Rincón bibliográfico

Vacaciones en el espacioEl hecho de que la industria del turismo sea una actividad netamente moderna hace que cada uno de sus hitos se conozca en detalle. Sus fechas, sus recorridos, su duración, sus magnitudes, sus precios, sus incidencias. El primer viaje organizado por Thomas Cook («joven tornero de la madera, abstemio y lector de la Biblia»), considerado como la primera excursión turística de la historia, tuvo lugar el día 5 de julio de 1841. Se sabe que Cook fletó un tren para trasladar a unos 500 miembros de la sociedad antialcohólica de la que era un destacado miembro. El viaje cubría la distancia entre Leicester y Loughborough, en Inglaterra, apenas unos pocos kilómetros. El motivo era acudir a un mitin en el parque del señor Paget, donde se pronunciarían discursos y soflamas antialcohólicas. Se sabe que el tren salió puntual, of course. El viaje de ida y vuelta costaba un chelín. Se sabe que el grupo de abstemios que formaban el contingente bebió abundante limonada. Se sabe que uno de los viajeros sufrió una indisposición, etc.

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Sylvia Molloy: Crítica y contagioDesleer  para  leer: esa consigna abre la lectura que Sylvia Molloy hace de La vorágine, y se vuelve un gesto recurrente en sus lecturas críticas. “Desmontar”, escribe, “esa red taxonómica que se ha ido tejiendo alrededor –y a veces a la vera– del texto para enfrentar su letra” (1987: 746). Leer, ahí, es antes que nada desmontar, desarmar los marcos, las taxonomías, las fijaciones de lo ya-leído, ese repertorio de las lecturas que se asientan  como sedimentos y  se vuelve automatismo de la crítica, de la pedagogía, de las categorías de lectura. Gesto a la vez necesario y, añade, imposible: en esa revocación, “siquiera tangencial”, empieza “Contagio narrativo y gesticulación retórica en La vorágine”, un texto crítico de 1987, un momento, podemos pensar, de inflexión de la crítica que se producía desde EEUU (Molloy estaba en ese momento en Yale; el texto sale en Revista Iberoamericana) donde los debates en torno al Boom y al testimonio, que fueron dominantes durante las décadas previas, empezaban a hacerle lugar a nuevos vocabularios críticos, y donde el culto del autor como filtro de toda lectura –tan determinante de los instructivos de lectura que se gestaron en torno al Boom– empezaba a desfondarse para hacer ver las operaciones del “texto” y de la escritura. El artículo de Sylvia es, sin embargo, menos un recambio de vocabularios y de modos de leer que el registro y el mapeo de una sensibilidad crítica. Una sensibilidad crítica hecha, claro, de lecturas, pero sobre todo de un posicionamiento en tanto que lectora: el trazado de un lugar desde donde leer, que es inseparable de una pregunta por la forma literaria, o mejor dicho, por lo informe literario.

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Un arte de leer¿Qué leemos cuando leemos un libro? Anecdóticamente, un texto, uno solo y el mismo para el universo, una sucesión de palabras y de páginas. Pero, una vez leído y dando por supuesto que no nos hemos saltado un solo párrafo por sospecharlo superfluo, ¿qué cuentas echamos cuando ya aquel texto es un libro? Volviendo sobre el material inmediato, las letras sobre el papel, es muy posible que comprobemos subrayados, borrones, anotaciones marginales, elogios y denuestos para un autor maniatado y mudo, incapaz de replicarnos. Es decir, el libro no coincide con el texto.

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Ludmer: Literaturas postautónomasLiteraturas postautónomas: otro estado de la escritura

 

Por Josefina Ludmer

 

Hoy concibo la crítica como una forma de activismo cultural y necesito definir el presente para poder actuar. El presente es para mí el presente literario, porque creo que en la escritura, y sobre todo en la literatura, se puede ver cierto funcionamiento de la imaginación pública.

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