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Georges Perec: Ellis Island
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Georges Perec: Ellis Island"La estatua de la Libertad, que él observaba desde hacía rato, se le apareció en un sobresalto de luz. Se hubiera dicho que el brazo que blandía la espada se había levantado en ese instante mismo, y el aire libre soplaba en torno de ese gran cuerpo" (Franz Kafka, América). Ser emigrante tal vez era precisamente eso: ver una espada ahí donde el escultor creyó, de muy buena fe, poner una lámpara. Y no haberse equivocado del todo. Porque en el momento mismo en que grabaron en el zócalo de la estatua de la Libertad los célebres versos de Emma Lazarus, "Dadme a los que están cansados, a los que son pobres,/ A vuestras masas hacinadas sedientas de aire puro,/ Las heces miserables de vuestra superpoblada tierra,/ Enviádmelos, a esos sin patria que la tempestad hace tambalear,/ Elevo mi lámpara cerca de la puerta de oro", se había instaurado toda una serie de leyes para intentar controlar y, algo más tarde, contener el flujo incesante de emigrantes venidos del sur de Italia, de Europa central y de Rusia.


Por Georges Perec

Prácticamente libre hasta alrededor de 1875, la entrada de extranjeros al suelo de los Estados Unidos había sido progresivamente sometida a medidas restrictivas; primero, elaboradas y aplicadas a escala local (autoridades municipales y portuarias), después, reagrupadas en el seno de una Secretaría de Inmigración, dependiente del Gobierno federal. Abierto en 1892, sobre un minúsculo islote de algunas hectáreas, situado a algunos cientos de metros de Liberty Island, el centro de recepción de Ellis Island marca el final de una emigración casi salvaje y el advenimiento de una emigración oficializada, institucionalizada y, por así decirlo, industrial. De 1892 a 1924, cerca de dieciséis millones de personas pasaron por Ellis Island, a razón de cinco a diez mil por día. La mayoría solo estuvieron ahí algunas horas; solamente del 2 al 3 por ciento de esa gente fue rechazada. En suma, Ellis Island no será otra cosa más que una usina de fabricar estadounidenses, una usina para transformar emigrantes en inmigrantes, una usina a la norteamericana, tan rápida y eficaz como un negocio de embutidos de Chicago: en una punta de la cadena, se mete un irlandés, un judío de Ucrania o un italiano de Puglia; por el otro extremo —después de un examen de la vista, una inspección de los bolsillos, vacunación, desinfección— sale un estadounidense. (…)

Mi intención no es aquí evocar lo que pudieron ser los sueños y las desilusiones de esos millones de emigrantes (…) sino delimitar mejor lo que puede ser mi propia relación con ese lugar: para mí, es el lugar mismo del exilio; vale decir, el lugar de la ausencia de lugar, el lugar de la dispersión. En ese sentido me concierne, me fascina, me implica, me cuestiona, como si la búsqueda de mi identidad pasara por la apropiación de ese lugar-vertedero, donde funcionarios agobiados bautizaban norteamericanos de a paladas, como si estuviera inscripto en alguna parte en una historia que habría podido ser la mía (…) y que para mí está muy íntima y confusamente ligado al hecho mismo de ser judío.

No sé precisamente lo que es ser judío, lo que significa ser judío. Es una evidencia, si se quiere, pero una evidencia mediocre, una marca, pero una marca que no me une a nada preciso, a nada concreto: no es un signo de pertenencia, no está ligado a una creencia, a una religión, a una práctica, a una cultura, a un folklore, a una historia, a un destino, a una lengua. Sería más bien una ausencia, una pregunta, un cuestionamiento, una fluctuación, una inquietud: una certidumbre inquieta detrás de la cual se perfila otra certidumbre, abstracta, pesada, insoportable: la de haber sido designado como judío, y por judío como víctima, y de solo deberle la vida al azar o al exilio. Mis abuelos o mis padres habrían podido emigrar a la Argentina, a los Estados Unidos, a Palestina, a Australia; habría podido nacer, como mis primos cercanos o lejanos, en Haifa, Baltimore, Vancouver, pero en el abanico casi ilimitado de esas posibilidades, una única cosa me estaba precisamente vedada, nacer en el país de mis ancestros, en Polonia, en Lubartow, en Pulawy o en Varsovia, y crecer ahí, en la continuidad de una tradición, de una lengua, de una pertenencia.

He nacido en Francia, soy francés, llevo un nombre francés, Georges, un apellido francés, casi: Perec. La diferencia es minúscula: no hay acento agudo sobre la primera "e" de mi apellido porque Perec es la grafía polaca de Peretz. Si hubiera nacido en Polonia, pongamos que me habría llamado Mordechai Perec, y todos habrían sabido que era judío. Pero, felizmente para mí, no nací en Polonia, y tengo un apellido casi bretón, que todo el mundo escribe Pérec o Perrec: mi nombre no se escribe exactamente como se pronuncia.

A esa contradicción insignificante se agrega la sensación tenue, pero insistente, insidiosa, ineludible, de ser un tanto extranjero con relación a algo de mí mismo, de ser "diferente", pero no tanto de los "otros" como de los "míos": no hablo la lengua que hablaban mis padres, no comparto ninguno de los recuerdos que hayan podido tener. Algo que era de ellos, que hacía que ellos fueran ellos, su historia, su cultura, su creencia, su esperanza, no me fue transmitido. (…)

A Ellis Island fui a buscar la imagen misma de ese punto de no-retorno, la conciencia de esa ruptura radical. Lo que quise interrogar, cuestionar, poner a prueba fue mi propio arraigo a ese no-lugar, esa ausencia, esa fractura sobre la que se basa toda búsqueda de la huella, de la palabra, del Otro.
El autor.

Publica El País (Uruguay)



Georges Perec (1936-1982) vivió escasos 46 años pero publicó 17 libros en vida y más de 18 han salido luego de su muerte. Novelista, ensayista, poeta y dramaturgo nacido en París, el texto adjunto pertenece al volumen póstumo Nací (Eterna Cadencia, 2012) que reúne textos diversos sobre su vida, con prólogo, notas y traducción de Jorge Fondebrider.

 

 

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