ricos. Tienen cada vez más facilidades para esconder sus recursos. Y como consecuencia del 11-S se reforzó una paradoja entre los conservadores norteamericanos. Piensan que el gobierno es incompetente, que no pueden confiarle la salud pública, que de eso debe encargarse el sector privado. Pero en lo que respecta a la seguridad nacional, confían en el Estado sin cuestionamientos. ¿Cómo se explica este sistema que por un lado se banca a un gobierno que invade países que nunca nos atacaron, violando incluso los derechos humanos, y al mismo tiempo dice que todo lo que el gobierno hace está mal, que no le permitirán invadir la esfera privada?

-Dígamelo usted.

-Una retórica hipócrita. Confío más en el gobierno para subsidiar escuelas que para operar en Guantánamo.

-Pasemos a la tesis principal del libro: los derechos dependen de los impuestos.

-La idea de que un derecho es algo que uno ejercita de forma autónoma sin utilizar los recursos colectivos no tiene sentido si miras, por ejemplo, el derecho a tener un programa de salud. La creencia de que los impuestos son el mayor enemigo de nuestros derechos es una posición bizarra y perversa, refutada por cientos de ejemplos.

-Y un ataque al rol del Estado.

-Los costos presupuestarios de todos los derechos, no sólo los sociales, también los clásicos derechos liberales, el de juicio, el de contrato, requieren que el gobierno lleve a cabo procedimientos legales factibles que se pagan con impuestos. El derecho de voto es muy costoso. Depende de recursos colectivos extraídos y manejados por el Estado. En los Estados Unidos, el mayor obstáculo para el desarrollo de un Estado de bienestar, que se debilita más y más, no es el individualismo, es la falta de voluntad de un grupo para permitir que les pongan impuestos que beneficien a otro grupo que no es como ellos. En Europa pasa con el aumento de la inmigración. La gente que estaba dispuesta a pagar, ahora lo está menos.

-Es un problema ético...

-Si la humanidad fuese más moral, estaría protegiendo al planeta del cambio climático. La noción de Estado clásica pone a toda la comunidad en una forma de seguro que es para todos los miembros de la sociedad, un ideal, pero es verdad que, en los últimos cinco años, ha habido un recogimiento de metas. Está ligado a la problemática de los impuestos. En Europa y en los Estados Unidos es cada vez más difícil que los ricos paguen. Y las clases medias siguen pagando, pero mantienen su estatus gracias a los créditos. Al final no tienen recursos y tienen que pagar las cuentas, así que hay una contradicción. Es un gran problema universal, que se vuelve peor porque los estados son más débiles. En los Estados Unidos, por ejemplo, tienes gente que trabaja pero no vota, y gente que vota pero no trabaja. Se puede contratar a obreros en China, en India, tener una clase obrera sin que forme parte de la comunidad política. Es algo nuevo, va minando el sistema. Y aún no entendemos el concepto ni sus consecuencias.

-Además, preocupa la distancia creciente entre la ley escrita y la implementación de esas leyes.

-Sí, Obama, al principio de la crisis económica, dijo que lo paradójico era que la mayoría de lo que aquellos banqueros hicieron era perfectamente legal. Las corporaciones no infringen la ley, la hacen. El sistema legal es muy permeable a legislaciones especiales, a cambiar la ley por consenso de los grupos de poder, que tienen la habilidad de influir en los legisladores que quieren ser reelectos. Eso no es un misterio, ni un secreto. La ley se aplica de forma selectiva. El tema es qué tipo de recursos, individuales, informales, usan esos grupos para hacer las leyes aplicables en algunos casos, mientras que otra gente que no tiene esos recursos o capacidades es incapaz de hacer que se aplique la ley en su caso.

-¿Qué le imposibilitó a Obama cumplir con las bases que se había propuesto en su campaña?

-Muchos liberales sienten que no se comprometió lo suficiente en su lucha. Los republicanos lo derrotaron en casi todo, desde el principio, y si él hubiera llegado con un espíritu más comprometido y sin ningún deseo de culpar a la administración de Bush, incluso así, hubiera heredado una situación terrible. Ha sido criticado por no tener un soporte para sus promesas electorales, que no es del todo cierto ¿Por qué se comporta así? Hay que mirar atrás para entender, hay una fuerza pequeña pero presente en el partido republicano que cree que si Estados Unidos se convirtiera en un país multirracial ya no sería Estados Unidos. Noticia: ya es un país multirracial. Así que esa es una fórmula para la violencia, no una política racional. Y la razón es que el electorado, especialmente en algunas partes del país, tiene miedo de terminar siendo “un terrón de azúcar en una taza de café”, de perder su identidad con este cambio demográfico. Los políticos son buenos en la medida en que pueden reconciliar la democracia y la demografía. De paso, no hay ningún político europeo que sepa cómo hacer esto. Lo que Obama olvida es mostrar que podemos ser los Estados Unidos incluso siendo un país multirracial. Por eso su mayor propósito es ser tan normal como sea posible, incorporar al establishment dentro de su “modernidad”, para poder mostrar algo que es un gran problema, y es que la población blanca se está convirtiendo en una minoría. Esa es la razón de que haga cosas que decepcionan a los liberales, como mantener abierta Guantánamo. El hecho es que un hombre negro puede ser presidente de los Estados Unidos. A pesar de algunas de sus políticas, aún se le considera un socialista, aunque ha matado a Bin Laden; aún lo llaman musulmán. Creo que incluso ahora se le acusa de no ser un verdadero estadounidense.

-Era impensable que tuvieran un presidente negro. Pero miremos la situación carcelaria, la mayor población carcelaria del mundo tiene gran mayoría de negros.

-Es cierto, no ha hecho nada en ese sentido, es un escándalo inexcusable, irracional. Y sí, es racismo puro, sin duda. Pero estas cosas hay que verlas en su perspectiva histórica. En 1950, un taxista negro no podía recoger a una persona blanca en Washington. Y si eras negro, tampoco podías tener una habitación de hotel en esa ciudad, así que las cosas han cambiado, pero es un proceso muy lento y difícil de superar. Es difícil crear una clase media sólida para reformar esto.

-Otra de las verdades que cuestiona es la independencia de los poderes: ¿es inevitable que el poder político esté sobre todo?

-Hay muchos casos en los que el sistema político está atado al legal. Por ejemplo, una mujer es golpeada por su marido, lo arrestan, va a prisión tres meses, sale y la mata ¿Qué hizo la Corte? ¿La protegió? Sólo se la protege si la Corte trabaja en conjunto con la legislación y se crean refugios (con impuestos), etc. Otro caso: en la mitad de los Estados los jueces que son electos, pertenecen a partidos políticos, si no lo hacen pierden la elección. Llamarlos apolíticos sería muy naif. Aunque la teoría los separe, hay mucha mitología en eso de la independencia de poderes.

-En la Argentina hay un debate en torno a los subsidios, ¿cómo se hace para que no sean una herramienta de clientelismo?

-Todas las libertades requieren subsidios. Claro que pueden regularizarse, y pueden ser transparentes, lo que puede minimizar el clientelismo, porque todos los países tienen algún grado de clientelismo o de corrupción. En los Estados Unidos tenemos muchos subsidios, casi todo el staff de American Airlines, los pilotos, han sido entrenados en el ejército del país; se pagó con impuestos. Es un subsidio a la compañía. ¿Es eso clientelismo? Bueno, es una forma de apoyar la industria. El gasto público que sostiene los derechos es un valor para que la gente pueda tener más recursos privados, en ese sentido siempre hay un elemento de clientelismo, y un acercamiento igualitario, o liberal, o progresista al gasto público que compensa estos hechos.

-Muchos hablan de políticas distributivas de la riqueza y aplican impuestos regresivos.

-En el siglo XIX, los habitantes bien de la ciudad de Nueva York podían pagar el mejor doctor, pero no podían protegerse de las enfermedades contagiosas. Así que invirtieron en los vecindarios más pobres: no podían protegerse sin proteger a los pobres. Lo que digo es que en la creciente desigualdad una de las condiciones es ser más iguales. En los países donde los hombres de negocios producen para el consumo doméstico tienen un incentivo: que la gente común tenga dinero y pueda comprar sus productos. El tema es cómo crear incentivos en los que ya tienen salud para hacerles ver los beneficios de contribuir en esta “cosa común”. Los ricos no entienden las consecuencias. Hay un dibujito en Brasil que muestra que los ricos tienen que ir al restaurante en helicóptero para no ser secuestrados. Si creas violencia, si no integras a la gente, si no quieres acabar con la pobreza estás creando una clase de enemigos en tu país. La globalización aceleró estas tendencias, y no estoy seguro de que alguien tenga una idea clara de cuál es la solución política a esto.


Traducción de Bárbara Álvarez Plá.

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