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August Strindberg: Alegato de un loco
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August StrindbergMuy amargas han sido siempre las venganzas de Strindberg. Golpeando el mundo que siempre le resultó ajeno, se golpeaba a sí mismo sin cesar. Creó mujeres ideales a las que amar y a las que acabó odiando sin límites, al no responder ellas a la imagen imposible de su creador. Siempre dispuesto a morir o a vivir por razones místicas y espirituales -era un ser exagerado, con un gusto inusual por permanecer en la cuerda floja – su cuerpo y su mente se enamoraban de las mujeres por muy diferentes razones. Su mente era anormalmente mística, sí, pero su cuerpo era el de un macho que pesa con los ojos el valor corporal de la hembra. Despreciaba a las mujeres feas y adoraba a las bellas. Y, siendo bellas en su cáscara, habían de ser perfectas en su interior: madres entregadas, santas esposas, puras, sumisas, angelicales, etéreas e ignorantes... Seres creados por la madre naturaleza para hacer felices a los hombres, superiores a ellas en todo.


Por Blanca Suñén

Por eso, Strindberg jamás fue feliz. Ni en el amor, ni en la vida, que no soportaba sin la presencia física –por mucho que disfrazara dicha presencia con tintes no carnales- de la mujer. Enamorarse era para él la mayor de las torturas y, en contados momentos, una fuente de placer. Para sus mujeres, amarle significaba verse, más tarde o más temprano, cubiertas de barro. Un lodo que, como no podía ser de otra manera, le alcanzaba de pleno al propio autor.

Podríamos justificar todo ello hablando de su esquizofrenia, pero no me parece necesario justificar a un autor del tamaño de Strindberg, uno de los más grandes autores de todos los tiempos. Y no es necesario hacerlo, además, porque él jamás lo pediría. Nunca se echó atrás en sus opiniones contra las mujeres.

En este volumen, él mismo nos aclara que volvió con su esposa para acabar el libro que estaba escribiendo contra ella. Una vez hecho, el divorcio se consumó.

Los movimientos de liberación de la mujer, el lesbianismo, la libertad sexual o las mujeres escritoras le parecían asuntos del mismísimo infierno.

El teatro, los actores y su ambiente, igualmente infernales y estúpidos.

La maternidad, la castidad femenina, la belleza de las hembras y la crianza de los hijos, eran el mismísimo paraíso terrenal.

Habiendo sido pobre, se consideraba superior a cualquiera fuera cual fuera su clase social, pero las clases aristocráticas le sumían en la más absoluta devoción debido a la belleza de sus cuerpos y a lo delicado de sus actitudes físicas.

A una mujer de esta clase –de belleza y porte excepcionales- es precisamente a la que destroza en Alegato de un loco, obra que se volvió contra su autor en un momento en el que diversos escritos por él publicados y que arremetían contra la liberación de la mujer, le habían puesto en contra a la mayoría de la intelectualidad europea.

Dice en el prólogo: ¡La “pobre mujer indefensa”, ella, que tenía a su disposición a las cuatro naciones del Norte, donde no tiene más que amigos, para combatir a un enfermo, abandonado, caído en la indigencia, a quien se quiso encerrar en un asilo de enajenados porque su inteligencia superior se rebelaba contra la ginecolatría, esa penúltima superstición de los librepensadores!

Este libro se trata pues de una venganza, por mucho que Strindberg la disfrace de justicia: ¿Qué fue lo que dio lugar a este libro? La justa necesidad de lavar mi cadáver antes de que quede sepultado por siempre en la cerveza.

Difícil le resulta al lector saber realmente si hay algo de justicia en él, ya que está contado bajo el punto de vista exclusivo de su autor. Un hombre -como cuenta en muchas páginas de la obra- con su cerebro seriamente alterado por la situación matrimonial.

Un hombre en busca de su amor ideal pero al que debía resultar del todo imposible amar. Amar y ser amado.

Derrama en estas páginas una crueldad inusitada contra el súbito, quizá sí caprichoso e imposible, pero legítimo impulso de su esposa por la vocación teatral. Se erige en su mentor, en su educador escénico, trata de convertirla en una actriz aceptable, pero jamás le dice lo que realmente piensa: que la considera una nulidad como actriz, una comedianta del tres al cuarto que jamás pasará de hacer el ridículo ante el público. Seguramente el odio que siempre profesó por el teatro y por las gentes de esta profesión le hacía el trago tan amargo.

Adultera, envenenadora, libertina, manipuladora, prostituta, mala madre... en estas cosas convirtió su mente a la mujer que en un principio le fascinó hasta la enfermedad, hasta no querer conocer más mundo que el que rodeaba a su amada, una mujer casada con un barón aristócrata. Mientras los límites se encierran en el universo de lo platónico, todo es perfecto. Pero cuando Strindberg necesita un acercamiento carnal –el suyo es legítimo, el de ella, adúltero-  un acercamiento que en muchas horas bajas de su relación posterior será tan lacerante que le hará volver al hogar con las orejas gachas, cuando el amor se une a lo cotidiano y lo humano, los problemas aparecen como un torrente imparable: Le transmito una y otra vez mis ideas reconfortantes y mis esperanzas, ficticias en ocasiones, pues me hallo al borde de mis fuerzas mentales; y ella recibe todo eso, me chupa el cerebro, me deseca el corazón. Ella en cambio me ha convertido en su cubo de basura: derrama dentro de mi todas su porquerías, todas sus penas, sus desengaños, sus preocupaciones.(...) Me oprime una responsabilidad abrumadora. Presiento el momento en el que la miseria o la llegada de un niño me van a cargar una esposa a las espaldas.

Extrañas opiniones para un hombre que se considera absolutamente puro y generoso en su relación amorosa; pero también dueño y señor del bienestar, la vida, la libertad y las opiniones de quien será su esposa una vez divorciada del barón...

Tras el sistemático intento de acabar con la reputación de su mujer, amparándose en la necesidad de limpiar la suya mancillada por ésta, insulta junto a la esposa a sus supuestas amantes, a las mujeres que luchan por la igualdad, a las lesbianas, a los cornudos consentidores, a los intelectuales imbéciles que tratan a la mujer como a un ser mentalmente capacitado para algo más que dar a luz, a los actores y actrices  –personajes corruptos y estúpidos en su opinión- y a las mujeres que siendo feas se creen con el mismo derecho a la vida que las guapas.

Verdaderamente, se podría decir que Strindberg, el incuestionablemente gran Strindberg, se convierte en un ser lacrimosamente ridículo por obra de su propia mano. No fue esa su intención, pero sí su resultado.

Lo mismo le pasó con sus textos teatrales, que siempre afirmó verse obligado a escribir para que sus mujeres actrices tuvieran obras en las que actuar, ya que todo lo relacionado con el teatro le resultaba repugnante. Y ahí están sus obras: sin ellas, el teatro aún estaría encorsetado por el naturalismo. La intención y el resultado están divorciados en Strindberg.

Su cabeza y el mundo marchaban por lugares diferentes.

No cabe duda que el dolor de Alegato de un loco es atrozmente auténtico. No inventa su enorme pena, sino que la vive de una forma feroz. Lo que es un verdadero error es erigirse como un santo y bendito loco que trata de salvar a una bellísima pero mala mujer de su propio destino. Este es el argumento de una obra vulgarmente folletinesca y absurdamente tendenciosa que nunca jamás se hubiera permitido el Strindberg dramaturgo llevar al escenario.
Aunque considerara al teatro como un arte nauseabundo.

Pero no se trata de una obra teatral, ni de ficción. Se trata de la realidad, tal como nos la cuenta un hombre que se siente mortalmente herido.

Libro de difícil digestión, enojoso en muchas ocasiones, emotivo en los momentos de la loca –literalmente- exaltación del amor, sorprendente en su crueldad y casi ridículo en la necesidad de su autor por sentirse inocente y maltratado, es sin embargo de obligada lectura para aquellos que quieran ahondar en la personalidad de August Strindberg.

Un tipo que apalea sin piedad lo mismo que busca sin descanso: el amor de las mujeres.



Ficha:

Alegato de un loco
August Strindberg
El Olivo Azul, 2008
287 páginas

 

 

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