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Publica La Jornada

 

Por Ilan Stavans

 

   Aunque esta no es la primera vez que una palabra en spanglish entra en el diccionario de la RAE, sí es la más significativa: ahora que García de la Concha felizmente ha sido reubicado por el gobierno español (tiene a su mando la dirección del evangelizador Instituto Cervantes), la Academia se ha animado a reconocer lo que el resto de nosotros ya sabía: que el spanglish es una realidad, necia e incómoda para algunos, pero realidad al fin y al cabo.

    Sin embargo, no es alegría lo que siento sino frustración. Desafortunadamente, la definición que la RAE decidió insertar en su diccionario es ridícula: “Modalidad del habla de algunos grupos hispanos de los Estados Unidos, en la que se mezclan, deformándolos, elementos léxicos y gramaticales del español y del inglés.” ¿Deformándolos? ¿En qué siglo vive la Academia? ¿El dieciocho, cuando se fundó; el veintiuno, en el que vivimos? A estas alturas del conocimiento lingüístico, describir el contacto dinámico entre dos lenguas como una deformación es rechazar la base misma del desarrollo verbal. Toda lengua viva está en constante movimiento. Ese movimiento implica la reinvención constante de estrategias. Únicamente las lenguas muertas pueden ser consideradas puras porque la pureza no existe en los códigos que se actualizan a diario para estar al día en términos tecnológicos, científicos, de publicidad y cultura.

    ¿No es el español americano una deformación del español peninsular? Sí, pero describirlo así es negar su autenticidad. A más de quinientos años de la conquista de América, la ecuación se ha invertido, al menos si usamos el ámbito demográfico como fuerza censora. Somos más de cuatrocientos millones de hispanoparlantes en este continente. Las posibilidades del español entre nosotros son múltiples. El número de habitantes de España no llega a los cincuenta millones. ¿Quién está al mando? La lengua es de quien la usa, no de quien la legisla.

    Algo similar ocurre con el spanglish. En vez de ser una deformación, su textura es evidencia del surgimiento de una nueva manera de concebir al universo. Es cierto que esa concepción deviene del inglés y el español pero la mezcolanza, la yuxtaposición no es ni de uno ni de otro. Tampoco es una deformación sino, más bien, una posibilidad nueva. El mismo español, en la época de Gonzalo de Berceo, en el siglo XIII, era un menjunje que conllevó a la gestación de lo que hoy es la tercera lengua más importante del mundo (después del mandarín y el inglés). La palabra “deformación” sigue denunciando una actitud colonialista. Ya es hora de que España se libre de sus propios fantasmas. 

    Sí, el spanglish, como realidad, merece ser registrada en el diccionario de la RAE. No, este vehículo de comunicación –útil, hermoso y duradero– no es un monstruo.

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