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La escritura como síntoma

 

Publica La Tempestad

 

Por Nicolás Cabral

 

    Dos son las fuentes formales de La Fábrica del Lenguaje, S.A. –que semeja, antes que un ensayo, un artículo de opinión interminable (el e-mail y Facebook como sustitutos de la biblioteca)–: el eslogan y el zapping. El volumen denuncia el pensamiento superficial que, a su juicio, domina la cultura contemporánea, pero ¿no supondría eso un esfuerzo de profundidad? Tomemos, al azar, algunas frases del libro: “Nuestra era es la era de las cosas que no se pueden tocar”, “La originalidad es lo homogéneo disfrazado del derecho a la autenticidad”, “El capitalismo ha sido el mejor reproductor de la condición comunista”, “La última filosofía pacífica mutó en filosofía pasmada”, “El problema está en pasar de la protesta a la propuesta”, “Quizá pensar en la caída del comunismo no sirve para nada porque ese comunismo es idéntico al consumismo contemporáneo y sus prácticas homologadoras”. Me detengo ahí. Ya se ve el estilo: juegos de palabras (protesta-propuesta, comunismo-consumismo), brevedad epigramática, simplificaciones sospechosas. He aquí uno de los problemas centrales del libro: la incapacidad autorreflexiva, que lo lleva a hacer uso de los procedimientos que critica, sin sobresaltos visibles. No es casual su fascinación por Twitter, en la medida en que un porcentaje significativo de sus frases no supera los 140 caracteres.

    La temática inestable del texto da otra clave: no se trata, aquí, del uso del fragmento como lo entendió la modernidad –escaso en la literatura mexicana; lo ha estudiado Eduardo Milán– sino de incapacidad discursiva, la imposibilidad de mantener la atención en un problema. El fenómeno, como sabe cualquiera que pasa algún tiempo frente al televisor, se llama zapping, y no es ajeno a la lógica de la búsqueda en línea: una cosa lleva a la otra, sin solución de continuidad. Así, Raphael puede pasar de la perversión del lenguaje operada por los medios de comunicación al análisis de la condición neoliberal –leer a David Harvey habría sido productivo–, sin privarse de ofrecer una taxonomía arbitraria de las búsquedas de la narrativa mexicana actual. El resultado es un baturrillo donde la argumentación desaliñada no logra distraer de las contradicciones, los non sequitur o las informaciones equivocadas (Raphael da por buena una célebre entrevista apócrifa a Marcola, el líder criminal brasileño).

    No puede decirse que La Fábrica del Lenguaje, S.A. carezca de buenas intenciones; de hecho, es un libro animado por ellas: salir del atolladero del presentismo, relacionar literatura y sociedad, recuperar la capacidad de diálogo, resistirse a la mercantilización de la palabra y a su deriva espectacular. El problema fundamental es el lugar desde el que se pretende llamar al cambio: la socialdemocracia, que en los últimos años ha demostrado no sólo sus incapacidades políticas, sino su absoluta sumisión a los poderes hegemónicos (“¡Salven los bancos!” es su única consigna). Aquí no está en cuestión el capitalismo o su expresión política, la democracia liberal; para Raphael el sistema ofrece suficientes espacios para la transformación, todo depende de la voluntad, de un reajuste de la mirada. No es casual que al libro lo recorran extrañas formas contemporáneas de anticomunismo, y que carezca de nociones marxistas elementales a la hora de vincular economía y cultura. La Fábrica del Lenguaje, S.A. se inscribe en lo que Slavoj Žižek ha llamado “revolución blanda”, esa mezcla de EZLN, Naomi Klein e Imperio (un libro importante de Antonio Negri y Michael Hardt a menudo leído apresuradamente).

    Hace tiempo que México vive una crisis: económica, social y política, pero también de la inteligencia. Buscar alternativas al funesto presente es, antes que una alternativa, un asunto de supervivencia para mi generación (Raphael prefiere el término “nube”; no olvidemos: Todo lo sólido se desvanece en el aire), la de los nacidos en los setenta. Pero para ello hay que elegir bien las armas. El lenguaje es una de ellas, como sabe el autor de La Fábrica del Lenguaje, S.A., pero alguien debió susurrarle dos secretos: 1) la literatura latinoamericana no es lo que Babelia decide que sea (ni es únicamente narrativa); 2) la revolución no será televisada ni ocurrirá a través de Facebook y Twitter.

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