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Hernán Cortés abierto en Canal
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Itinerario Hernán CortésHay algo profundamente ingenuo en esta exposición sobre Hernán Cortés que se manifiesta en dos presupuestos mitologizantes: 1) la conquista de América, encarnada en el extremeño Cortés y su periplo por México, fue un encuentro entre culturas y civilizaciones, y 2) el visitante debe, y por tanto puede, acercarse a la figura de Cortés “sin anacronismos ni ideologías”. El primer mito se intenta construir ya desde la imagen promocional de la exposición, donde un símbolo azteca se superpone, en la parte destinada a proteger el corazón, al peto de la armadura del conquistador. El segundo pretende la quimera del formateado, espejitos de colores: vaciar la mirada de cualquier tipo de juicio crítico que pueda opacar el brillo épico de la empresa fundacional del Imperio Español y sus protagonistas.


Por Ernesto Bottini

La herencia de Hernán Cortés aparece celebrada en esta exposición por el tamaño de su “epopeya”, en palabras del Presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González González, quien ha inaugurado la muestra "Itinerario de Hernán Cortés" programada en el Centro de Exposiciones Arte Canal hasta el próximo mes de mayo. “La epopeya de los españoles y portugueses en América –desarrolla Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina- combinó la propagación de la fe cristiana con la usurpación y el saqueo de las riquezas nativas”. Esto puede valorarse de distintas maneras, pero lo que no puede es negarse.

Sin duda Hernán Cortés fue un personaje polémico, como repiten los textos de la exposición, aunque en ninguna parte del recorrido expositivo se señale cuál es, según su punto de vista (el presupuesto expositivo que la fundamenta) ese aspecto “polémico”. El sentido más ajustado que puede dársele al término “polémico” refiriéndose a Hernán Cortés es su sentido puramente etimológico. No acaba de entenderse, tras visitar la exposición y seguir el relato preparado para presentar al personaje, por qué el mundo entero no le rinde inequívocos y constantes homenajes, por qué no le dedica exposiciones y coloquios sin descanso a semejante prohombre. Su “aspecto polémico”, acaba por inferir el visitante, tiene que deberse al anacronismo de la mirada o a la ideología que trae uno de casa, poco acostumbrado a juzgar las cosas del pasado. Los museos y salas de exposiciones de Estados Unidos, México y toda América Latina, estamos invitados a pensar, seguramente sean víctimas de la “leyenda negra” -a la que se recurre en los textos de la muestra para justificar la mala prensa del extremeño-,  que se extiende como sombra alargada hasta nuestros días, y será por ello que no programan exposiciones sobre Cortés y su epopeya, quien, siguiendo el discurso de los organizadores, abrió nada menos que “las puertas del mundo global”.

El texto introductorio de la exposición reza: “El hombre es un animal colonizador. Esta característica, propia de todo ser vivo, ha permitido al hombre colonizar toda la tierra a lo largo de la historia”. Con acierto quizá menos discutible podrían haber dicho que esta característica ha permitido a algunos hombres colonizar toda la historia a lo largo de la tierra. Y a continuación rematan: “Este proceso ha producido siempre encuentros entre culturas”. Es una obsesión del discurso que articula esta muestra hablar de “encuentro” entre culturas, un término que en el lenguaje “académico” está completamente desterrado desde hace por lo menos cincuenta años, un concepto que ha pasado por la procesadora de la deconstrucción y del posestructuralismo, que ha sido descolonizado hace ya mucho tiempo y declarado inoperante. Solo la propaganda, enconadamente ideológica y maniqueamente anacrónica, puede referirse a la conquista de América como “encuentro entre culturas”. Escuchemos a Augusto Roa Bastos: “Choque de civilizaciones y culturas, más que el pretendido y eufemístico ‘encuentro de culturas’, o ‘encuentro de dos mundos’, fórmulas que envuelven –todo hay que decirlo- algo como un cierto pudor vergonzante de llamar las cosas por su nombre. No hubo tal idílica convivencia ni era posible que la hubiese. Lo que hubo fueron luchas terribles en las que las culturas autóctonas acabaron devastadas y sus portadores sometidos o aniquilados, como ocurre siempre en las guerras de conquista, en los largos y desordenados imperios coloniales”.

Dentro del mito del “encuentro” se enmarca la subespecie del “mestizaje”. Escuchemos a  Sánchez Ferlosio: “Resulta asombroso y hasta cínico que todavía haya quien sostenga la falacia histórica de que en América hubo fusión de razas y culturas. En lo que toca a la fusión de razas, a raíz del exabrupto de Fidel Castro, que tanto escandalizó, Carlos Robles Piquer (según citaba entre comillas Diario 16 del 17 de septiembre de 1985) no tuvo empacho en replicar lo siguiente: ‘Como es sabido, la empresa de España es una obra de mestizaje y cruce de sangres y, por tanto, una obra de amor y no de odio, como le gusta predicar a Fidel Castro’ (hasta aquí la cita). En un sentido étnico, solo se puede hablar de amor cuando hay connubium, es decir, simetría o bilateralidad en las uniones sexuales permitidas entre dos etnias o tribus, digamos A y B, o sea, tanto en el sentido varón de A con mujer de B, como en el sentido varón de B con mujer de A. El connubium es la relación fundamental que establece el reconocimiento de la igualdad étnica o tribal entre A y B. La asimetría, esto es la unicidad de sentido de las uniones sexuales permitidas (solo varón de A con mujer de B, nunca varón de B con mujer de A), se opone explícitamente al connubium, como negación de la igualdad entre dos etnias o tribus consideradas e indica además el orden jerárquico Superior-Inferior de la desigualdad, al coincidir siempre –salvo remotas excepciones de sociedades matrilineales- con el orden Varón-Mujer de las únicas uniones sexuales permitidas. El mestizaje americano se atuvo a una relación rigurosamente asimétrica; las únicas uniones sexuales que se dieron fueron las de varón blanco con mujer india. Y por mucho que en 1514 se autorizase el matrimonio entre españoles e indias, tal sacramentalización tuvo escaso éxito, pues el casarse con indias fue socialmente tenido por deshonroso, de modo que el mestizaje no puede recibir, étnicamente hablando, otro nombre que el de violación de los conquistados por los conquistadores, de los dominados por los dominadores, de los siervos por sus amos”.

El ojo puesto en el puño de la historia relega una y otra vez la reivindicación de los humanistas que, de un modo u otro, salvan la cara de la brutal empresa conquistadora. Hombres como Bartolomé de las Casas, Bernal Díaz del Castillo, Bernardino de Sahagún o incluso Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que no responden con exactitud a los designios de grandeza que encarnan los elegidos del nacionalcatolicismo, pero cuya visión se acerca mucho más al pretendido “encuentro” entre culturas. El legado de estos otros hombres es el que introduce buena parte de la filosofía moral y jurídica en el pensamiento humanista europeo, aunque sus itinerarios no siempre permitan un despliegue escénico igual de atractivo que el del itinerario de Hernán Cortés. Caso aparte es el de Cabeza de Vaca, cuyos periplos americanos son sin duda más aventureros que los de Cortés. Sucede que la complejidad de su experiencia y sus posiciones heterodoxas con respecto al relato oficial de la conquista no suelen captar la atención de gestores como Ignacio González, la Real Academia de la Historia o Martín Almagro-Gorbea, comisario científico y coordinador general de esta exposición, quien ha señalado que "hemos querido mostrar el mayor encuentro que ha habido entre las culturas del mundo y que es, por tanto, la puerta del mundo global actual y de todas esas posibilidades". Si el mundo globalizado es aquel en el que se asume el expolio y hasta la liquidación de civilizaciones y sus culturas y sus economías en beneficio de los intereses de civilizaciones más poderosas, ya sea a través de las armas o del control de los recursos humanos y naturales por otras vías, ya sea en América o en África o en Oriente Próximo, entonces sin duda la empresa que articula Hernán Cortés es un hecho de primera magnitud. Desde luego no es la primera empresa de este tipo en la Historia, ni mucho menos. ¿Acaso no abrieron antes la puerta de la globalización fenicios, griegos, romanos y chinos? Si esa idea predatoria del “mundo globalizado” es la que se quiere caracterizar en esta exposición, sin dudas han dado con el personaje indicado para encarnarla: “Desde luego, hay sujetos empíricamente tan especialmente dotados para la depredación y el predominio que han causado en algunos la impresión, por lo demás perfectamente mítica y supersticiosa, de que la propia Historia Universal los ha elegido para sus más altos designios, como le pasó a Hegel cuando, en la más vergonzosa clarividencia de su vida, creyó ver en Napoleón al Espíritu Universal a caballo. Uno de esos sujetos podría ser, desde luego, Hernán Cortés” (Ferlosio).

Hay que reconocer que existe una cierta continuidad y coherencia en la idea de globalización que pretende instaurar esta exposición entre el pasado y el presente. Las empresas asociadas al Canal de Isabel II, dependientes en última instancia de Ignacio González, quien tiene un largo y profundo vínculo personal y familiar con la institución pública, gestionan desde hace tiempo recursos naturales –especialmente relacionados con el agua, pero no solo eso- en varios países de Latinoamérica. Recientemente el Ayuntamiento de Santa Marta, ciudad del Caribe colombiano y bastión del Canal de Isabel II en la región, según informa eldiario.es (a partir de un minucioso artículo en la revista Mongolia) “se ha rebelado contra la filial de la empresa española que opera en la ciudad y ha anunciado la cancelación del contrato de la compañía, al considerarlo abusivo, ilegal y de origen dudoso. El alcalde, Carlos Caicedo, denuncia que el contrato es muy beneficioso para la empresa y perjudicial para el municipio y recuerda que lo firmó en 2002 el alcalde Hugo Gnecco, quien fue destituido el año siguiente acosado por múltiples escándalos y posteriormente condenado a 10 años de prisión por desfalco”.

Entre los textos náhuatles que recoge el Códice Florentino, y que no están incluidos en esta exposición, hay uno que señala que aquellos hombres “estaban deleitándose. Como si fueran monos levantaban el oro, como que se sentaban en ademán de gusto, como que se les renovaba y se les iluminaba el corazón. Como que cierto es que eso anhelan con gran sed. Se les ensancha el cuerpo por eso, tienen hambre furiosa de eso. Como unos puercos hambrientos ansían el oro”.

En esta muestra, por último, se insiste aún en un equívoco más, y que parece mentira que a estas alturas del partido haya que señalarlo, cuando ya Montaigne, en el siglo XVI, lo había dado por muerto. Este equívoco se refiere al ahínco con el que los conquistadores de todo pelaje señalaban la brutalidad de los indígenas como una excusa para el trato que recibían: los sacrificios y el canibalismo. Es un tropo retórico presente en casi la totalidad de las crónicas de la conquista. Montaigne escribió en aquél famoso capítulo XXXI de sus Ensayos, dedicado a los caníbales: “No dejo de reconocer la barbarie y el horror que supone el comerse al enemigo, mas sí me sorprende que comprendamos y veamos sus faltas y seamos ciegos para reconocer las nuestras. Creo que es más bárbaro comerse a un hombre vivo que comérselo muerto; desgarrar por medio de suplicios y tormentos un cuerpo todavía lleno de vida, asarlo lentamente, y echarlo luego a los perros o a los cerdos; esto, no sólo lo hemos leído, sino que lo hemos visto recientemente, y no es que se tratara de antiguos enemigos, sino de vecinos y conciudadanos, con la agravante circunstancia de que para la comisión de tal horror sirvieron de pretexto la piedad y la religión. Esto es más bárbaro que asar el cuerpo de un hombre y comérselo, después de muerto”.

Montaigne se refería a las barbaridades de otra conquista: la Inquisición. Contrariamente a lo que algunos quieren dar a entender, el relativismo cultural no es un invento del siglo XX ni es un desprendimiento de la “leyenda negra” ni está pensado contra España. Hoy en día, en una reseña de esta exposición, puede leerse que el Imperio Azteca “presentaba costumbres de extrema crueldad como el canibalismo”. Todo un ámbito de la muestra está destinado a remarcar la barbarie azteca. Es el “Ámbito 5”, titulado Tecoaque, en cuyo texto explicativo puede leerse: “En julio de 1520 los aztecas apresaron una caravana de españoles y sus aliados tlaxcaltecas en la que también viajaban heridos, mujeres y niños. Los restos arqueológicos hallados en Tecoaque ilustran lo que aconteció: los miembros de la caravana y los animales que llevaban consigo –los primeros procedentes de Europa llegados al continente- fueron sacrificados”. ¿Qué son los asesinatos durante un pillaje sino sacrificios al insaciable Moloch del dinero?

Leamos una última cita del artículo de Rafael Sánchez Ferlosio, titulado “Esas Yndias equivocadas y malditas”, que nació como un texto para la prensa (El País, 1988) y acabó precipitando todo un libro de “Comentarios a la historia”: “Esa misma pragmática amoralidad puede advertirse también en su actitud hacia la antropofagia. Así, demostrándonos de paso cómo las tres grandes abominaciones: sacrificios humanos, antropofagia y sodomía, por las que los españoles justificaban su saña hacia los indios, incluso considerando que Dios mismo los castigaba a través de sus espadas, no eran más que pretextos o coartadas para el frenético ejercicio de la dominación, en la tercera de sus Cartas de relación, como guiñándole el ojo a Carlos V, a quien se dirigía, se permite al respecto de la antropofagia un cierto tono sutilmente festivo, cuando son sus aliados tlaxcaltecas los que las practican: ‘De manera que desta celada se mataron más de quinientos (entiéndase aztecas), y todos los más principales y esforzados y valientes hombres; y aquella noche tuvieron bien que cenar nuestros amigos (entiéndase tlaxcaltecas), porque todos los que se mataron tomaron y llevaron hechos piexas para comer’. Ni siquiera debió de pasársele por la imaginación la idea de que un desenfado semejante, hablando de la antropofagia, podía tal vez escandalizar u ofender los oídos de Carlos V, o parecerle irreverencia hacia su Católica Majestad tanta franqueza en tan delicada materia, de puro obvia que, en su incondicionado pragmatismo, debía de reputar Cortés la opción de permitir la antropofagia en unos aliados que, de habérsela prohibido, le habrían retirado un apoyo absolutamente indispensable para la conquista de la capital azteca. Así, Cortés subordinaba la proscripción o el consentimiento de la antropofagia a la estricta conveniencia ocasional de la conquista, sin mayor sentimiento de escándalo moral. En una palabra, era o llegó a hacerse una prodigiosamente capacitada bestia predatoria, un perfectísimo instrumento de dominación, o sea, un hombre espeluznantemente monstruoso”.

Cada vez que se posa la mirada en aquella época y se vuelve a hacer foco en figuras como Hernán Cortés, claramente un hombre de su época y seguramente un par de peldaños por debajo de la brutalidad de Francisco Pizarro, y se evita abordar las zonas críticas de la historia, se profundiza en el discurso de la ignorancia y en las heridas abiertas de la América indígena. Si es que fuese posible, que a todas luces no lo es, ¿cuál sería el sentido de hacer un ejercicio de mirada “des-ideologizada” y “sincrónica” del itinerario de Hernán Cortés? Esta exposición no está a la altura de los retos que implicaría el abordaje de una figura como la de Cortés desde el siglo XXI, especialmente si este abordaje se hace desde España. Las celebraciones del V centenario del “descubrimiento” en 1992 fueron un rotundo fracaso diplomático y cultural y deberían de haber dejado alguna lección productiva. Con una actitud basculante entre el desprecio y la condescendencia, entre la mofa de las vestimentas indígenas de mandatarios como Evo Morales o Rafael Correa, el monárquico “por qué no te callas”, las confabulaciones golpistas o las "multinacionales" vampíricas, España no encuentra su lugar discursivo en América o sobre América. Vale recordar que España ha tenido y tiene poca influencia en las dos principales potencias americanas (Estados Unidos y Brasil), y que ninguna de las dos tiene al castellano como su lengua principal. Un modelo de acercamiento a la América hispánica implica llenarse la boca con las cifras de la industria de la lengua y jactarse de exposiciones como esta, despreciar a los inmigrantes que vienen a la península y condenarlos a tareas de servidumbre, perseguirlos con papeleo o estigmatizarlos a las puertas de las guarderías públicas o en las salas de espera de los hospitales públicos. El otro modelo implica trabajo serio, humildad y correspondencia.

Esta exposición se inscribe en una trayectoria que revela un problema de fondo en el diseño del contenido expositivo del Centro de Exposiciones Arte Canal, que entiende la cultura como una subespecie del ocio, el espectáculo o el entretenimiento, y que antepone el efecto de lo “popular” a cualquier concepción formadora y enriquecedora para la cultura de los ciudadanos de Madrid o de sus visitantes, quienes sufragan “esto” con sus impuestos (directos o indirectos) y con el pago del precio de la entrada (7 euros). Un presupuesto de unos dos millones de euros anuales para programar auténticas piezas de repetición, vulgaridades escénicas que comenzaron hace diez años y que incluyen a Los Guerreros de Xi’an, a la burda propaganda revisionista de Madrid, 2 de mayo 1808–2008. Un pueblo, una nación, comisariada nada menos que por Arturo Pérez-Reverte, a los archirecurridos inventos de Leonardo Da Vinci, carne de exposiciones efectistas, y que ha tenido contenidos difícilmente encasillables en el espectro de lo cultural o lo artístico, como sucedió con la exposición sobre el piloto Fernando Alonso, o como en este caso, donde se diluye y blanquea la figura de uno de los conquistadores más controvertidos de la Historia hasta convertirla en una caricatura, un remedo de superhéroe que no superaría el mínimo análisis histórico o antropológico. Todos los estudios poscoloniales, el multiculturalismo y el relativismo cultural son papel mojado en las manos de estos gestores y “científicos” que copan el espacio público madrileño, gestores que contribuyen a proyectar una imagen negativa de la ciudad.

El visitante deberá decidir si la ingenuidad a la que se hacía mención al principio de este artículo responde al candor de los ideólogos de la muestra o a su estrategia propagandística, que entiende el intelecto del ciudadano como un infinito depósito de ingenuidad e ignorancia sobre el que maniobrar a sus anchas.

 

 

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