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El tiempo y el río
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Milton HatoumEl escritor brasileño Milton Hatoum visita España y presenta su obra. La Fundación Hispano-Brasileña ha organizado por segundo año consecutivo su programa de Escritor Visitante, que en la anterior edición trajo a España al poeta Ferreira Gullar (1930, São Luís, Maranhão). Esta vez fue el turno de Milton Hatoum, narrador de ascendencia libanesa que inició su obra con la premiada novela “Relato de un cierto Oriente” (Companhia das Letras, 1989 – Akal, 2001). La traducción al castellano corrió a cargo de Juana María Inajeros Ortiz y es pertinente señalar el mérito del trabajo por la compleja dimensión poética que propone Hatoum en la narración, un lenguaje que caracterizaría a partir de entonces el resto de su producción novelesca: “Dos Hermanos” (2000), “Cenizas del Norte” (2005) y “Huérfanos de Eldorado” (2008).

 

Por Ernesto Bottini

 
Este Programa de Escritor Visitante tiene como finalidad acercar la obra de un autor contemporáneo brasileño al público de España, pero no solamente al público especializado en la literatura en lengua portuguesa o los fieles seguidores de la literatura latinoamericana, sino a un público más amplio y general. Para ello la estadía del autor se reparte en varios encuentros con lectores en al menos dos puntos del país. En la pasada visita de Ferreira Gullar hubo oportunidad de escucharlo en Madrid y Santiago de Compostela, y esta vez Milton Hatoum ha departido con sus lectores en Madrid (Embajada de Brasil, Casa Árabe y Casa América) y en Málaga.


Profesor de literatura francesa en la Universidad del Amazonas, Milton Hatoum (Manaus, 1952) no representa un punto concreto de ninguna tradición literaria americana, sino que se constituye como espécimen de rara avis dentro de la narrativa en lengua portuguesa. Su obra no apuntala un sistema de mestizaje que en Brasil bascula entre la tradición europea, la africana y la indígena, sino que se erige en una cuarta vía que obliga al lector y al crítico a ajustar el prisma de recepción. Sus novelas se inscriben en la extensa, ramificante y muchas veces borrosa tradición literaria árabe, asumiendo aspectos de las narraciones orales aborígenes del Amazonas con la naturalidad que aquella otra tradición (aglutinante y digresiva desde el principio) le permite plasmar sin tensiones.


El tiempo y el río


“Relato de un cierto Oriente” es una novela sobre la memoria, y ya desde su epígrafe de inicio se nos advierte con palabras de W.H. Auden: “Y la memoria restituirá/ Los pasos y la orilla,/ El rostro y el punto de encuentro”. Su título mismo encierra una clave fundamental para la interpretación de la fábula. Un Oriente cierto se constituye a partir de versiones de un cierto Oriente. “Cuántas veces –se pregunta el personaje organizador del conjunto- recomencé la ordenación de episodios, y cuántas me sorprendí al tropezar con el mismo principio”. El regreso es el punto de partida del relato, el nostos que deja una estela de sentido en el desmadejamiento de las historias. La novela es una operación en el tiempo, y el tiempo tiene una dimensión fantástica capaz de convocar todo tipo de fantasmas. El sujeto del tiempo observado por una multiplicidad de prismas toma la forma de Emilie, una matriarca de origen libanés que despliega una completa progenie en la tierra de destino, el corazón habitado del Amazonas, la ciudad de Manaus. El clan de la mujer habitará como pulseras alrededor de su muñeca, “anillos en el cuerpo de una serpiente”, posibilitando la sucesión y el despojamiento.


De Beirut a Manaus se tiende un manto que trasvasa su dimensión espacial a un extraño tejido de tiempo: “La Hermana Virginie Boulad atribuyó a Emilie la tarea de tirar doce veces de la cuerda de la campana colgada en el techo del corredor contiguo al claustro. Esa atribución había sido fruto de la fascinación de Emilie por un reloj negro que deslustraba una de las paredes blancas de la sala de la Hermana. Al entrar por vez primera en ese aposento, a las doce exactamente, Emilie se había quedado boquiabierta y extasiada al escuchar el sonido de las doce campanadas, incluso antes de oír la voz de la religiosa. Hindié Conceiçao me repitió varias veces que su amiga cerraba los ojos al evocar aquel momento diáfano en su vida”. Participación en el tiempo será construcción de realidad y acceso a la memoria. Y los procesos que permitan la construcción de la memoria serán esencialmente sensoriales, muy a la manera de Proust, donde abundan los disparadores memoriosos del olfato, el gusto y el tacto, todos ellos magistralmente conseguidos por un lenguaje rico en su capacidad de evocación, preciso en el vocabulario, sugerente en la sintaxis.


La mujer que regresa a Manaus tras una larga ausencia articula su historia a través de un archivo que pretende ser epístola, puesta al día para su hermano, personajes laterales ambos de la epopeya vital de Emilie. Son hijos putativos, participantes escurridizos y perfectos testigos para contar desde dentro pero con la perspectiva necesaria para obtener una imagen amplia y abarcadora de los distintos vericuetos de la familia, proponiendo una contemplación transversal de su dinámica, como de entomólogo, mostrando “los orificios por donde iban y venían: viviendas subterráneas, laberintos invisibles, montículos móviles, creciendo, desapareciendo aquí y resurgiendo allí”. El ejercicio de memoria y evocación al que se aboca produce en la narradora general una paradójica sensación de parálisis: “Tuve la impresión de que remar era un gesto inútil: era permanecer indefinidamente en medio del río. Durante la travesía estos dos verbos en infinitivo anulaban la oposición entre movimiento e inmovilidad”.

 

En la novela funcionan otras muchas oposiciones que ilustran los territorios de fricción que Milton Hatoum quiere representar y sobre los que quiere reflexionar. Una de las indagaciones más escrupulosas de “Relato de un cierto Oriente” se centra en la construcción de la identidad y en su relación con el movimiento de la memoria. La memoria es la base de la identidad de estos personajes, podría proponerse como conclusión tras la lectura de la obra, pero también pueden proponerse líneas de interpretación que, partiendo de la edificación identitaria de los personajes, salte a una indagación de las coordenadas identitarias del Brasil, una obsesión tanto de su propia sociología como de la de todo el continente americano. Hay en la novela inaugural de Milton Hatoum una preocupación por pensar, a través de los mecanismos de la ficción literaria, en los elementos constitutivos de una identidad que tiende a la diseminación y, en muchos casos, a una tergiversación que opera más en el ámbito de las definiciones políticas que en el de la psicología del individuo. Así, encontramos en sus páginas la confrontación de dos modelos (al menos dos) culturales que impregnan la vida en sus más amplios repertorios. Y confrontación es una forma clave para entender la disposición de los elementos y las partes. La representación más clara de este enfrentamiento la encontramos en la figura de Lobato Naturidade, vidente y curandero, gran orador en lengua nhengatu. Su vida pacífica y funcional dentro de la comunidad encuentra resistencia en el racionalismo aportado por descendientes de europeos, mayoritariamente poderosos en la región. “Lo que más irritaba a la gente era la vida errante de Lobato, la falta de hogar fijo”. Lobato es el representante del espíritu aborigen, de sus creencias y formas de concebir y actuar en la comunidad. La errancia del vidente es la plasmación de la resistencia a ser fijado, a detener una trayectoria para integrar un modelo de mestizaje que requiere un alto grado de renuncia: “Las infames calumnias y vituperios dirigidas a un hombre pacífico y casi invisible, eran punzadas dirigidas contra una tradición todavía viva, que palpitaba en el corazón de los barrios de la periferia, en el interior de las viviendas suspendidas, azotadas siempre por las lluvias”.


A parir de un episodio en el que se ve involucrada Emilie, la visión del mundo de Lobato Naturidade se enfrenta a la visión del doctor Rayol (¿anagrama de Royal?). Allí chocan frontalmente paradigmas de difícil asimilación en un mundo lógico organizado a partir de un sistema de jerarquías. La convivencia de los contrarios se plantea como un problema cuya resolución necesariamente dejará a uno de los elementos mal parados. Hatoum parece no confiar en el discurso de mestizaje que se articula en América, especialmente en aquellos sitios del continente en que mayor proporción de aborígenes han sobrevivido tras la conquista europea y las formaciones, muchas veces sangrientas, de los distintos Estados nacionales. Más bien parece trabajar con la hipótesis de la confrontación que con la del encuentro. Y a pesar de las edulcoradas festividades por el quinto centenario de la conquista, no es el único intelectual que se posiciona críticamente ante el debate.


Augusto Roa Bastos y Rafael Sánchez Ferlosio podrían representar, desde extremos opuestos de la tensión pero desde lugares idénticos del análisis, la interpretación del mestizaje como una aberración conceptual y un proceso que, a lo sumo, implica una progresiva invasión de lo europeo sobre lo autóctono. “El mestizaje americano se atuvo a una relación rigurosamente asimétrica”, diría Ferlosio. “Choque de civilizaciones y culturas, más que el pretendido y eufemístico ‘encuentro de culturas’, o ‘encuentro de dos mundos’, fórmulas que envuelven –todavía hay que decirlo- algo como un cierto pudor vergonzante de llamar las cosas por su nombre”, diría Roa Bastos. A lo que Rodolfo Stavenhagen añade: “La tesis del mestizaje esconde generalmente un prejuicio racista (aunque sea inconsciente): y es que, en lo biológico, sobre todo en los países en que la población mayoritaria acusa rasgos indígenas, el mestizaje significa ‘blanqueamiento’ por lo que las virtudes del mestizaje esconden prejuicios de lo indígena. Pero como ya nadie cree en los argumentos raciales, el mismo prejuicio se manifiesta en el aspecto cultural. El llamado ‘mestizaje cultural’ representa, de hecho, la desaparición de las cultural indígenas; hacer de este mestizaje la condición necesaria para la integración nacional es condenar a los indios de América, que aún suman varias decenas de millones, a una lenta agonía cultural”.


“La literatura es un micrófono con un volumen muy bajo”, se quejaba Milton Hatoum en su presentación en la Embajada de Brasil en España, ante la interrogación de un asistente. Pero bien haríamos, parecía implicar con ello, si nos esforzamos en escuchar su mensaje y en entender el razonamiento. Un motivo de peso para realizar el esfuerzo es que aún hoy encontramos vestigios poderosos de un discurso cuya mecánica es perversa y cuyo punto final es la clausura del otro (“la generosidad” –leemos en “Relato de un cierto Oriente”- “se revela o se esconde en el trato que se tiene con el Otro, en la aceptación o rechazo que hacemos del Otro”). En España hay una tradición asentada de lo que Roa Bastos llamaba “una verdadera conciencia anticolonial”, que a su vez había sido fundamentada por una “filosofía moral y jurídica”. Esta excepcional tradición de pensadores y humanistas posee una autoridad que mal se haría en socavar por condicionamientos estratégicos coyunturales. La novela de Hatoum no es una denuncia social, y su discurso más bien se sostiene en una poética sensorial de alto vuelo, pero es un objeto estético que no renuncia a su dimensión ética. Más aún, parece querer confirmar que no existe el uno sin la otra. La memoria siempre es la memoria de alguien, y la literatura sin sujeto es como la vida, “un relato contado por un idiota, lleno de sonido y de furia que no significan nada”.

  

Agua de río y aguardiente de caña

 

La presentación del escritor en Madrid se inició con un coloquio en la Embajada de Brasil, a la que asistieron, además del personal diplomático de rigor, el coordinador de la Cátedra de “Estudios Brasileños” de la Universidad Complutense, Antonio Maura, el traductor Mario Merlino y otras personalidades ligadas al ámbito hispano-brasileño. Entre el público, una profesora de lengua portuguesa quiso resaltar la calidad lírica de las novelas de Milton Hatoum, insistiendo en que los temas, a pesar del empecinamiento de los presentes en preguntar por la identidad y la memoria, eran secundarios con respecto a los logros modales de sus narraciones. La señora parecía querer conculcar aquella ocurrencia de Madame de Satel cuando dijo que “los que no aman la pintura por ella misma le asignan una gran importancia al tema de los cuadros”. El marco sobrio y elegante del salón de la embajada ciertamente invitaba a reflexiones de semejante finura, pero no era el escritor invitado el mejor receptor de tamaña lindeza. Sin embargo hubo una pregunta que facilitó la claridad en lo que parecía una bruma interpretativa: Hatoum reconoció ser un escritor que trabaja desde la construcción del lenguaje hacia la construcción del sentido, y no ser un escritor que preste especial atención a la pirotecnia de la trama. En este sentido, en la distinción flaubertiana Hatoum se inclina sin ambages al trabajo primordial de la materia lingüística, pero el sentido no deja de estar imbricado en el proceso de creación, moldeando un objeto en cuyas distinciones la mirada necesariamente perderá referencias.


En el caso de la narrativa de Milton Hatoum es importante no perder de vista esta cualidad o dimensión configurada a partir de la ligadura de los planos ético y estético de la obra de arte literaria. No confundir, por ello, la ética con el discurso panfletario, sino más bien reinscribirla en la senda clásica de la espiritualidad del arte, una dirección en la que apunta aquella máxima de Benedetto Croce: “la obra de arte es siempre un acto espiritual”. No se puede pasar por alto el hecho de la identificación autoafirmada de Hatoum con la tradición narrativa de Oriente, y dentro de ella de los grandes ciclos narrativos como el de “Las mil y una noches”, y su traslación rarificada al vórtice selvático de América: El Amazonas. Es allí donde Hatoum encuentra un punto de unión entre las tradiciones culturales, sin comprometer el mestizaje con ninguna forma de apropiación, sino de intercambio: “Lobato había sido un orador famoso, de esos que al abrir la boca hace que el mundo a su alrededor preste atención”. Un delgado pero inacabable hilo une a Sherezade con Lobato Naturidade. Un hilo que también pasa por Euclides da Cunha, Carlos Drummond de Andrade y João Guimarães Rosa.

 

Tampoco se debería obviar el parentesco que une a Milton Hatoum con la obra y el pensamiento de Edward Said, de quien ha traducido al portugués el libro “Representaciones del intelectual”. Todo ello confluye en un compromiso con la más auténtica e imperecedera producción literaria e intelectual: la del individuo que dialoga con una tradición que le precede y que asume la responsabilidad de continuarla en un sentido profundamente humano y profundamente estético. Continuarla con actitud crítica, ya que Hatoum no pierde oportunidad en su obra de ajustar cuentas con las zonas oscuras de la tradición cultural a la que pertenece: creando personajes muchas veces fanatizados y crueles, representando dogmatismos absurdos y estériles, etc. Es en esta línea, sin duda, que puede interpretarse la elección del tema del diálogo que el escritor mantuvo en Casa Árabe con Bernardo Atxaga: “Identidad y culturas en la literatura”.

 

Una voz extendida repite que la mejor caipirinha que se puede tomar en Madrid la sirven en la Embajada de Brasil, y de acuerdo al primor y la fruición (diplomática, eso sí) con la que bebe el brebaje José Viegas Filho, el señor embajador, durante el encuentro, costaría refutar lo acertado y justo del rumor. La abierta disposición de los invitados dio testimonio de la alta calidad del cóctel, servido con hospitalaria insistencia y generosidad por el servicio de la embajada. La combinación de cachaça, hielo, azúcar y lima de Tahití produce una amalgama que primero es fragmento en el paladar. Una vez que sus elementos anestesian los sentidos las mil posibilidades de lo exótico invaden el intelecto. Bien, esa caipirinha debe ser seguramente la mejor que se pueda tomar en Madrid, pero Milton Hatoum abreva de otras fuentes, anteriores al exotismo de tintineo y selva de la bebida brasileña. El escritor liba, con ancestral contención, del vino que actualiza con paciente labor una estirpe poco amiga de las fronteras y los exotismos.

 

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