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Filosofía y posthumanidad
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CyborgAunque ya son moneda corriente y han perdido parte de su impacto, las noticias sobre innovaciones tecnológicas han desbordado la imaginación del más febril de los escritores de ciencia ficción. Hace algunas semanas trascendió que en la Universidad de Tokio han desarrollado un robot controlado por insectos, que una compañía inglesa había creado un "hombre biónico" 70% humano con órganos artificiales y sangre sintética, y que la Marina de Estados Unidos se encontraba abocada a la creación de un aparato con sentido del olfato. Unos días antes se supo de un proyecto para reconstruir el genoma de un Neanderthal, y también que en la Universidad de Cambridge se estaba trabajando sobre protocolos matemáticos que hicieran posible la teletransportación. Todo esto ocurrió en menos de un mes, a principios de 2013, y representan apenas una mínima muestra de los alcances actuales en los campos de la biotecnología y la tecnociencia.


Publica El País (Uruguay)

Por Álvaro Buela

No hace falta ser filósofo para caer en la cuenta de que esas transformaciones han socavado las bases de conceptos históricamente absolutos e inamovibles, como "naturaleza" o "ser humano", y de que hemos ingresado en una era donde la ambición y el poder de la tecnología han trascendido el deseo de conocimiento de esos conceptos para intentar además su manipulación. Según preanunció Jeremy Rifkin en El siglo de la biotecnología(1998), "Las revoluciones en genética e informática están llegando juntas como una verdadera falange científica, tecnológica y comercial, una poderosa nueva realidad que tendrá profundo impacto en nuestras vidas en las próximas décadas". Ya inmersos en esa "nueva realidad" a velocidad de vértigo, cuando el razonamiento analógico ha sido desplazado por el ser digital y el genoma de cualquier ser vivo puede clonarse o modificarse, corresponde preguntarnos qué es, hoy, "lo natural"; qué es "ser humanos".

FAUSTO Y PROMETEO

De allí partió la académica argentina Paula Sibilia para su investigación de El hombre postorgánico (original de 2005; revisada en esta edición de 2010). Pero no se limitó al estudio de las vicisitudes de la tecnología y su influencia sobre el individuo contemporáneo, sino que emprendió un rastreo histórico de las transformaciones operadas sobre el sujeto a partir del desarrollo de la ciencia y el biopoder, término foucaultiano que alude a las políticas de las sociedades industriales destinadas al disciplinamiento de los cuerpos con el fin de volverlos funcionales a los intereses del capital. Como apunta Sibilia, sin embargo, el poder del Estado analizado por Foucault ha sufrido una mutación desde el momento en que la propia noción de Estado se ha debilitado frente a los poderes de la burocracia transnacional: "En los distintos ámbitos de la sociedad contemporánea(…) los sujetos se definen menos en función del Estado nacional como territorio geopolítico en el cual nacieron o residen, y más en virtud de sus relaciones con las corporaciones del mercado global." (p. 30)

Es entonces que se vuelve pertinente el planteo de Gilles Deleuze sobre la "sociedad de control", en la que ya no son necesarias las instituciones disciplinarias para canalizar la energía productiva de los individuos: el eterno endeudamiento del individuo-consumidor será el encargado de mantenerlo sujetado a una cadena virtual y omnisciente en la que el control digital (tarjetas de crédito y débito, direcciones IP de computadoras, teléfonos celulares, redes sociales) ha sustituido a los antiguos muros de confinamiento. "Más allá de `virtualizar` los cuerpos extendiendo su capacidad de acción por el espacio global, la convergencia digital de todos los datos y tecnologías también amplía al infinito las posibilidades de rastreo y colonización de las pequeñas prácticas cotidianas", dice Sibilia (ps. 52-53). Ahí radica el inmenso poder de la "sociedad de control": en la eliminación de los límites materiales, espaciales y temporales; en la conquista de cada resquicio de individualidad; en la construcción de un supra-orden que envuelve todos los niveles del cuerpo social.

Además del decisivo papel del marketing, todas esas operaciones se producen mediante la intervención de la tecnología, siempre dispuesta a generar nuevas condiciones de "endeudamiento" y, actualmente, embarcada en lo que Sibilia llama "el fáustico proyecto de la digitalización de lo humano". Siguiendo al brasileño Hermínio Martins, para ilustrar dos modelos de aproximación al conocimiento la autora contrapone el mito de Prometeo (aquel titán griego que fue castigado por los dioses luego de atreverse a entregar a los hombres el fuego, es decir, la técnica) con el de Fausto, el ambicioso erudito germánico que pacta con el Diablo para superar las limitaciones humanas. Mientras la ciencia tradicional se basó en el impulso prometeico, la tecnociencia contemporánea -en su "impulso ciego hacia el dominio y la apropiación de la naturaleza, tanto exterior como interior al cuerpo humano"- estaría inspirada en el modelo fáustico.

En esa perspectiva fáustica encajan, entre otros, los proyectos de reconfiguración genética, de sortear la decadencia -e incluso la muerte- de la materia, de eliminar lo imprevisible de las variables naturales y de una "eugenesia a gusto del consumidor". Es en este último punto (la producción del individuo-consumidor) donde confluyen la voracidad del proyecto fáustico por dominar la naturaleza y la voracidad del capitalismo postindustrial por la acumulación de riqueza. De ese encuentro surge un poderoso vector económico, y también ideológico, que busca y obtiene moldear nuevas subjetividades formateadas por "la lógica del consumo, el imperativo de la conexión teleinformática permanente y las tiránicas `maravillas del marketing` que rigen en el mundo contemporáneo". Paralelamente, el desarrollo tecnológico permanece cautivo de laboratorios privados que transforman todo en mercancía, desde las fantasías de inmortalidad hasta el material genético humano.

PERSONAS MIDI

En su erudito compendio, Sibilia se desmarca notablemente de esa subcategoría de novedades editoriales que abordan la influencia de la cultura digital, donde se amontonan apocalípticos e integrados, gurúes verdaderos y falsos, reticentes y apólogos. Dentro de esa vorágine, otro título singular es No somos computadoras (título original: You`re Not a Gadget), del diseñador y experto en informática Jaron Lanier (n. 1960). Su propósito ya no es, como en Paula Sibilia, el cuestionamiento epistemológico y filosófico de las transformaciones que la tecnociencia está ejerciendo sobre la especie humana, pero sí una reflexión personal acerca de cómo la conformación actual de Internet reduce a los usuarios a la condición de aparato, de artículo, de "gadget". Con el subtítulo de "Un manifiesto", el libro constituye un curioso ensayo, a medio camino entre el rescate de la "tradición humanista dentro de la informática" y la diatriba contra los hábitos adoptados por la comunidad virtual.

Uno de los inventores más importantes de la actualidad según la Enciclopedia Británica, precursor de la realidad virtual y miembro de la generación que planificó el desarrollo de Internet en la década de 1980, Lanier era la última persona de la que podía esperarse esta violenta oposición al entronizamiento de la informática y al abuso de la ingeniería de sistemas. Sin embargo, cual Dr. Frankenstein que reniega de su criatura, encuentra que la World Wide Web se ha alejado de los ideales originales de libertad operativa, creatividad, responsabilidad de los usuarios y democratización del conocimiento. En su lugar, la red ha ingresado en un contexto de brutal mercantilización en el que millones de cibernautas aceptan dócilmente adaptarse a modelos y perfiles predefinidos (por ejemplo, en Facebook), al tiempo que el amparo del anonimato ha eliminado la voz y el punto de vista individuales (en Wikipedia) y ha sacado a luz el costado vandálico y destructivo del troll.

"Si hemos llegado a esta situación es porque hace poco una subcultura de tecnólogos se ha vuelto más influyente que las otras. La subcultura triunfante no tiene un nombre oficial, pero en ocasiones me he referido a sus miembros como `totalitarios cibernéticos` o `maoístas digitales`", subraya Lanier (p. 32). Se refiere a una casta de programadores y especialistas informáticos que han impuesto su propia ideología (la "inteligencia artificial", el cerebro global de "la noosfera", los negocios "long tail", etc.), eliminando de raíz todo cuanto se desmarque del modelo digital dominante y forzando la realidad para que se inserte dentro de un gran sistema de información. En esa dialéctica se erosiona una cuota de la "vieja" humanidad al despojarla de individualidad y libre albedrío, de conciencia y responsabilidad. Dice Lanier: "Me temo que estamos empezando a diseñarnos a nosotros mismos para adecuarnos a nuestros modelos digitales, y me preocupa que en ese proceso se pierda empatía y humanidad" (p. 59).

Pero el punto más alto de No somos computadoras -donde, por otra parte, muchas afirmaciones carecen de asidero conceptual y referencial- no radica en sus críticas a los ideólogos y usuarios de Internet, sino en su análisis de la influencia de la tecnología digital en la música popular. Músico él mismo, Lanier acierta en proponer que la última revolución en el campo musical (el hip-hop) precede a la explosión informática del siglo XXI y que la popularización del protocolo MIDI (interfaz digital de instrumentos musicales), muy extendido entre ingenieros de sonido, ha llevado a la estandarización y el empobrecimiento creativo de la música. De nuevo, la tesis de Lanier apunta a que los usuarios se han adecuado al sistema, en lugar de la acción inversa, por lo que ese campo específico le sirve para extrapolarlo a su preocupación básica: "la cuestión de si las personas se están convirtiendo en una especie de notas MIDI: excesivamente definidas y limitadas en la práctica a lo que se puede representar en un ordenador." (p. 24).

LIBERTAD CONDICIONAL

Si la preocupación de Paula Sibilia era la configuración de lo posthumano por obra de la confluencia entre la biotecnología y el capitalismo post-industrial, y la de Jaron Lanier el formateo de los individuos de acuerdo a códigos digitales que conducen a la uniformización y el debilitamiento cultural, no menos atendibles resultan los objetivos de Siva Vaidhyanathan en La googlización de todo (y por qué deberíamos preocuparnos). Docente de Comunicación y Medios en la Universidad de Virginia, Vaidhyanathan se concentra en un área aún más específica -aunque no menos influyente- que los autores anteriores: cómo la empresa Google está apoderándose del ecosistema global de información, no sólo a través de su motor de búsqueda en Internet, sino de sus demás servicios aledaños (Gmail, YouTube, Blogger, Google Maps, Google Street View y Google Books, entre otros). A su manera, la visión es complementaria de la "sociedad de control" y el tecnofundamentalismo desarrollados por Sibilia y Lanier.

Vaidhyanathan, poseedor de una retórica apoyada en datos y en opinión por partes iguales, comienza señalando que "Google es mucho más que la compañía de Internet más interesante y exitosa de todos los tiempos. Como cataloga nuestros juicios, opiniones y (sobre todo) deseos individuales y colectivos, se ha convertido también en una de las instituciones globales más importantes." (p. 20). A partir de ahí irá exponiendo, capítulo a capítulo, la vertiginosa escalada que en poco más de una década llevó a Google a posicionarse como el servicio de búsqueda más utilizado en el mundo (65% según estudios recientes) y, por eso mismo, a influir en el rediseño de toda la red, a personalizar cada vez más el perfil de sus usuarios y a transformar esos perfiles en venta de publicidad. Tal como afirmó Chris Anderson, director de la revista Wired, "Google conquistó el mundo publicitario con sólo matemáticas aplicadas. No pretendió saber nada de la cultura y convenciones de la publicidad; sólo supuso que mejores datos, con mejores herramientas analíticas, terminarían por imponerse. Y tenía razón."

No obstante, la inquietud central de Vaidhyanathan no radica en la construcción del imperio Google, ni en sus finanzas, ni siquiera en que sus millones de usuarios sean un mero "producto" para la compañía. Impulsado por una convicción explícitamente política, su argumentación está relacionada con el obstáculo que supone el accionar de Google -su secretismo, su control sobre el conocimiento universal, su forma de administrar información personal y colectiva- para alcanzar lo que el autor llama "una responsabilidad cívica global", un punto tratado en términos similares en el libro de Lanier sobre Internet en su conjunto. Justamente, Vaidhyanathan sugiere que Google se está convirtiendo en sinónimo de Internet, lo cual supone otorgarle un poder desmesurado: "No podemos confiar en que una compañía, y ni siquiera una docena de ellas, harán [una transformación de lo doméstico y lo público] de manera equitativa y justa. Google parece ofrecernos todo rápido, fácil y a bajo costo. Pero nada realmente significativo es rápido, fácil ni barato." (p. 21).

Al igual que Lanier, Vaidhyanathan resulta menos convincente al momento de plantear alternativas que cuando expone la casuística. Así, dentro del relato que él mismo elabora, su promulgación de "una esfera pública global" y su llamado a "reimaginar lo que podemos hacer para preservar la información de calidad y llevarla a todos" impresionan como una vaga expresión de deseos, máxime cuando a lo largo de su exposición ha comparado a Google con Julio César (p. 29), ha concedido que el método de la compañía para generar y vender publicidad es "brillante" (p. 41), ha constatado que la sociedad trasladó a la mercadotecnia la fe que otrora tenía en la política (p. 53) y ha reconocido que Google logró atraer a sus usuarios a la religión del tecnofundamentalismo, bajo el lema de "que la aplicación constante de la información avanzada -algoritmos, código de programación, redes de alta velocidad y servidores potentísimos- resolverá muchos de los problemas de la humanidad, si no es que todos." (p. 62).

Vaidhyanathan, en cambio, es bueno para explicar la ambigua política de privacidad de Google y la imposición, por sistema, de opciones predeterminadas cada vez más refinadas en su detección de intereses, preferencias y hábitos del usuario, datos que la compañía pone a disposición de terceros, sus verdaderos clientes y quienes le aportan ingresos anuales de 50.000 millones de dólares. Si bien esas opciones predeterminadas pueden ser alteradas mediante vías nada sencillas para el promedio de los internautas, su modificación podrá perjudicar la calidad de los servicios de Google. Al respecto, el autor afirma: "Celebrar la libertad y autonomía del usuario es uno de los principales ardides retóricos de la economía global de la información. Se nos condiciona a creer que tener más opciones -por huecas que sean- es la esencia misma de la libertad humana. Pero la verdadera libertad implica un control efectivo sobre las condiciones propias. El mero ofrecimiento de un menú con opciones sólo sirve a los intereses de los más hábiles, experimentados y mejor informados." (p. 90).

VÍAS DE ESCAPE

Por último, La googlización de todo se hace eco de los efectos nocivos que la creciente personalización y localización de las búsquedas tienen sobre el conocimiento y la diversidad. Al ajustar su algoritmo de búsqueda para que los resultados se tornen progresivamente más individualizados, Google está induciendo por vía de los hechos a una confirmación de lo ya-sabido, de lo ya-visitado, de lo ya-visto (patente, por ejemplo, en la última configuración de YouTube) en detrimento de lo desconocido, lo no familiar, incluso lo incómodo, es decir, de las premisas que hacen posible la generación de conocimiento. "Lo problemático, peligroso o hasta interesante no es tanto la ubicuidad de la marca de Google -advierte Vaidhyanathan-, sino el hecho de que las opciones predeterminadas y formas de hacer las cosas de esta organización propagan y estructuran modos de buscar, encontrar, explorar, comprar y presentar que influyen (…) en los hábitos de pensamiento y acción. Esas configuraciones predeterminadas, esas insinuaciones, son expresiones de una ideología." (p. 107).

Esta última aseveración -que alude a un proyecto tautológico, circular- es uno de los ítems que vincula los trabajos de Sibilia, Lanier y Vaidhyanathan: la tecnología nunca es neutral, y su desarrollo y aplicación implican una forma de concebir al mundo y al hombre, y también de incidir sobre ellos. Según estos autores, la tecnociencia "fáustica", el actual diseño de Internet, las redes sociales y los servicios de Google, entre otros campos, estarían promoviendo un modelo ahistórico del sujeto: un individuo-consumidor cooptado por la religión del tecnofundamentalismo, reducido a una categoría de "gadget" digital y condenado a adaptarse a opciones predeterminadas. Ante ese diagnóstico, el viejo humanismo se muestra tan impotente y ciego como las políticas asistencialistas de la izquierda. No obstante, como se sugiere en los tres libros, el mundo digital engendra, por su propia condición, las vías de fuga, los mecanismos de resistencia y las herramientas necesarias para refundar una sociedad, un ser cívico y una moral para tiempos posthumanos. A esas tareas, entre otras, deberá abocarse el real progresismo político del futuro.


 

Fichas:


EL HOMBRE POSTORGÁNICO. CUERPO, SUBJETIVIDAD Y TECNOLOGÍAS DIGITALES

Paula Sibilia

Fondo de Cultura Económica, 2010

212 páginas

NO SOMOS COMPUTADORAS. UN MANIFIESTO

Jaron Lanier

Debate, 2012

256 páginas

LA GOOGLIZACIÓN DE TODO (Y POR QUÉ DEBERÍAMOS PREOCUPARNOS)

Siva Vaidhayanathan

Océano, 2012

240 páginas

 

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