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Javier Lostalé: Rosa y Tormenta
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Javier LostaléLa figura del corredor de fondo –en su soledad y radicalidad más inseparables, originadoras de un espacio propio- guarda cierta similitud con la trayectoria de algunos poetas. Sobre todo, allí donde la lateralidad de los modos y modas o el silenciamiento público sólo permiten hacer fructificar una obra a la larga. Recordemos (son casos bien diversos) cómo Juan Eduardo Cirlot fue más conocido en vida como crítico de arte (y autor de un excelente Diccionario de símbolos) que como poeta y que, sólo mucho después de su fallecimiento, ha podido el lector común acceder a su obra entera. Antonio Gamoneda, por su parte, no entró en el circuito obvio de los otros miembros de su generación hasta publicarse la edición de sus poemas en Cátedra por parte de un certero Miguel Casado; y aún hoy, en determinados aquelarres del gremio tratan de rebajar su condición. O, un raro excelso, tenemos asimismo la peripecia del poeta canario Luis Feria; quien por seguir un camino no trillado y retirarse en vida a la periferia no ha sido reivindicado en su alto valor hasta ser editado por Pre-Textos.


Por Ángel Rodríguez Abad *

En el caso de Javier Lostalé (Madrid, 1942), su larga y meritoria tarea profesional como periodista cultural en Radio Nacional de España (también el hecho de haber reservado su territorio lírico para una íntima necesidad arrebatadora y pausada, sin estridencias editoras innecesarias) parece haber opacado el reconocimiento de su obra escrita. Aunque, afortunadamente, la justicia poética comienza a abrirse paso. Esta bella antología de todos sus libros, Rosa y tormenta, publicada en la muy cuidada colección palentina Cálamo Poesía, así nos lo confirma.
Javier Lostalé se da a conocer en la antología Espejo del amor y de la muerte, en 1971, (con Luis Alberto de Cuenca y Ramón Mayrata entre otros) y su primer libro Jimmy, Jimmy –de 1976– fue obra de culto para los entonces novísimos y anexos, y hasta llegó a tatuarse como emblema en el tanque de gasolina de alguna motocicleta. Ya la crítica ha señalado cómo la visión cernudiana y una dicción aleixandrina acompañaban el territorio en donde aquel joven apasionado por la poesía empezaba a moverse. Jimmy, Jimmy nos transmite la atmósfera de los veranos de la infancia, el temblor del misterio de cuando puro se derrama el corazón, el fuego del solitario que se consuma en el resplandor del poema, la clara ascensión de una mirada limpia que sabe ya de lo imposible. La palabra es hoja suspendida en el claro de la tormenta, forma luminosa que exhalan unos labios; frente a las opacas palabras que vanas explican la prosa del mundo, la transparencia y la fragilidad estallan en el país vívido del sueño, y la mirada transfiguradora del mendigo, del poeta, sabedor del secreto ofrenda esa dicha mayor y salvadora que es el poema: “Alguien cruza, y no roza, pero queda.” Visto en la distancia, podemos afirmar que la semilla de lo que iba a madurar en Lostalé se adivinaba en los trazos allí dibujados.
Habrían de pasar los años, tendrían que supurar para después cicatrizar las heridas del amor y de la edad; aquella mirada febril y juvenil, siempre limpia en su pureza radical apasionada, habría de ir cincelando unas maneras de vivir hasta poder acariciar con el tacto la imagen imperecedera de la rosa tantas veces soñada. La rosa inclinada (1995) se nos aparece como un libro capital en la lírica en español de la década de los noventa. Explícitamente, ya desde su “Confesión” inicial, es un libro de salvación. De manera implícita alcanza su unidad como libro de amor. Es la memoria de un cuerpo que deviene rosa inalcanzable, es así mismo exaltación de una espiral del querer, de una batalla de amor cuerpo a cuerpo que esconde la anhelada armonía de ese cuerpo y de esos besos, también de sus heridas. Una cicatriz interior que se exhibe como rosa inclinada pero no vencida. El ser que vertebra esta rosa aniquila y permanece, es el tatuaje del corazón, impregna la mirada del poeta que despliega una rosa en cada poema hasta hacer del más bello engaño cifra de una escritura de perpetua esperanza radical.
Si en La rosa inclinada encontramos al Lostalé más brillante, es en Hondo es el resplandor (1998) donde hallaremos al Lostalé poeta puro y duro. Si La rosa... es un libro acerca de la carne, Hondo... es un libro acerca del espíritu. Haciendo un guiño al gran poeta Vicente Núñez: sus enamorados días terrestres son ahora sus hímnicos días celestes. En la mejor tradición mística, Lostalé parte de lo cotidiano que nos rodea para desnudarlo en su ser y elevarlo hacia una hondura altísima: donde la pureza del verbo alumbra, arde, habita y aniquila. Valgan dos ejemplos; el recordado mantel de la infancia a través de la escritura del tiempo permite que el pensamiento toque las imágenes; una cabeza rendida sobre un hombro se revela como el resplandor de lo innombrado y hace florecer en el poema la rosa del misterio. Pulsación, música, pensamiento, temblor: núcleo del núcleo de un pensador sensual. Hondo es el resplandor es el pétalo más precioso de toda su poesía.
La estación azul, conjunto de poemas en prosa de 2004, es en su especificidad, una suerte de álbum de milagros. El poeta afirma que todo pensamiento es embrión de un ser, que toda oración es un lugar de revelación en esta estación azul: cada poema es una oración lírica y su conjunto establece un ámbito que traslada al lector al otro lado del espejo de lo real para conformar el latido de un corazón, del corazón del poeta. Mi preferido quizá sea “El jardín”, que para mí significa la poética de Javier Lostalé: “Desde que nacemos vamos cultivando un jardín tan íntimo y secreto que hasta nosotros mismos perdemos la llave”. Este jardín es “un orbe cerrado donde canta siempre la fuente del espíritu”. Lean esto último como el emblema del Lostalé más en sí.
Tormenta transparente de 2010 puede leerse como el libro complementario del título exento La rosa inclinada (1995). Ambos forman un díptico en torno al Amor. El pulso del amor siempre ha latido nítido en la poesía de Javier Lostalé. Él ha recordado repetidamente (leal a su querido maestro y amigo de Velintonia, Vicente Aleixandre) la afirmación aleixandrina de que “la memoria de un hombre está en sus besos”. Y en esta Tormenta transparente se remite, en el poema que abre su sección central –“Adolescencia”-, a sus propias imágenes de antaño (verano, pájaro, cama, nube translúcida, cuerpo a punto de alumbrar) para plasmar, y casi exigir, ese “Beso que resplandece / en su estación total”. El amor opta, pues, en su límite extremo por volverse destino. El signo del amor explora ser abrazo unitivo totalizador; así, en el poema “Dentro”: “Como una tormenta respiras dentro de mí”. La corporalidad de la rosa se hace esencialidad en esta tormenta: elevación del deseo hacia el interior de la sangre, epifanía amorosa que parece fagocitar al propio deseo hasta convertirlo en llamarada íntima. Así, en “No nacido”: “astro silente que en mi sangre germinas / con la quietud llameante de la revelación”. Tormenta transparente es un libro de amor, un canto al amor por sí mismo. Y desde su más despojada hondura. Un libro que hace de la posesión todo un itinerario transfigurador.
El tránsito en vuelo, la libertad de luz cambiante de las nubes parecen signar los poemas inéditos que cierran esta antología. Adivinan en su promesa feliz “la universal pulsación de lo aún no concebido”. Cierran un espléndido volumen, Rosa y tormenta, que nos invita a través de su atenta selección a adentrarnos en el hermoso territorio íntimo de un hondo poeta que es preciso conocer.

 

* Texto leído por Ángel Rodríguez Abad en la presentación de Rosa y tormenta en Función Lenguaje. Viernes 1 de marzo de 2013.



Ficha:

JAVIER LOSTALÉ
Rosa y tormenta
Ediciones Cálamo
Palencia, 2011

 

 

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