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Adiós a Agustín García Calvo
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Agustín García CalvoEl escritor, filósofo, profesor y traductor Agustín García Calvo, tres veces Premio Nacional, de Ensayo en 1990, de Literatura Dramática en 1999 y de Traducción al conjunto de su obra en 2006, ha fallecido el pasado 1 de noviembre en Zamora, su localidad natal. El filósofo, Premio Nacional de Ensayo en 1990 por Hablando de lo que habla, es autor, entre otras muchas obras, de la trilogía compuesta por Del lenguaje, De la construcción y Del aparato. Nacido en octubre de 1926, se doctoró en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca, donde ejerció como profesor de Latín, fue catedrático de instituto y obtuvo también la cátedra de Filología Latina en la Universidad de Sevilla. Su papel de polemista y agitador de conciencias fue fundamental para distintas generaciones de intelectuales españoles.


Informa La Vanguardia

Fue uno de los catedráticos perseguidos por el régimen franquista y, debido a las revueltas estudiantiles de febrero de 1965, fue apartado de la cátedra.

Además, el escritor ha sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura Dramática en 1999 por La Baraja del Rey don Pedro y con el Premio Nacional al conjunto de la obra de un traductor en 2006.

Sus obras más destacadas en el ámbito del pensamiento son Lecturas presocráticas, Lecturas presocráticas II. Razón común. Edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heráclito, Contra el tiempo y De Dios y Contra la Realidad, aunque también escribió otras obras centradas en la poesía, artículos y colaboraciones con los medios de comunicación.

En relación con su obra teatral habría que destacar Rey de una hora; Tres farsas trágicas y una danza titánica; Pasión. Farsa trágica; La rana y el alacrán o Loco de Amor.

Finalmente, entre sus trabajos también está el encargo que recibió del primer presidente de la Comunidad de Madrid, Joaquín Leguina, para escribir el Himno de la Comunidad, por el precio simbólico de una peseta. Agustín García Calvo fue un escritor reconocido a nivel provincial, regional y nacional, con discípulos como Fernando Savater.

Un intelectual en constante rebeldía

Muchos de sus trabajos los publicó en sus propias editoriales, Lumia y Lucina, cuya sede estaba en la gran casa en la que vivía, en el casco histórico de Zamora, en la Rúa de los Notarios.

En 1993 protagonizó uno de los episodios más polémicos y conocidos de su vida, al tener que afrontar una sanción de Hacienda de 10,5 millones de pesetas por no haber hecho nunca la declaración de la renta de las personas físicas y por no declarar los ingresos de la subvención que empleó para restaurar el caserón que poseía en Zamora.

García Calvo difundió entonces anuncios en la prensa nacional para pedir ayuda a "aquellos que pudieran ser usuarios de las cosas que publico y tener algún agradecimiento".

Ese mismo año, García Calvo pagó su deuda con la Agencia Tributaria, después de negociar con un banco la financiación de seis millones de pesetas, mientras el resto, cuatro millones y medio, los consiguió a través de unas 200 donaciones particulares.

Una de las últimas obras en las que participó indirectamente fue el documental realizado por Basilio Martín Patino sobre el movimiento de indignados del 15M, y que utilizó el nombre de uno de sus poemas, Libre te quiero, para dar título a una cinta que se ha presentado en la sección Tiempo de Historia de la última edición de la Seminci.

A Agustín García Calvo nunca le gustaron los homenajes, ni propios ni ajenos, algo que demostró en 1998, cuando se manifestó contrario a los homenajes que se realizaban para conmemorar el centenario del nacimiento de Federico García Lorca, porque significan "la sumisión de lo que puede haber de vivo en las palabras".

Ahora su legado queda reflejado precisamente en eso, en la vitalidad que guarda su obra y su pensamiento, en la vitalidad de sus palabras.



Manifiesto de la comuna sin nombres. Acerca de Educación

Por Agustín García Calvo

Lo que hay que enseñarles a los niños y niñas y a los menos hechos es sencillamente a desobedecer, a decir NO a cualquier mandato, a cualquier información o doctrina que les venga de arriba, de cualquier puesto del Poder.

Decir NO es lo solo que sabe y puede hacer lo que entre la gente quede de pueblo y de común por debajo de las personas, sometidas al Poder y que por tanto no pueden hacer de veras nada en contra de Él.

Lleno está el mundo de protestas, más o menos bienintencionadas, y denuncias contra ciertos abusos exagerados y horrores detonantes que a unos u otros les eche encima la Administración: partidos y sindicatos de oposición a tal o cual tipo de Estado o Capital, asociaciones en defensa de los más escandalosamente oprimidos y desvalidos, novelas o películas que quieren poner ante los ojos del gran público las penas y miserias de guerras, o pasadas o casi contemporáneas, de pestes y esclavitudes promovidas por la Fe o la Patria de los amos o el Negocio por todo lo Alto...

creyéndose que todas esas denuncias van a hacer algo contra el Poder, algo que valga más que el daño que en tanto hacen al colaborar con Él como críticas dentro de Su Orden, constructivas, o al servir como espectáculo que horrorice un rato y reconforte a los que no se sienten tan oprimidos o machacados.

Y hasta vendrán días, como tantas veces ha sucedido, en que un Estado, empujado por enredos de su Economía, mande alistar jóvenes para una guerra contra Otro que se preste al caso, o que les exija sacrificar el tiempo de sus vidas a la Fe en el Futuro que el Poder y sus Medios les presentan, o que los mande a emigrar en masa a buscar los Centros que el Capital haya montado para Sus manejos y a vivir en los recovecos de sus basureros y a criar en ellos hijos para el Cielo, o que les ordene dedicar los años de su juventud y más allá a trepar por una escala de puestos, oposiciones, promociones a cargos cada vez más altos y más serviles, sin que se distraigan del tráfico parándose a pensar en lo que les está pasando, sino a completar su formación con las diversiones o juguetes que el Amo quiera venderles o regalarles.

Y entonces, cuando lleguen esos trances de guerras o ruinas o vacíos o desastres más declarados, vendrán, como otras veces, los que quieran llamar a los chicos y chicas a la rebelión, a tener el valor de desertar y de no tragarse lo que les mandan.

Pero entonces será demasiado tarde: ya desde niños los habrán educado en la obediencia, en casa, en la escuela, por la pantalla, en los estadios; ya estarán hechos a tragar sin sentir los sustitutos: los habrán convencido, más o menos a regañadientes, de que lo que se les manda que crean o que compren es bueno, que no tienen más futuro que el Futuro que los mayores y los Medios les ofrecen y para el que los preparan.

Y, así educados, el intento de algunos de rebelarse y desertar, en medio de la avalancha de las mayorías obedientes, claro está que ha de volverse tan penoso y costoso que ya tampoco valga la pena luchar por sostenerlo.

La (contra)educación tiene que haber empezado mucho antes: haberse criado la costumbre de decir NO, sin distinción alguna entre tipos de Amo, de Educador, de Nación, de Cultura, de Banca ni de Marcas de Productos; en la casa, en la escuela, en los bares, en los Centros de Formación que les toquen a los niños, que sepan aprovecharse (claro) con buen oído y apetito de cualquier cosa que por ahí, por descuido, les pueda caer de bueno, deleitoso de veras, descubridor, desengañador, pero sin creerse nada, y, a cualquier recomendación de aplicar eso para ser como han de ser y para el futuro que de mayores les espera, reírse por lo bajo y desentenderse de ella tranquilamente.

Esa (des)educación es lo que puede valer algo contra la Administración de muerte que el Poder les impone a las gentes y a las cosas. Así que lo que hay que hacer, y siempre se puede gracias a lo que a los mayores les quede de limpio y desengañado, es enseñarles a los niños y niñas y a los menos formados a desobedecer sencillamente, sin distraerse con las fachas de tal o cual padre o profesor o presidente o Régimen que les toque, a decir NO a cualquier mandato, a cualquier información o doctrina que les venga de arriba, de cualquier puesto del Poder.

8-9 de Abril de 2008



De cuando García Calvo inventó el crowdfunding

Publica La Vanguardia

Por Albert Lladó

Ha muerto uno de los grandes (qué poco le gustaría este calificativo). Ácrata, heterodoxo, pensador radical apartado de la universidad por el franquismo, Agustín García Calvo, sin salir en televisión y reconociendo que le importaba “un bledo” el mundo oficial de la cultura española, fue reconocido en vida con nada más y nada menos que tres Premios Nacionales (Ensayo, Literatura Dramática y Traducción).

Ahora que cada vez se habla más del crowdfunding (qué poco le gustaría este anglicismo), de la microfinanciación colectiva para recaudar fondos para un proyecto concreto, recordamos cómo el poeta y ensayista utilizó un sistema muy parecido para hacer frente a una deuda que superaba los diez millones de pesetas. El episodio también le sirvió para comprobar que, pese al ruido de otros, él tenía muchos lectores que le estimaban (publicaba muchas de sus obras en sus propias editoriales Lumia y Lucina). Y, además, para experimentar y seguir reflexionando sobre las fronteras entre lo público y lo privado.

Era 1993. Hacienda descubrió que Agustín García Calvo jamás había hecho la declaración de la renta de las personas físicas pero, además, que tampoco había declarado los ingresos de la subvención que empleó para restaurar el caserón que poseía en Zamora. Muchos lo tildaron entonces de hipócrita – algunos lo vieron como pura coherencia - pero él se inventó, en tiempos en los que internet prácticamente no existía en los hogares, una forma de arcaica de crowdfunding. Puso anuncios en los principales diarios pidiendo ayuda a “aquellos que pudieran ser usuarios de las cosas que publico y tener algún agradecimiento”. En un mes consiguió cuatro millones y medio de pesetas a través de unas 200 donaciones particulares.

El pensador aprovechó la anécdota para escribir el artículo, publicado en El País, Del interés común del caso particular. Allí explicaba que “lo único que él no hacía era declararse a hacienda” ya que “hay otros amores”, pero que no era cierto que no hubiese aportado nada al Estado: los años que había vuelto a ser Catedrático, el Fisco le retiraba “sin pedir permiso” el 27% de su salario. Además, García Calvo recordaba a sus críticos que efectivamente había obtenido dinero público por escribir el mítico himno de Madrid que le encargaron. Para ser concretos, había cobrado una peseta.

García Calvo se preguntaba, a su vez, cuánto le debía el Estado a él por su “separación forzosa de la Cátedra durante once años”, al ser expulsado de la universidad por participar en las revueltas estudiantiles de febrero de 1965, una reparación económica de la que no cobró ni un céntimo.

La polémica no fue poca. El intelectual (qué poco le gustaría esta adjetivación), que además era hijo de un inspector de Hacienda de Zamora, cerraba el texto reclamando “que no haya moral ninguna que no sea una política, que la vida privada se haga pública”.

Después de conseguir que un banco le prestara los seis millones restantes, pagó la deuda. Resumía lo sucedido en otro artículo, Resultados políticos de un asunto privado, donde insistía en que el asunto había conseguido “la trasgresión de la línea que separa lo privado de lo público” y que un “tipo” como él pudiera “salir medianamente airoso de semejante travesura” había causado muchas “fiebres perláticas”.

El profesor demostraba, una vez más, que la realidad puede ser otra.

 

 

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